Opinión
Orlando Moratinos
Gijón, Jovellanos y el chocolate
La villa de Jovellanos, con la colaboración de la concejalía de Cultura y Educación, Divertia, Fundación Gijón Rural y Fundación Foro Jovellanos, rinde homenaje a una época histórica y a un producto de amplio arraigo social. Confiterías y cafeterías y comercios especializados ofrecen elaboraciones a base de chocolate, acompañado de churros, bizcochos, picatostes o pastas, recuperando una tradición gastronómica vinculada a la memoria colectiva. Esta evocación permite asimismo recordar la figura de Gaspar Melchor de Jovellanos, reconocido consumidor de esta bebida.
El periodista y gastrónomo Néstor Luján, en una conferencia impartida en el curso “Historia y cocina” de la Universidad Menéndez y Pelayo en el verano de 1981, afirmaba que el chocolate fue una bebida de gran difusión en la España del siglo XVIII, hasta el punto de calificarlo como "el siglo del chocolate". Según el autor, su consumo se extendió posteriormente al resto de Europa. Suiza, Bélgica, Francia e Inglaterra conocieron el cacao -materia prima del chocolate- gracias a los cargamentos procedentes de América transportados por marinos españoles. Con el paso del tiempo, la bebida dejó de ser una curiosidad exótica para convertirse en un elemento relevante de la vida social, cultural y gastronómica de la nobleza, la aristocracia y los primeros grupos de la burguesía emergente.
En Asturias, y especialmente en la villa de Gijón, este proceso adquirió rasgos específicos. El comercio marítimo y la influencia de las corrientes ilustradas favorecieron la incorporación del batido de cacao y azúcar no solo como alimento, sino como signo de distinción, espacio de sociabilidad y elemento cultural.
Como señala Claudia Prieto Rodríguez en su estudio “Chocolate y publicidad en Asturias” (Museo del Pueblo de Asturias, 2015), el chocolate, de origen azteca, llegó a España junto con otros productos americanos tras la conquista. Preparado inicialmente como una bebida amarga, fueron las monjas de Oaxaca quienes añadieron el azúcar. Las órdenes religiosas desempeñaron un papel fundamental en su introducción en España, desde donde se difundió primero a Italia y posteriormente a Francia, a comienzos del siglo XVII, para extenderse finalmente al resto de Europa.
En el ámbito europeo, su consumo se inició en determinados monasterios antes de generalizarse entre las élites sociales. Antes de su popularización, formó parte de las prácticas habituales de las clases acomodadas y de los sectores urbanos emergentes, asociado a la sociabilidad, al ocio y a las reuniones familiares, sociales o tertulias ilustradas.
Ante la creciente demanda de cacao, España, al no ser territorio productor, recurrió a la importación desde Guinea y Fernando Poo. El producto llegaba a los puertos asturianos de Luarca, Ribadeo, Gijón, San Esteban, Llanes y Lastres, facilitando el acceso a la materia prima.
Gijón, como puerto atlántico, desempeñó un papel relevante en la difusión del chocolate en el conjunto de la región. Aunque en el siglo ilustrado no constituía aún un gran núcleo industrial, su actividad portuaria la conectaba con importantes rutas comerciales.
Durante los siglos posteriores, el chocolate se consolidó como bebida de prestigio, acompañado de rituales específicos, utensilios propios y una etiqueta social definida. Se consumía habitualmente muy caliente y espeso, endulzado con azúcar y aromatizado con canela o vainilla.
En Asturias, su consumo se documenta desde finales del siglo XVI o comienzos del XVII, alcanzando una notable presencia en el siglo XVIII. En 1752 se contabilizaban 29 chocolateros en la región, principalmente en Oviedo, aunque también en Avilés, Llanes y Gijón, lo que evidencia una demanda creciente.
Los espacios de consumo se concentraban fundamentalmente en tres ámbitos: las casas aristocráticas y burguesas, los conventos y monasterios, y las tertulias y reuniones sociales. Jovellanos, como viajero y miembro de la élite ilustrada, participó activamente en estos entornos, donde el chocolate era cada vez más frecuente. Su consumo aparece reflejado tanto en su correspondencia como en su Diario, así como en los inventarios de bienes, que registran utensilios específicos como jícaras.
No en vano lo reseña ocasionalmente en su correspondencia. En una carta que escribe (posiblemente desde Gijón) a Ventura Varcárcel Andrade, el 22 de mayo de 1799 le dice:
"Mi más estimado amigo y dueño: Allá voy con una impertinencia sugerida por el espíritu de economía. Usted no se reirá cuando sepa que el sueldo de consejero de Estado pagado en vales va a salir huero. Dícenme que en ésa podré lograr chocolate más bueno y barato que aquí, donde va por las nubes, pues no hay un polvo de azúcar ni un grano de cacao. Espero, por tanto, que usted me haga labrar un quintal a su satisfacción, acerca de lo cual nada tengo que prevenir, pues gusto que sea bueno, y en lo demás sea como fuere. Labrado que sea, me lo remitirá usted por arriero de su satisfacción, y si no le hubiere que venga en derechura, podrá dirigirlo a mi sobrino don Jacinto Lorenzana a León, quien me lo encaminará.
Su importe lo podrá usted librar a la vista; y si no tiene proporción, me lo avisará, y yo lo libraré por medio de mi sobrino".
La distinción social asociada al consumo de chocolate residía en el coste de sus ingredientes, en los conocimientos necesarios para su elaboración y en la posesión de utensilios adecuados. No se trataba únicamente de una práctica alimentaria, sino de una expresión de la cultura del gusto.
Con el tiempo, esta bebida sentó las bases de su posterior popularización. En el siglo XIX, la mecanización de la producción y la intensificación del comercio del cacao permitieron abaratar costes y ampliar su consumo. En Asturias, y particularmente en Gijón, se desarrollaron numerosas fábricas de chocolate. Entre 1850 y 1950 se contabilizaron 302 fábricas en la región, de las cuales 62 se localizaron en Gijón.
De este modo, el chocolate no solo formó parte de la vida social del siglo XVIII, sino que contribuyó a configurar una cultura basada en la sociabilidad, el refinamiento y la apertura al mundo, pasando progresivamente de un consumo elitista a uno popular.
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