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Opinión | Palabras con silencios

La mujer en la Iglesia sinodal

El pasado día 8 de este marzo se celebró la Jornada Internacional de la mujer, instituida por la ONU en 1975, en la que se reivindican la igualdad, derechos y dignidad de la mujer en total equiparación con el varón. Justo y normal. Según informes, en su larga lucha, han logrado alcanzar hasta ahora el 64% de los derechos que disfrutan los varones de todo el mundo.  Salieron  a la calle multitud personas en asociaciones feministas, unas más naturales otras más truculentas. ¿Entrarán estas últimas en “la cárcel de papel” de ese observatorio del “Hodio” que se pretende crear?

En la Iglesia, que en su origen fue pionera del reconocimiento e igualdad de derechos de la mujer por el trato que les dispensó Jesús, también existe el problema de la diferencia, fruto de la influencia de la cultura  civil en las estructuras eclesiales. No deja de ser importante el que el estudio y la investigación teológica haya estado en manos de varones, como estuvieron  las universidades y la mayoría de las profesiones importantes durante muchos siglos. Hoy hay ya extraordinarias teólogas y expertas en S. Escritura y sus investigaciones están dando mucha luz. Adelantadas al 1º de marzo, aparecieron manifestaciones de reivindicación eclesial, algunas, a mi parecer, irreverentes e inapropiadas, como la de la “Revuelta de Mujeres en la Iglesia” y su desacertada performance  delante de la catedral de Madrid. Así no se avanza. Ni la Virgen María ni Eva la del Paraíso merecen los calificativos con que se las describen.

Últimamente, la Iglesia está comprometida en solventar esta desigualdad. Pero hay que reconocer que implica problemas doctrinales necesarios de esclarecer. No se trata de voluntarismos y menos negar que se está poniendo la mejor voluntad. No se trata de lucha de poderes.  Se han dado pasos importantes. El primero reconociendo que el sacramento del bautismo nos da, a hombres y mujeres, la mayor e igual dignidad al hacernos hijos de Dios. Luego hay otros sacramentos al servicio de la iglesia que han sido encomendados a los hombres, como el ministerio sacerdotal. Vincular la jurisdicción a lo sacramental ha condicionado el que la mujer pudiera tener cargos y responsabilidades importantes. Con Francisco se ha superado ese condicionamiento. En el último sínodo tuvieron “palabra, voz y voto” y, significativamente, han alcanzado los cotas más altas de poder, como prefectas y miembros de Congregaciones (al cambio, ministras), gobierno del Estado Vaticano y otras muchas responsabilidades. En esta línea sigue el nuevo papa León XIV.

Acaba de salir el estudio que Francisco, al finalizar la primera sesión del Sínodo de la Sinodalidad,  encomendó a cada uno de los 10 grupos  postsinodales, el 5º, que tuvo que estudiar a fondo toda la situación de la igualdad de la mujer en la Iglesia, incluida la debatida y reclamada cuestión del diaconado y sacerdocio femenino. Habla de “la necesidad de reformular las competencias del ministerio ordenado”. El gran reto es preparar la iglesia para evangelizar la nueva época de la Historia en la que ya estamos metidos para la que “todos, todas” somos necesarios.

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