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Opinión | La trastienda

Abuela

Soy una abuela novata, en los seis años y nueve meses que llevo en esta condición todo ha sido aprendizaje y descubrimiento, sentimientos, sensaciones, habilidades y limitaciones que, hasta ese momento, estaban o dormidas o no estaban.

Mis referentes fueron dos señoras mayores de edad indefinida, vestidas de oscuro, ocupadas en sus tareas de la casa y, sobre todo, muy madres de mis padres a los que imponían la disciplina que exigían nos aplicasen a nosotras, sobre todo mi abuela materna una mujer recia que habría hecho una gran carrera militar en este siglo.

Alejándome de estas referencias he preferido optar por ser consentidora, de todo en todo momento, sin culpa ni arrepentimiento; cómplice de casi todo y en ese casi solo entra lo peligroso; encubridora de situaciones de las que “no puede enterarse tu madre” y escuchadora de sus historias y aventuras diarias.

De ellos he aprendido a tener vista con radar, una habilidad que es imprescindible para detectar situaciones de peligro donde antes había incluso orden y decoración: un cajón a la mano, un vidrio demasiado bajo, cualquier cosa pequeña en el suelo susceptible de ser llevada a la boca, o las ventanas abiertas de par en par. Por mucho que el radar se siga especializando ellos siguen encontrando divertido inspeccionar hasta donde pueden estirar las aventuras: cuando las almohadas son toboganes para bajar de la cama sabes que el cabezazo es inminente, y las risas también.

El oído ha aprendido a seleccionar la diferencia entre un balbuceo y un lloro, un lloro por hambre de otro por sueño o dolor, un grito por querer atención de otro por rechazarla y no siempre aciertas, así que con oído de directora de orquesta vas avanzando de su mano.

Pero de todo ello lo más intenso que he adquirido es la certeza de mi propia fragilidad, de lo vulnerable que soy ante el mundo global, ante las situaciones más cercanas a nuestro entorno, mi temor al futuro y mi responsabilidad de darles y dejarles una sociedad segura, libre, saludable, humana, empática y feliz.

Una responsabilidad que ya no se agota en los años que me queden de vida y que como quiero que sean muchos me ha llevado a costumbres más saludables, sino que se extiende a defender con todas mis ansias que en su presente no haya tensiones, guerras, violencia, fraudes ni engaños. Y mucho más en su futuro, en el que estaré o no, pero que se merecen pleno de posibilidades y libres para elegir como disfrutarlas.

Hubo un momento de romanticismo adolescente en el que creí que “si tu me dices ven lo dejo todo” era la manifestación más potente del amor de pareja. Hoy sé que, por encima de ese sentimiento, está este otro, el de dejarlo todo para ir a una fiesta infantil, para hacer charcos en la playa, jugar al futbol o construir ese idioma secreto con el que tanto nos reímos juntos.  

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