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María José Iglesias: "Quizá hoy más que nunca necesitamos redescubrir el sentido profundo de la Semana Santa"

La periodista moscona ofreció un emocionante pregón en el que defendió que la fe cristiana es "una religión de alegría" y que "la verdadera grandeza no está en el poder, sino en el servicio"

El emocionante pregón de la Semana Santa en Grado

Sara Arias

Grado

"La gran noticia del Evangelio es que Dios siempre nos levanta. Cada caída puede ser un comienzo. Cada herida puede ser una puerta. Cada cruz puede convertirse en resurrección", afirmó la periodista de LA NUEVA ESPAÑA, María José Iglesias, en el emocionante y sentido pregón con el que abrió este viernes la Semana Santa en Grado. Un discurso en el que recordó la importancia de la familia, la memoria, el legado y los valores cristianos.

Iglesias comenzó con un agradecimiento a la Cofradía del Santísimo Cristo de la Buena Muerte por un encargo que vive como "un alto honor y una responsabilidad", porque "un pregón no es solo un discurso, es una puerta que se abre", que "nos invita a entrar, un año más, en los días más intensos de nuestra fe y también, por qué no decirlo, de nuestra propia vida". Porque "la Semana Santa no es solamente memoria", no es únicamente tradición o procesión. "Es un espejo de lo que somos. Es la historia de un Dios que entra en la historia del hombre… Y la historia de cada hombre que intenta volver a Dios", señaló.

La pregonera, directora del Club LA NUEVA ESPAÑA, ahondó en el sentido de la Semana Santa, "una verdad profunda y sencilla: Dios es el origen de nuestra vida". Y alertó sobre la banalidad y superficialidad en la que está anclado el mundo en un tiempo que "nos invita a pensar que todo depende solo de nosotros, pero cuando contemplamos la cruz, cuando vemos a Cristo entregándose por amor, descubrimos algo distinto, que la vida no empieza en nosotros, empieza en él".

Vivir la fe con alegría

La fe cristiana, señaló, no es una religión de tristeza, sino de alegría, "ni fácil ni ruidosa sino una alegría serena, profunda, que nace de saber que nuestra vida tiene sentido, que no caminamos solos". Iglesias abundó también en esta idea al final del pregón, alertando de un ritmo de vida rápido que no deja su lugar al silencio.

"Quizá hoy más que nunca necesitamos redescubrir el sentido profundo de la Semana Santa. Vivimos deprisa. Corremos de un lugar a otro. Tenemos información, tecnología, ruido… Pero muchas veces nos falta silencio. Sin silencio no podemos escuchar lo esencial, eso que como decía El Principito, sólo es visible al corazón. La Semana Santa nos invita precisamente a eso. A detenernos. A mirar a la cruz. Entonces comprendemos que la verdadera grandeza no está en el poder, sino en el servicio. Que la verdadera victoria no está en dominar, sino en amar. Que la verdadera alegría no está en tener más, sino en ser más humanos", reflexionó Iglesias.

Repasó también sus recuerdos de infancia en Grado, entre ellos los huesos de santo en los escaparates de las pastelerías de la villa moscona, o como la capilla donde este viernes ofreció el pregón le parecía "un lugar misterioso, una fortaleza inexpugnable que intentábamos explorar mirando a través de la cerradura" cuando iba al colegio que un día hubo en el palacio Miranda-Valdecarzana, hoy Casa de Cultura.

No olvidó a la familia y a las amistades "más verdaderas", con un especial recuerdo a su abuelo Pepe, al que todos llamaban "Bebé". "Él me enseñó que ante Dios siempre debemos ser como niños", señaló. Además de sus allegados, la pregonera estuvo acompañada por numerosos fieles y vecinos en la Capilla de Los Dolores, el párroco de Grado, Reineiro García "Neyo", por el Hermano Mayor de la Cofradía, Ramón González, por el secretario Álvaro Valdés y la vocal Lucía Pola.

El patrón de la Legión, titular en Grado

Iglesias celebró que Grado esté bajo la protección del Cristo de la Buena Muerte, el mismo que los legionarios sacarán por las calles de Málaga en la Pasión "reviviendo escenas que nos parten el corazón en un brotar descomunal de sentimientos, los mismos que experimentamos ante nuestro Cristo, con devoción del norte, quizá más austera pero igual de profunda".

