Opinión | Comentarios al paso
Platón tuvo un sueño
El antiguo filósofo griego se soñó demiurgo. En concreto, se creyó la deidad creadora del globo terráqueo. Mientras paseaba, ufano, por su obra maestra, por los recovecos de aquel trozo de barro denominado la Tierra, vanagloriándose ante el resto de los colegas, genios filósofos como él, a la espera de sus elogios, quedó sorprendido y decepcionado cuando observó que lo recibían con abucheos y reproches: La división del espacio, decían, en dos hemisferios provocará que sus habitantes se hielen de frío en los dos polos y se asfixien de calor en la línea equinoccial. Los viajeros fenecerán de hambre y de sed en los desiertos de arena. Frente a la bondad de corderos, vacas y gallinas, continuaban, se impondrá la maldad de serpientes y arañas; como al sabor de alcachofas y cebollas lo anularán las plantas venenosas. Una treintena de especies de monos y muchas más de perros, vaticinaban, competirán con las cuatro o cinco especies de hombres, por mucho que a estos últimos animales bípedos se les adorne con el atributo llamado “Razón”, que se asemejará sin remedio a la locura; indefensos andarán, por cierto, ante enemigos y enfermedades (la viruela se llevará cada año a la décima parte de esa especie, aseguraban); cargados estarán de pasiones e imprudencias. Las cosas están dispuestas de tal modo en este planeta, pronosticaban, que la mitad de los supervivientes humanos se dedicará a pleitear y la otra mitad a matarse. En tales y otros muchos desastres derivarán, en opinión concluyente de los colegas de Platón, las consecuencias de su obra maestra.
Con los ojos como platos, el filósofo más reputado, quizá, de la antigua Grecia apenas atinaba, en sus ensoñaciones, a responder que criticar era fácil, como si fácil fuese inventar un animal que se mantuviera siempre razonable y siempre libre sin el riesgo de caer en el abuso de su libertad; como si fácil fuese componer continentes animados con cierta cantidad de arena, de agua, de fango y de fuego sin parecerse al oscuro planeta Marte de noches sin luna o a los inhóspitos Saturno, Júpiter, Mercurio y Venus.
Cuando la discusión entre tan sabios colegas empezaba a agriarse intervino el eterno Demiurgo -el Dios supremo- con el fin de dictaminar taxativamente ante aquel corro de filósofos disputadores que la obra del endiosado Platón era ciertamente imperfecta, que duraría varios centenares de millones de años y, luego, ya más instruido, podría crear algo que se igualara a un paraíso terrenal. Y que, por supuesto, solo él, el Demiurgo máximo, podía crear de la nada cosas perfectas e inmortales.
Cuando Platón despertó, el averiado planeta todavía estaba allí.
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