Opinión | Tormenta de ideas
Nuestro vía crucis particular
Estoy en un vía crucis particular y especial, en el que todo se hace cuesta arriba y cuesta ver más allá de la pasión a la que, por una u otra circunstancia, estás atada. No me quejo, Dios sabe que no. Porque esta es una situación que pasará, que es cuestión de tiempo, simplemente. Pero para alguien hiperactivo como yo no resulta fácil.
Tengo toda la suerte del mundo porque no estoy sola. Tengo un cuidador que intenta paliar mi soledad, mi mal humor y mi impaciencia… Con una paciencia que, sé, no es precisamente una de sus virtudes. Mis quejas por los dolores en esta rodilla, que no es mía y que siento como algo totalmente ajeno a mi cuerpo, deben taladrarle la mente, porque son casi continuos. Y ya llevamos casi un mes.
Cielo, ¿me puedes dar agua? Amor, ¿me traes la tablet, el teléfono, el ebook? Mejor coge una mini mochila, que no te cabe todo… ¿Me ayudas, que me quiero cambiar? Por Dios, esas niñas, que están saltando en el sofá, se van a romper la crisma. Espera, las acuesto yo, que tú no sabes… ¿No ves que no duermen? Por favor, está todo tirado, hay que poner una lavadora… Uf, es el cumpleaños de… Tengo que mirar un regalo por internet. Y… porfa cielo, no sigas poniéndome torrijas, que estoy redonda… Sí, la cocina es tu especialidad y puedo decir que haces las mejores del mundo, pero no me entran ni los pantalones del pijama (anchos, por supuesto), que se han convertido en mi uniforme desde hace un mes y que, además, rozan esta maldita cicatriz que me recorre prácticamente toda la pierna.
Y es que sé que yo no he nacido para no hacer nada. Para aburrirme. Para relajarme. No va en mi ADN. Nada llena todas estas horas (que son muchas) desde que me despierto a las seis de la mañana por el dolor, y que me mantienen en un desasosiego constante.
Y así voy, en mi vía crucis particular. Que no es solo mío, como podrán entender. Porque aquí el padre de mis hijos me ha mostrado una faceta que no conocía, y que me llena de ternura. El vía crucis, sin duda, es para él. Pero, en el fondo (vale, muy en el fondo) me alegra que sea consciente de lo imprescindible que yo, como tantas otras, resultamos en el día a día. Y ¡sin estar jubiladas!
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