También puso en valor el trabajo que realiza la Cofradía del Santísimo Cristo de la Buena Muerte en la villa moscona desde hace más de una década consiguiendo una Semana Santa de altura con procesiones y novedades cada año. "Se ha convertido en parte viva del del corazón de Grado porque una cofradía no es solo una organización, son personas que se reúnen para rezar, para servir, para ayudar. Y el Cristo de la Muerte nos recuerda una verdad que puede parecer dura pero que en realidad está llena de esperanza, al contemplarlo comprendemos que incluso aquello que más tememos puede ser transformado por el amor de Dios".

La esperanza de la vida

Una esperanza que para los moscones se encuentra también en el santuario de Nuestra Señora del Fresno, dijo Iglesias: "Allí, a los pies de la Virgen, generaciones de vecinos han llevado sus alegrías y preocupaciones. Allí hemos aprendido algo muy sencillo, que la fe también es confiar". La periodista moscona se despidió con un mensaje de alegría, confianza y fe con "la noticia que cambia el mundo, Cristo vive. Y si Cristo vive, entonces el amor es más fuerte que el odio, la esperanza más fuerte que el miedo y la vida es más fuerte que la muerte".

Iglesias cerró el pregón muy agradecida y con alegría en la fe, con ganas de ver las procesiones de la próxima Pasión moscona "porque en ellas vemos a nuestros padres, a nuestros abuelos, a quienes ya no están y comprendemos que la fe no es solo algo personal, es también una herencia, una llama que se transmite de generación en generación".

Lee íntegro el pregón de María José Iglesias:

“Dios habla a cada uno de nosotros mientras nos crea, luego camina con nosotros en silencio fuera de la noche”. Sirva como inicio de este pregón de la Semana Santa de Grado, una de las espectaculares frases de Rainer Maria Rilke, el poeta austriaco que sentía a Dios como la esencia misma de la vida y el arte.

Hacia esa esencia trataremos de dirigirnos a lo largo de estos minutos que tendré el honor de compartir con todos ustedes.

Reverendo Párroco de San Pedro de Grado; Hermano Mayor, miembros de la Junta de Gobierno y cofrades del Santísimo Cristo de la Buena Muerte; autoridades, amigos, familia:

Es un alto honor y una gran responsabilidad anunciar hoy la Semana Santa de nuestra villa. Porque un pregón no es solo un discurso. Un pregón es una puerta que se abre. Una puerta que nos invita a entrar, un año más, en los días más intensos de nuestra fe y también, por qué no decirlo, de nuestra propia vida. Porque la Semana Santa no es solamente memoria. No es únicamente tradición. No es solo procesión. La Semana Santa es un espejo de lo que somos. Es la historia de un Dios que entra en la historia del hombre… y la historia de cada hombre que intenta volver a Dios.

Y esa historia, querido público, entre el que veo tantas caras familiares y queridas, es también la nuestra y la de este pueblo que nos acoge.

Si algo nos recuerda la Semana Santa es una verdad profunda y sencilla: Dios es el origen de nuestra vida. El sentido de nuestro camino. Y también la meta hacia la que caminamos.

Porque, déjenme decirles, vivimos en un mundo anclado en la banalidad, en la superficialidad que muchas veces nos invita a pensar que todo depende solo de nosotros: nuestro éxito, nuestras decisiones, nuestros proyectos. Pero cuando contemplamos la cruz, cuando vemos a Cristo entregándose por amor, descubrimos algo distinto. Descubrimos que la vida no empieza en nosotros, empieza en él. Y tampoco termina en nuestras derrotas, ni en nuestros fracasos, ni siquiera en la muerte. Termina —o mejor dicho— culmina en Dios.

Por eso la fe cristiana no es una religión de tristeza. Es una religión de alegría. Y no una alegría superficial, ni fácil ni ruidosa sino una alegría serena, profunda, que nace de saber que nuestra vida tiene sentido. Que no caminamos solos.

En ese caminar creo que todos los que nos encontramos hoy en esta capilla de los Dolores, tenemos muy presente a Grado, nuestra casa, las primeras calles que anduvimos, y como es el caso de quien les habla, las primeras aulas que pisamos. Las mías fueron aquí al lado, en la Casa Miranda, hoy espléndida casa de Cultura. Aún en la fachada que da a esta plaza se ven las señales de las escaleras ancladas a la pared, por las que entrábamos y salíamos.

