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El emprendedor que quiso ser Quini

Hablar de Luis Mitre es glosar a alguien que parece haber nacido para duplicarse: Luis padre y Luis hijo nacieron el mismo día, con 25 años de diferencia. Dos Mitre, dos fotocopias… y no es casualidad que ambos se dedicaran empresarialmente a los sistemas de oficina. Al parecer, hasta el ADN tiene sentido del humor en esta familia gijonesa tan apreciada.

Luis fue “gestado” en La Camocha pero nació en Valladolid en 1946. Pero no tardó en volver a Gijón, así que él mismo se considera, con todas las de la ley, gijonés de pura cepa. Con siete años se mudó a la calle Comandante Caballero, justo encima de Casa Herminio, donde empezó a empaparse de fútbol y a descubrir que la vida, como el balón, siempre está rodando.

A los trece años ya trabajaba mientras estudiaba el Bachillerato nocturno. Pasó por La Gloria, la cafetería Tívoli, y tras la mili montó Lord Jim con un socio alemán en la plaza de Piñole. Emprender, arriesgar y salir adelante fue la rutina habitual de Luis Mitre, en una época en que hacerse a uno mismo en este país era un deporte de riesgo.

Aficionado a los toros con asiento en El Bibio y devoto futbolero, siempre bromea diciendo que le habría gustado ser futbolista, aunque no daba “pie con bola”. Su legendaria amistad con Manuel Vega Arango procede de penas y alegrías sucesivas que tienen que ver con el Sporting.

Luis Mitre es un hombre que trabajó, emprendió y cultivó amistades dejando huella en cada actividad sin necesidad de alardes ni alharacas. Si hubiera que definir con palabras su fe de vida, bastaría con dos: buena gente.

Y si además logró que su hijo Luis naciera el mismo día que él, quizá no haya sido un accidente: podría tratarse del plan maestro del homenajeado hoy por Puente de Mando para demostrar que la inteligencia natural es capaz de gobernar los designios del azar. Porque, al fin y al cabo, la vida no es más que un gol por la escuadra, una chicuelina o una crónica taurina o futbolística dictada en una máquina de escribir de Canon.

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