Opinión
De dulce
La Semana Santa local ha sido de dulce. Buen tiempo primaveral, por momentos casi veraniego. Como veraniego fue, casi comparable a los principales días del estío, el bulle bulle en la ciudad. El Muro a reventar, al igual que bares y restaurantes, e imaginamos también que hoteles y alojamientos turísticos. Las valoraciones de las organizaciones del sector confirmarán estas sensaciones.
Contento también indisimulable en las cofradías y hermandades locales. No me extenderé mucho en el tema por ser parte interesada. Pero, por primera vez en bastantes años, pudo completarse íntegramente el programa de unas procesiones en las que la asistencia fue más masiva que nunca. Notándose también mejoras en la organización y calidad de estas salidas a la calle; y una continuada incorporación de las generaciones más jóvenes a las celebraciones, tanto desde dentro como siguiéndolas desde las aceras. Gijón no fue ajeno a una tónica general en toda España, donde el resurgir de cofradías y procesiones parece imparable según todos los observadores. Seguramente una señal más de ese resurgir espiritual, y sin duda alguna de la religiosidad popular, que algunos apuntan, y al que la iglesia debería sacar partido, dicho sea en el mejor sentido, con inteligencia y tino.
Pero frente a tradiciones que se mantienen e incluso resurgen casi de sus cenizas, otras más gastronómicas y sociales, parecen languidecer en esta ciudad nuestra que, precisamente hablando de dulce, siempre se jactó de “llambiona”.
Uno recuerda su infancia de “boomer” con las confiterías gijonesas compitiendo en originalidad en unos escaparates repletos de bollos para elección pascual de padrinos y madrinas. Entre ellas sobresalían algunas como la desaparecida Alonso, que aromatizaba con su obrador la calle Menéndez Valdés, ya casi en su entronque con el Parchís. O los impresionantes huevos de chocolate de La Playa, surcados por esquiadores y otras figuras diversas.
Hoy casi hay que hay que hacer una expedición por las confiterías locales para encontrar el tradicional bollo local que tiene por base una tarta de jugoso bizcocho, relleno y bañado de yema, y decorado con frutas escarchadas y láminas de almendra en todo su lateral. A la que se añadían también figuras de chocolate u otras simplemente decorativas.
Cierto es que nuestras bajísimas tasas de natalidad pueden explicar la bajada vertiginosa de esas tradiciones, aunque seguramente también los cambios en usos y costumbres sociales. Hoy los padrinos optan por otros regalos como móviles de última generación, o equipamientos futbolísticos galácticos. Confiamos que vengan tiempos mejores y no haya que declarar nuestros bollos locales como especie en peligro de extinción.
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