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Estaciones y retrasos

En pocos días se cumplirá un fatídico aniversario. Nada menos que los quince años de la apertura de la actual, y supuestamente provisional, estación de tren. En realidad, un apeadero con pretensiones, y a desmano, que, por mucho que el tango nos diga que veinte años no es nada, lleva trazas de perpetuarse. En aquel 2011 se perpetró uno de los mayores desaguisados urbanísticos locales de las últimas décadas. Se privó a Gijón, sin aparentes motivos confesables, de una céntrica estación de tren. La misma que tienen todas las localidades de nuestro entorno y desde luego las principales ciudades europeas. El uso de los cercanías, como consecuencia de aquella decisión, cayó en picado en nuestra villa. Y de paso se castigó también a los usuarios del automóvil al plantar el magnífico apeadero en medio de la entrada y salida más utilizada de la ciudad, obligándoles a rodeos laberínticos, y a padecer una catarata de semáforos antes de lograr entrar o salir de la localidad. ¡Cráneos privilegiados!, qué exclamaría don Ramón María del Valle Inclán.

El resto de la historia ya la conocen. Las administraciones llamadas a dar solución a la construcción de la nueva estación intermodal, a través de una sociedad creada al efecto, han dado muestras, algunas más que otras todo hay que decirlo, de la agilidad propia de una tortuga reumática. Eso sí que a nadie se le ocurra plantar unos arbolinos en los terrenos del plan de vías, conocidos en denominación playa como “el solarón”, porque entonces sí saltan las alarmas y esas mismas administraciones reaccionan con la velocidad de un rayo.

Estos mismos días, y confiamos que las maniobras dilatorias no sean contagiosas porque bastante tenemos ya con el tema de las infraestructuras, se ha conocido que de momento las estatuas dedicadas a Arturo Fernández y a las vendedoras de pescado locales no se materializarán. La llamada comisión técnica, cuya composición por otro lado ignoramos, ha dictaminado que las propuestas presentadas no reunían la calidad mínima exigible. Si uno revisa las estatuas instaladas recientemente, con mayor o menor fortuna artística, léase Manolo Preciado, Quini, o Rambal y Manolo Carrizo en Cimavilla, no recuerda que se hubiera creado para ello comisión artística alguna. Preferimos imaginar que detrás de todo esto no hay ninguna estrategia obstaculizadora por parte de una minoría “bien pensante”, capten la ironía, que nunca ha visto con simpatía estas iniciativas promovidas, por otra parte, con un respaldo popular bastante más amplio que otras que vieron la luz sin tantas idas y venidas.

Bien harán las autoridades municipales en desmentirlo, no con declaraciones ni explicaciones, si no con hechos claros que se traduzcan en que estos merecidos homenajes en bronce tengan pronto su lugar en nuestras calles.

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