La memoria de los últimos campaneros de Ensidesa: "Entrabas a trabajar como un corderín, ¿qué ibas a hacer?"
Alfonso Lareo, gallego de origen, vecino de Grado desde 1968, trabajó en la construcción de las instalaciones de la factoría en los años 50

Alfonso Lareo, en su casa de Grado. / P. T.

"Nací en Lamela, Ayuntamiento de Silleda, provincia de Pontevedra, el 8 de agosto de 1936. Cuando tenía 14 años estábamos pasando hambre, porque no había... Estaba todo racionado. Y vine pa Asturias. Apareció un ingeniero de ‘La Forestal’, con una furgoneta que de aquella llamaban ‘una rubia’, y yo marché de casa sin decir ni dónde iba, con un maletín de madera con unos pantalones y poco más. Arranqué con otros dos. Nos dijeron si queríamos ir a trabajar y yo pensé que era como si marchara para Alemania, para Suiza, porque iba ganar dinero. Era un trabajo para plantar pinos en Tineo". Así comienza el relato de su propia historia Alfonso Lareo Ouzande, "Lareo", vecino de Grado desde 1968, con una vida digna de ser escrita y entre cuyos capítulos se cuenta el de haber sido "campanero" en la construcción de la antigua Ensidesa. Es uno de los últimos que quedan vivos y entonces sobrevivió para contarlo.
"Era un chaval. Entrabas para allá como un corderín. ¿Qué ibas a hacer? Aunque aquello no todo el mundo lo aguantaba", rememora sobre uno de los trabajos más brutales y con más riesgo de la época. Hubo muertos en las obras, los que se contaron oficialmente, los que no, y "algunos que yo creo que nunca los sacaron de allí abajo".
A comienzos de la década de los años cincuenta del siglo XX, para hacer los cimientos de la antigua factoría avilesina, hoy Arcelor-Mittal, hubo que hincar gigantescos pilotes en el terreno pantanoso y encharcable. Se sujetaban con aire comprimido y la presión expulsaba el agua hacia afuera permitiendo cavar debajo hasta dar con firme en el que apoyar la estructura con estabilidad. Y ahí debajo, es donde se metían lo trabajadores, para excavar, en condiciones penosísimas, ya desde el momento en que entraban desde arriba, por las "campanas", para descender a la zona de tajo.
Fallaron los compresores y el bloque bajó y enganchó a un jefe de equipo. Tuvimos que cortarle la pierna con una pala par sacarlo. Sobrevivió"
El cajón estaba suspendido sobre los trabajadores, que se arriesgaban a morir aplastados al mínimo fallo. "El bloque estaba sostenido con aire comprimido. Llevábamos una rata india en una jaulina pequeña y ese ratón era el que avisaba cuando había muchos gases o peligro de que bajara el bloque. La rata empezaba a rinchar... Era impresionante eso eh... Cuando quedaba un poco tumbada era que algo iba mal y teníamos nosotros siete minutos para poder salir arriba", recuerda Lareo.
A él le tocó vivir un duro episodio que se menciona en la exposición de méritos con la que se presentó su candidatura para el premio "Moscón de Oro" local en su última edición. Fue cuando salvó a un compañero de morir. "Bajábamos tres o cuatro personas y un jefe de equipo. Un día falló la corriente o lo que fuera, falló el sistema de los compresores que sostenía el bloque y empezó a bajar despacio. Al jefe de equipo, que era de Fonsagrada, lo enganchó por una pierna y lo estaba enterrando. Cogí una pala y con otros compañeros venga a darle en la pierna hasta que se la corté para que pudiera salir. Y vivió. Su hija vino a verme hace unos meses a Grado después de localizarme a través del director del documental", cuenta en referencia a la cinta de 2015 "Campaneros", del cineasta Isaac Bazán, en la que aparece Lareo entre otros que fueron trabajadores de este tipo, algunos ya fallecidos hoy.
En aquella época era terrible ir por Avilés después de las nueve de la noche, te podían matar por una peseta"
En las "campanas" tuvo Lareo "sábados de echar tres dobles, tres jornadas" porque "qué ibas a hacer". "Dónde ibas ir si después de las nueve de la noche salir por Avilés era terrible, lo mismo te mataban por una peseta. Estaba el parque lleno de andaluces tirados, acampados, los llamaban ‘coreanos’. Y yo me dedicaba a hacer jornales. No estabas siempre en la misma campana, igual te tocaba una en un sitio y el doble (turno) en otra. Cada vez que bajabas tenías una prima y cuántos más metros, cuánto más profundo, más prima, claro", rememora.
