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Opinión | El disfraz de las mentiras

Primavera

A Gijón a veces le da por amanecer guapo. Por detrás del Cabo San Lorenzo se empieza a adivinar el sol, que en el caso de ayer domingo ya era de primavera. Al mediodía, en Begoña, los más pequeños jugaban en sus espacios de suelo acolchado y en los bancos se mezclaban padres y madres atentos con trasnochadores que alargaron la madrugada. En la pista de fútbol se jugaban dos partidos y todo era calma y murmullo de conversaciones. De espaldas a la calle Covadonga una mujer compartía periódico con un hombre mayor sentado en una silla de ruedas, que imagino que sería su padre. Parecían ajenos a todo lo que sucedía alrededor y de vez en cuando comentaban algo que les llamaba la atención de lo que leían en LA NUEVA ESPAÑA. Ella, de vez en cuando, le ponía la mano en la rodilla y había tanto amor en el pequeño gesto que era imposible no contemplarlo con admiración.

Hace unos meses tuve la oportunidad de asistir a una de esas mesas en las que se analizan propuestas para combatir este mal de nuestro tiempo llamado "soledad no deseada". Recuerdo bien aquel día por la sensación de tristeza que me dio la propuesta de cierto colectivo que sugería como medida la digitalización de nuestros mayores, y recomendaba proporcionarles tablets o móviles para que pudieran conectarse con sus seres "queridos".

A principios de marzo Sergio Calleja presentó en el Salón de Actos de la Escuela de Comercio su libro editado por KRK, "Toda persona. Una defensa de la sanidad pública". En la charla pedía al público asistente que imaginara qué ocurriría si no tuviéramos ni sanidad ni educación públicas, qué ocurriría si no existieran las Bibliotecas Públicas y qué ocurriría si algún partido político planteara la posibilidad de crearlas. Quién estaría a favor y quién en contra; qué argumentos se utilizarían.

La Red Municipal de Bibliotecas de Gijón ha puesto en marcha la iniciativa de las "Bibliotecas humanas" Personas mayores de 60 años se pueden convertir en libro para conversar con diferentes lectores durante 30 minutos. Conocer y escuchar la historia de vida de una persona en la intimidad de una sala de una biblioteca con el propósito de generar diálogo intergeneracional, de paliar la soledad, de poner la mano en la rodilla a tu padre mientras compartes un periódico un domingo cualquiera al sol.

Un amigo me contaba que le había gustado pasar por la Cuesta del Cholo el sábado por la tarde y ver a gente joven disfrutando de la compañía y la charla, que apenas había visto móviles. Mientras me lo contaba pensaba en aquella propuesta que me puso tan triste y en esa realidad alternativa con la que nos invitó a pensar Sergio Calleja. Pensaba en mediodías en Begoña y en atardeceres en Cimadevilla, en que todo es más guapo si parte del cuidado, de la conversación. Pensaba en que aún es posible la primavera. n

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