Las coliflores "empiezan a querer dar" y ya se están sembrando fréjoles: "Todos los días planto algo, si no siento que no mereció la pena levantarme"
Tino Menéndez, agricultor, recuerda cuando en las casas se hacían boroñas, papas, y se aprovechaban las natas de la leche: "Ahora todo desapareció, ya no comemos nada sano"

Paula Tamargo

Las coliflores "están empezando ahora a querer dar algo", explica Celestino Menéndez García, "Tino", en su huerta de Grado, donde también tiene en este momento creciendo "pencas de esas que llamamos picudas", guisantes, patatas, fabas de mayo... "Y luego ya ves, manzanos, pescales, melocotoneros, un poco de todo. Tengo fréjoles amarillos y verdes, que de aquí para arriba, de aquí hasta agosto, septiembre, se plantan", indica mientras va mostrando los distintos espacios de cultivo que tiene en sus fincas de Castañeo. Es el vendedor más veterano del mercado de los domingos, donde lleva la producción que no va al consumo familiar y cita a la que acude desde chaval, desde hace nada menos que siete décadas. Desde la infancia sabe lo que es trabajar la tierra y lo hace a diario.
"Todos los días planto algo, porque el día que no planto nada me parece que no me mereció la pena levantarme", asegura mientras enseña un espacio que aprovecha poniendo algo más de lechuga "para que no descanse la huerta". El relato sobre qué se cultiva esta temporada se cruza con sus recuerdos de cuando la vida era de otra manera.
Mantecas y suspiros
"Yo me crié en este pueblín, mi padre era alcalde y tenía yo 16 o 17 años. Él se enfermó de un cáncer en la garganta, que fumaba el hombre muchísimo. Y todo el pueblo me iba a ayudar a la hierba. Había aquí un molino, yo bajaba cada segundo día a moler maíz, trigo, centeno... Comíamos todos de eso, boroña, papas (...) Pero ahora todo desapareció, desaparecieron los molinos, ya no comemos nada sano", explica Tino.
Recuerda también varias veces a su madre mientras habla de tiempos que quedaron atrás: "Nosotros teníamos cinco o seis vaquinas, y daban ocho o diez litros, sobre todo cuando parían. Yo repartía la leche por las casas, y mi madre, por la mañana, ponía a hervir la pota de la leche, y aquella nata tan grande la iba recogiendo, y hacía unas mantecas y unos suspiros maravillosos. Ahora ni dejan hacerlas ni hay leche de esa, porque una vaca da cincuenta litros, es como si le echaras el agua por arriba y luego la sacaras por abajo con unos polvos".
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