No fueron muchos meses, explica. Un día entró a las seis de la mañana y tuvo un accidente por un problema de descompresión. Sangró por los oídos, la nariz... Lo dejó. Entre otros trabajos posteriores, volvió a la mina, una tarea que ya había hecho antes de ir a parar a la construcción de la antigua Ensidesa. Porque cuando salió de Galicia, llegó a Tineo con un empleo para plantar pinos y lo siguiente que hizo fue ser minero.
"Estando trabajando en el monte pasaron unos mineros y nos dijeron que ellos ganaban más. Y fui andando de Tuña a El Rodical para pedir trabajo. Tenía unas alparagatas de esparto y cuando llegué arriba, donde estaba la mina, me salían los dedos por debajo. Gastara el esparto de caminar. Entré en la mina, en ‘Angelina’, se lo pedí por favor, llorando, al hombre aquel, don Fernando, porque no tenía la edad. Había que tener 16 o 17 años para entrar y no los tenía. Me metieron. Cuando me jubilé en 1996 esos años que trabajé no figuraba yo en ningún sitio asegurado, claro", explica.
En la mina "tenía ya un sueldo bueno". Allí echó "cinco o seis meses", pero "ya hice dinerucu y volví a casa, a donde naciera". Ese viaje a Galicia tuvo vuelta. El marido de su hermana mayor era albañil. Y con él regresó a Asturias. "Vinimos directamente para Avilés, estaba en pleno apogeo la construcción", señala. La albañilería no era lo suyo, así que "fue cuando me tiré para la cantera de Solís".
Marché de mi casa de Galicia a Tineo. A mí me parecía como ir a Alemania, porque iba a ganar dinero. También estuve en la mina y en la cantera de Solís"
"Yo vivía de patrona en Solís, una casa de pueblo que tenía vacas, gallinas, cerdos... Bien. Porque te daban pote de berzas con chorizo... Comías. Pero vino el primer mes de trabajo y no cobramos. Seguimos trabajando y para el segundo tampoco cobramos. Y el tercero se dio el piro (el empresario). No cobró nadie, ni trabajadores, ni los de la maquinaria ni los de los camiones... Allí quedamos todos al aire", recuerda Lareo.
Si no cobraba no podía pagar a la patrona. Y si no buscaba otro trabajo tampoco podía abonar la deuda ni comer. "Al querer marchar para buscar trabajo en otro lado no me daba la patrona lo poco que tenía de ropa, la maletuca que tenía. Y bajé andando hasta donde estaba el cuartel de la Guardia Civil y conté el caso. La pareja subió conmigo y le dijeron a la señora: ‘Le da usted la ropa y todo lo que tenga este chaval, no se preocupe que cuando entre a trabajar en otro lado y gane el dinero, esté tranquila que va a pagar, ya nos encargamos nosotros", cuenta. Y claro que pagó. Fue después de trabajar en Avilés, en la construcción de la antigua Ensidesa, uno de los lugares donde se forjó también el espíritu sindicalista de una persona muy querida y respetada en Grado, donde se le considera un "hombre de bien" y un "vecino ejemplar". Fue fundador en la clandestinidad de Comisiones Obreras en 1968 y logró numerosos avances para los trabajadores en salarios y derechos hasta la legalización del sindicato en 1977. Fue parte de ejecutivas comarcales y autonómicas y siguió en el colectivo de jubilados y pensionistas de la organización en Asturias hasta 1995.
Hoy se le va pasear con frecuencia, despacio, apoyado en un bastón, por las calles de la villa de Grado, donde la gente le para en ocasiones y le pregunta por su vida, también por su experiencia como "campanero" en la construcción de la antigua Ensidesa.
"Aquello era terrible. Algún ingeniero dijo que las ‘campanas’ eran de 18 metros de profundidad, 20... Estuve yo en alguna de cuarenta y pico metros de profundidad. Trabajé en lo peor allí. Estuve como en el año 1953 o 1954, serían unos siete meses o así, no fue más. Era un chaval. Entrabas como un corderín, no sabías para dónde ibas. ¿Qué ibas a hacer?", incide.
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