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Opinión | Crónicas de barrio

En la esquina de Jovellanos con Instituto

Son las 2.45 horas de la tarde en la esquina del Instituto con Jovellanos, y Gijón se mueve con esa urgencia de las patatas fritas que no pueden esperar. Pasa un taxi blanco haciendo más ruido que una orquesta de pueblo, y un señor desfila con su barra de pan bajo el brazo como si portara el cetro de una monarquía de barrio.

Desde aquí, la Virgen de Covadonga nos mira desde esa puerta que los jesuitas abrieron para que el tranvía no mandase a los fieles al cielo antes de tiempo. Es la puerta de la prudencia. Cruza un chaval con un oso en la camiseta y aire de Karachi, mientras en la farola una bicicleta blanca descansa con su cesto, esperando un jinete que la saque de su soltería mecánica.

El asfalto es una pasarela: pasa el camión de Alprosa distribuyendo desde pan hasta milagros, y aparece mi amiga con unas gafas de Jackie Kennedy que piden a gritos un intercambio por las mías, más clásicas y menos de magnate. Veo a una señora en silla de ruedas, toda ella un incendio rojo —bufanda, gafas, pasión—, conducida por un marido que le guarda una fidelidad de pajarillo de atardecer. Es el amor motorizado.

Ruge un Mercedes EG 350; dos señoras a bordo que, si se descuidan, se plantan en Madrid en tres horas y media, devorando kilómetros con la elegancia del gasoil caro. Y de pronto, el aullido de Caco, el perro inglés de mi amiga Isa, que pasea con su madre y su hermana pequeña. La pequeña pide auxilio, que Isa corre mucho, que el mundo va muy rápido a estas horas.

El cielo está azul, corre una brisina simpática y una tal Isabel monta en su bici blanca pedaleando como si subiera el Fito. El cronista, en esta esquina de la vida, no tiene nada más que decir. Se queda con el airín y el recuerdo de las gafas de Jackie.

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