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Opinión | Crónicas de barrio

Te cuento la Semana Santa

Jerusalén atardecía con ese silencio de mercado tardío y de sentencia cuando el Nazareno se sentó a la mesa, no como quien cena, sino como quien se despide sin ruido. Partió el pan con una elegancia antigua, casi doméstica, y dejó en la mesa un misterio que los suyos masticaron sin entender del todo. Uno ya llevaba la noche en el bolsillo, tintineando a plata. No hay traición más moderna que vender al amigo por una cifra breve.

Luego el huerto: Getsemaní, que suena a aceite y a lágrima. Allí el Maestro se queda solo, muy solo, en esa intemperie del alma donde ni los íntimos hacen guardia. Ellos duermen —el sueño siempre llega a deshora— y Él dialoga con un Padre que no negocia. Entran las antorchas con modales de policía antigua, el beso hace de contraseña y la multitud aprende a detener a un inocente.

El proceso es una coreografía conocida: autoridades graves, testigos flojos, una verdad que molesta. Le preguntan si es quien es, y Él responde como responden los que no tienen segunda voz. Blasfemia, dicen, porque la verdad, cuando no conviene, se vuelve delito. Afuera, Pedro inaugura la cobardía cotidiana con tres negativas y un gallo puntual.

Pilato comparece con esa higiene de manos que la historia ya conoce: no encuentro culpa, pero aquí tienen ustedes la condena. El pueblo elige a Barrabás, que es una elección muy humana: preferimos a las tinieblas antes que a la luz. Al Nazareno lo coronan de espinas —monarquía vegetal— y lo visten de risa.

En el Gólgota, la ciudad asiste como quien ve llover. Oscurece a mediodía, que es la manera que tiene el mundo de cerrar los ojos. Él grita el abandono —que también es oración— y muere. Se rasga el velo, se abre la piedra, y un centurión, funcionario del Imperio, pronuncia la frase más limpia del día.

Después, silencio, sepulcro sellado y unas mujeres que sostienen la memoria, que es la forma humilde de empezar a vencer.

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