Opinión
Defensa con mayúscula y defensa con minúscula
Mientras se anuncian medidas sobre la Defensa, uno no puede evitar preguntarse dónde termina el gesto y dónde empieza la realidad. Porque en España, cada cierto tiempo, la política se acuerda de quienes sostienen el sistema, aunque casi siempre lo haga desde la distancia cómoda de los conceptos.
La reciente iniciativa de Margarita Robles para declarar la profesión militar como de riesgo tiene algo de reconocimiento tardío y algo, también, de ejercicio retórico. No porque el riesgo no exista –basta mirar las rotaciones por misiones en el exterior– sino porque su traducción práctica parece, una vez más, limitada. Se nombra el problema, pero se bordea su consecuencia.
Y mientras tanto, en ese espacio donde la Defensa se convierte en defensa, siguen quedando fuera quienes viven el desgaste sin relevo ni relato. Ahí están los hombres y mujeres de la Guardia Civil, que no rotan por ciclos breves, ni se benefician de carreras acotadas, sino que acumulan años, servicio y riesgo cotidiano con una constancia menos visible, menos rentable, menos política. Porque de eso se trata, en el fondo. La Defensa –con mayúscula– no es solo un sistema, es también una narrativa. Y en esa narrativa encajan mejor los despliegues en el exterior, los contingentes contados en cifras redondas, las banderas en escenarios lejanos que permiten a España presentarse ante la OTAN como un socio fiable sin necesidad de alterar en exceso sus equilibrios internos.
Unos cuatro mil efectivos desplegados. La cifra se repite, se exhibe, se convierte en argumento; y, sin embargo, detrás de ese número hay rotaciones constantes, trayectorias fragmentadas y un esfuerzo humano que no siempre encuentra reflejo en las decisiones que se toman en casa.
Aquí es donde la política muestra su lógica. Reconocer es sencillo; transformar es costoso. Declarar una profesión de riesgo tiene un impacto simbólico inmediato. Reformar de verdad las condiciones materiales –jubilaciones, carreras, equiparaciones– implica entrar en un terreno más incómodo: el del presupuesto, el del agravio comparativo, el del conflicto entre ministerios como el de Defensa y el del Interior de España.
Y así, poco a poco, se consolida una forma de hacer las cosas. La Defensa decide qué riesgos cuentan, cuáles se visibilizan y cuáles quedan diluidos en la rutina. La defensa, en cambio, no tiene esa capacidad de elección: simplemente los asume. No hay aquí necesariamente cinismo, pero sí una inercia difícil de ignorar. En un país donde la amenaza no se percibe como inmediata y donde el debate público rara vez se detiene en estos asuntos, la política tiende a optimizar lo visible frente a lo necesario.
Quizá por eso todo encaja. La proyección exterior, el reconocimiento selectivo, las reformas parciales. Un sistema que se legitima hacia fuera mientras se ajusta hacia dentro, y, entre ambos planos, las personas. Ye lo que hay.
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