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Opinión | Crónicas de barrio

La tregua de Cipriano

A Cipriano, el de las manos cuarteadas de amasar olvidos y cemento, se le hizo el mundo demasiado ancho cuando la parca se llevó a su mujer. Se quedó solo, con el eco de sus propios pasos en un pasillo que olía a limpieza y a ausencia. Él, que se marchó del pueblo siendo un rapaz con la maleta atada con cordeles para levantar los rascacielos de otros, se encontró de repente con que la jubilación era un andamio vacío.

Fue en los días de la Cuaresma, cuando el aire de marzo muerde todavía con saña las orejas. El aburrimiento, que es un perro fiel pero pesado, le empujó a trasponer el umbral del Sagrado Corazón. Entró Cipriano en el templo buscando más el resguardo del frío que el de Dios, arrastrando sus zapatos de jubilado por las baldosas frías.

Y allí, entre el olor a limpio, y el silencio denso de las naves, le asaltó una paz que no conocía. No era la paz del descanso tras el tajo, sino otra más honda, una que le llenaba el pecho de una luz mansa. Dicen que allí le regalaron la fe, así, de sopetón, como quien recibe una herencia que no esperaba. Cipriano, que siempre fue hombre de pocas palabras y mucha plomada, entendió de pronto que la vida no era solo levantar muros, sino saber a qué refugio acogerse cuando cae la tarde.

Ahora, con la gorra en la mano y el paso lento, no falta a la Misa. Dice que es su nuevo tajo, la única labor que le mantiene en pie. Se sienta al fondo, con sus manos entrelazadas, sabiendo que, aunque la mujer ya no esté y la vida sea un recuerdo borroso, en ese Sagrado Corazón ha encontrado el aparejo definitivo para no derrumbarse.

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