Opinión
¡Viva la vida!
Son las 15,45 h. del viernes 20 de marzo, ayer, cuando esto escribo. Comienza la primavera. Hace sol, buen día. ¡Viva la vida! Lo quisiera cantar también con motivo de la "Jornada por la vida" que convoca la Conferencia Episcopal cada 25 de marzo, fiesta de la Anunciación del Señor, cuando el ángel Gabriel visitó a María para comunicarle que el Hijo de Dios asumiría en su seno la naturaleza humana, para así convivir con nosotros y compartir nuestra vida. Por lo que pretende esa jornada, sí lo cantaría; por lo que lamenta y denuncia, solo cabe exclamar un grito consternación. En el año 2024, los abortos (que engañosamente el gobierno llama "interrupciones del embarazo") han ascendido a 106.172, sumando un 2,98% más que el año anterior. Sobrecoge saber que, a las disculpas y motivaciones con que se justifica, se añadió las frustraciones de la "eugenesia liberal" con diseño de rasgos de los futuros hijos, "los bebés a la carta". Hasta el afamado pensador J. Habermas, de la Escuela Crítica de Frankfurt que acaba de morir, criticó duramente esta manipulación en su obra "El futuro de la naturaleza humana". Para más encono, a la ley tan permisiva del aborto, el gobierno pretende encumbrarla a la categoría de derecho constitucional, lo cual es una flagrante aberración y contradicción de su misma política de "No a la guerra", "No a la pena de muerte" y de la protección de los animales prohibiendo matar a los lobos y poniendo multas y cárcel por destruir un huevo de águila y, por el contrario, no permitiendo ni protestar contra el asesinato de vidas humanas. Esperamos que la mayoría de 2/3 lo impida. El derecho fundamental a la vida no puede coexistir con la destrucción de esa misma vida.
Es difícil entender que una ideología que dice defender a los pobres y desvalidos, que encumbra la ciencia y pregona la igualdad, pueda poner tanto arrebato y hasta entusiasmo, por considerarlo como una conquista femenina, cuando la ciencia en su avance contradice su presupuesto, la natalidad está en cifras de envejecimiento acelerado y su igualdad rebasa límites naturales y de género.
Aplaudo el mensaje de la comisión episcopal: "La vida, un don inviolable", porque deja claro que la defensa de la vida no es solo una cuestión de fe, sino una exigencia de la recta razón y de la ciencia. Es la misma biología la que defiende que "desde el momento de la fecundación, existe un organismo humano vivo e independiente, con un patrimonio genético propio, un desarrollo embrionario autónomo, ordenado y coordinado". El embrión es una persona distinta a los padres. Es hora ya de favorecer leyes que promuevan la natalidad y una cultura que valore y no frivolice la sexualidad.
Acabo afirmando con el mensaje que el aborto no es una conquista, como no lo fue la esclavitud, sino un fracaso personal y social. Y sueño con las generaciones que lamentarán en su día, que obcecadamente por engañosos progresismos "se han sacrificado vidas en nombre la de la libertad".
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