La actual plaza era el patio del colegio, y esta capilla, cerrada a cal y canto, un lugar misterioso, una fortaleza inexpugnable que intentábamos explorar mirando a través de la cerradura. Con cinco o seis años, recuerdo ver la luz que se colaba dentro y reflejaba la imagen de una Dolorosa, mas o menos en el lugar desde el que les hablo. Aquí estaba aquella imagen, con un puñal clavado en el corazón, una escena que me resultaba sobrecogedora.

Recuerdo preguntar a mi madre y a mi abuela y la respuesta siempre era la misma: ese puñal son nuestros pecados que se le clavan a la Virgen. Yo no lo entendía, lo comprendí con el paso del tiempo. Porque el tiempo, queridos amigos, es la esencia de la vida. Para mí, en Grado, siempre parece pararse en las calles y plazas, en los días de mercado, en las tiendas con solera que tanto nos gusta visitar, y en los escaparates de las confiterías, que por estas fechas muestran los huesos de santo que tanto nos llamaban la atención en la infancia y también las figuras de Pascua de chocolate, cara A y cara B de estos días.

Grado es la familia, son las amistades más verdaderas, es la tarde de un domingo en el Parque; son los paseos a Llantrales y a La Mata, de donde viene mi familia materna, o a Castañeo, de donde procede la paterna. Me parece estar viendo aún a mi abuelo Pepe, (al que todo el mundo conocía como Bebé) en misa de ocho, levantarse ante el Santísimo. Él me enseñó que ante Dios siempre debemos ser como niños. Con sus hermanas, mis tías abuelas, Rita, Aurora, María y Carmina, aprendí a rezar el Rosario, también a caminar derecha, un mantra que me repetían si me veían pasar cerca de sus casas: “Ponte derecha”. Ahora yo se lo digo a mi hijo, que no me hace ni caso, como se pueden imaginar.

Les confieso que yo tampoco les había mucho a ellas, pero lo sembrado siempre queda, y en mi memoria está también para siempre el día de mi Primera Comunión, en la Iglesia de San Pedro, vestida de monja, como era preceptivo en la parroquia en aquellos años, con mi madre como catequista.

La capilla del Cristo de la Buena Muerte, a la entrada de la Iglesia, era otro de esos lugares en los que nos gustaba detenernos. Lo cierto es que la Semana Santa de Grado tiene la inmensa suerte de estar bajo la protección del Cristo de la Buena Muerte, el patrón de la Legión, el mismo Cristo que los legionarios sacarán dentro de unos días por las calles de Málaga, reviviendo escenas que nos parten el corazón en un brotar descomunal de sentimientos. Los mismos que experimentamos ante nuestro Cristo de la Buena Muerte, con devoción del norte, quizá más austera que la del Sur con sus imágenes barrocas y sus tronos de oro y plata inundados de flores, pero igual de profunda, no les voy a decir que más, sería un atrevimiento y faltaría a la verdad.

Porque si algo tengo claro es que las manos que visten a la Dolorosa de nuestra Cofradía, antes las de nuestra recordada Élida Granda y ahora las de su hija Leni, lo hacen con el mismo mimo y cuidado que las de cualquier camarera de una Hermandad sevillana de tronío.  

Hace unos días, asistía a un acto en el que se destacaba el gran tirón que tiene la Semana Santa entre los jóvenes. No debe sorprendernos, en ella está lo divino, pero también todo lo humano. Está la traición de Judas. Está el miedo de Pedro. Está la injusticia de los poderosos. Está el sufrimiento del inocente. Pero también está la fidelidad de las mujeres que no abandonan a Jesús. Está el consuelo de Simón de Cirene. Está la esperanza que brota cuando todo parece perdido.

En la Semana Santa vemos que la vida cristiana no es un camino perfecto. Es una ruta en la que caemos y nos levantamos.

Caemos cuando fallamos. Caemos cuando nos olvidamos de los demás, cuando pensamos que no necesitamos a Dios. Pero la gran noticia del Evangelio es que Dios siempre nos levanta. Cada caída puede ser un comienzo. Cada herida puede ser una puerta. Cada cruz puede convertirse en resurrección.

Por eso la Semana Santa no termina en el Viernes Santo. Termina en la mañana de Pascua.

Aquí, en Grado, lo sabemos bien. Durante generaciones, nuestras calles han sido testigos de un pueblo que avanza detrás del Cristo, en procesiones que avanzan lenta al ritmo de la banda de música, con tambores que rompen el silencio, velas que iluminan la noche. Las damas con sus mantillas negras No son solo ritos. Es la memoria viva de un pueblo que ha aprendido a rezar caminando.

