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"Mamma Mia!": fiesta asegurada

El musical consigue su objetivo, el público sale tarareando y sonriendo

"Mamma mía!"

"Mamma mía!" / Juan Plaza

El musical "Mamma Mia!" sigue demostrando que es uno de los títulos más rentables del género. La fórmula funciona: una comedia ágil, dinámica y sin apenas tiempos muertos, que mantiene el ritmo de principio a fin. Sin embargo, es justo reconocer que la clave de su éxito está en las sempiternas canciones de "ABBA", autores de algunos de los mayores hits del pop internacional.

La producción presentada en el teatro de La Laboral, con aforo casi completo en el estreno, confirma el tirón del espectáculo. Se trata de la adaptación de David Serrano, con dirección escénica de Juan Carlos Fisher y dirección musical de Joan Miquel Pérez.

En el plano musical, el trabajo es sólido. Asia Paletskaya, directora musical y pianista, realiza en directo un trabajo notable, llevando el mayor peso de los arreglos musicales, destacando las transiciones fluidas que facilitan los cambios escénicos con naturalidad. Los arreglos están bien construidos y la interpretación en directo resulta convincente, aunque se echa en falta la visibilidad de la banda, situada tras el escenario.

En cuanto a la calidad vocal, el espectáculo funciona como una máquina bien engranada: las voces corales destacan por su potencia y cohesión, y los números colectivos –con el tutti en pleno– alcanzan momentos de gran impacto. Sin embargo, en el plano individual, ninguna voz resulta memorable. La voz de Donna presenta carácter, pero acusa una tendencia clara a engolar el sonido; Tanya, por su parte, muestra solvencia en los agudos, aunque con cierta nasalidad en el registro grave. Las voces masculinas cumplen con corrección, sin rasgos especialmente distintivos, en una línea cada vez más habitual en producciones recientes, donde prima el conjunto sobre el lucimiento individual.

Aunque no todo resulta igual de efectivo el conjunto funciona con precisión. Porque, al final, "Mamma Mia!" no pretende reinventar el género: su objetivo es hacer disfrutar. Y lo consigue. El público sale tarareando, sonriendo y, sobre todo, con la sensación de haber asistido a una celebración compartida en la que la historia importa poco porque la música es la verdadera protagonista.

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