Cada paso de una procesión es una oración. Cada imagen que recorre nuestras calles nos recuerda que Dios también recorre nuestras vidas.

Quizá por eso estas procesiones nos emocionan tanto. Porque en ellas vemos a nuestros padres. A nuestros abuelos.

A quienes ya no están. Y comprendemos que la fe no es solo algo personal. Es también una herencia. Una llama que se transmite de generación en generación.

Y en esa historia reciente de nuestra Semana Santa ocupa un lugar especial la Cofradía del Cristo de la Muerte, nacida en el año 2010. No hace tantos años.

Y, sin embargo, en poco tiempo se ha convertido en parte viva del corazón de Grado. Porque una cofradía no es solo una organización, son personas que se reúnen para rezar, para servir, para ayudar.

El Cristo de la Muerte nos recuerda una verdad que puede parecer dura, pero que en realidad está llena de esperanza.

Y al contemplarlo comprendemos que incluso aquello que más tememos —la muerte, el dolor, la pérdida— puede ser transformado por el amor de Dios.

Y si hay un lugar donde esta esperanza se hace especialmente cercana para los moscones ese es el Santuario de Nuestra Señora del Fresno.

Allí, a los pies de la Virgen, generaciones de vecinos han llevado sus alegrías y sus preocupaciones. Allí han ido padres a pedir por sus hijos. Allí han ido hijos a agradecer la vida recibida. Allí hemos aprendido algo muy sencillo: que la fe también es confiar.

Confiar como María.

María que estuvo en Nazaret.

María que estuvo en Belén.

María que estuvo al pie de la cruz.

Ella no entendía nada. Pero confiaba.

Y por eso se convirtió en la primera testigo de la esperanza.

Quizá hoy más que nunca necesitamos redescubrir el sentido profundo de la Semana Santa. Vivimos deprisa. Corremos de un lugar a otro. Tenemos información, tecnología, ruido… pero muchas veces nos falta silencio. Sin silencio no podemos escuchar lo esencial, eso que como decía El Principito, sólo es visible al corazón.

La Semana Santa nos invita precisamente a eso. A detenernos. A mirar a la cruz.

Entonces comprendemos que la verdadera grandeza no está en el poder, sino en el servicio. Que la verdadera victoria no está en dominar, sino en amar. Que la verdadera alegría no está en tener más… sino en ser más humanos.

Dentro de poco volveremos a ver las imágenes salir a nuestras calles. Volveremos a escuchar el sonido de los tambores. Volveremos a caminar juntos.

Y cuando eso ocurra, ojalá recordemos que no somos solo espectadores. Somos parte de la historia. Cada uno de nosotros está llamado a ser cirineo para alguien.

La verdadera procesión no termina cuando se guardan las imágenes.

La verdadera procesión continúa cada día, en nuestras casas, en nuestras familias, en nuestro trabajo.

Y al final de todo llega la mañana de Pascua. La piedra removida. El sepulcro vacío. La noticia que cambia el mundo:

Cristo vive. Y si Cristo vive, entonces el amor es más fuerte que el odio.

La esperanza es más fuerte que el miedo.

Y la vida es más fuerte que la muerte.

Por eso podemos decir, sin miedo y con alegría: Dios es el principio y el fin. El origen de nuestra vida. El sentido de nuestro camino.

Queridos amigos:

Que esta Semana Santa nos ayude a mirar más alto. Que nos ayude a caminar más juntos. Que nos ayude a recordar que, incluso cuando caemos, siempre podemos levantarnos. Porque Dios nunca deja de caminar con nosotros.

Muchas gracias por permitirme pronunciar estas palabras y por escucharlas.

Saben, hace ya unos años mi vida profesional me llevó a estar presente en la primera toma de posesión de Barack Obama como presidente de los Estados Unidos. Allí, sentada ante el Capitolio, en un Washington congelado de frío, pensaba que nunca podría superar aquella vivencia. Les digo con absoluta sinceridad que a partir de hoy aquello ya está en segundo plano para siempre. Este inmenso honor que me ha concedido la Cofradía del Cristo de la Buena Muerte es ya el primero. 

Que la Semana Santa de Grado sea buena y reparadora para todos.

Gracias

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