10 de febrero de 2011
10.02.2011

El legado violento de Hasan al Banna

El abuelo del reformista Tarik Ramadan propagó la versión más militante de la guerra santa entre los Hermanos Musulmanes, actores en la sombra de la nueva etapa egipcia

10.02.2011 | 01:00
El legado violento de Hasan al Banna

Tariq Ramadan, filósofo suizo de origen egipcio, nieto del fundador de los Hermanos Musulmanes, mantiene que este grupo islamista no maneja una única estrategia y que dentro de él hay dos corrientes: la que mira a Arabia Saudí y la que presta atención a la Turquía de Erdogan. Se puede decir que, desde su creación, la Hermandad Musulmana del abuelo de Ramadan no ha dejado de oscilar entre la visión reformadora y el fundamentalismo suní violento. En el Egipto convulso de estos días finales de la era Mubarak, la organización dirigida por Mohamed Badie ofrece su rostro más dialogante, pero no por ello despeja las grandes inquietudes que despierta la amenaza integrista.


Cuando apenas había cumplido los dieciséis años y no cabía esperar de él más que la actitud impresionable de un adolescente, Hasan al Banna (1906-1949) fundó la Hermandad Musulmana (Al Ikhwan al Muslimin). Aquel joven maestro había recibido en El Cairo una educación religiosa, tradicional y también moderna, en el prestigioso instituto Dar al Ulum, que proporcionaba además una docencia superior en ciencias.


Al Banna, como buen sufí, sabía que la fe no consistía en la aceptación conceptual de una doctrina, sino que sólo podía comprenderse si era vivida por medio de los rituales. Su paso por Dar al Ulum le ayudó a entender, además, que la sociedad en la que había crecido debía modernizarse en materia política, social y económica, pero que estas cuestiones de tipo racional sólo tendrían sentido si antes se emprendía una reforma espiritual y psicológica. En la zona del canal de Suez, donde debutó como maestro, tuvo la oportunidad de comprobar cómo el Protectorado había abierto una brecha social humillante entre los británicos y su pueblo, marginado y presa de la confusión. Los egipcios, como más tarde escribió, se sentían desconcertados por las ideas occidentales y no encontraban en el Islam un consuelo. Los mismos ulemas vivían a espaldas de la nueva etapa.


Los británicos, a pesar de la independencia, seguían controlando el país, manejaban la economía y los servicios públicos, mientras el pueblo permanecía descolgado de la modernización. En Al Banna, como les sucedía a otros jóvenes, ya había prendido la idea de que Egipto sólo podía encontrar el camino de su liberación si abrazaba los principios fundamentales del Corán y de la Sunna.


Los Hermanos Musulmanes nacieron con el objetivo de resistir ante la dominación extranjera y de detener la propagación de la cultura occidental, sobremanera aquello que se refería a la relajación moral y la misión cristiana, e inmediatamente su fundador se lanzó a hacer campaña para restaurar el califato islámico que Atatürk había abolido tan sólo unos años antes, en 1924. Al Banna estaba convencido de que si los europeos dominaban el mundo era porque los musulmanes se habían desviado del recto camino del Islam. Para enderezar el rumbo, la Hermandad ofreció a los jóvenes formación religiosa, pero también becas y ocio por medio de actividades físicas en unos campamentos creados para esos fines. El movimiento tomaba cuerpo.


Al Banna, más un organizador que un ideólogo, no tenía demasiado clara una mecánica de gobierno inspirada en la ley islámica, salvo que el Corán debía ser la Constitución para todos los creyentes. Manejaba con soltura tres reglas fundamentales: el gobernante deberá ser responsable ante Dios y el pueblo; la nación musulmana tiene que actuar desde la unidad religiosa y supervisar la conducta de quien gobierna, darle consejos y asegurarse de que su voluntad es respetada. La democracia parlamentaria era una posibilidad teóricamente aceptada, pero el objetivo a largo plazo consistía en la restauración del califato.


En la década de los cuarenta, Egipto vivió turbulencias comparables a las actuales. La democracia liberal cosechaba fracaso tras fracaso. Tanto los ingleses como los nacionalistas del Wafd, que ganaba elecciones pero no se le permitía gobernar, comprobaban cómo los intentos de modernizar el país se estrellaban contra el muro de una sociedad campesina anclada en principios feudales. En este magma, las voces de quienes clamaban por la violencia se escuchaban de manera cada vez más nítida. La pérdida de Palestina contribuía a reforzar la imagen de impotencia que los musulmanes tenían de sí mismos, en Egipto y en otros lugares vecinos.


Los Hermanos no vivían alejados de esa tendencia. Al Banna siempre negó los vínculos de su organización con las actividades terroristas de Al Jihaz al Sirri, incluso desde la denuncia, pero no pudo evitar verse asociado a ellas, hasta el punto de que fue esa asociación la que le costaría más tarde la muerte y al grupo que había fundado, la ilegalización. Ese clima de violencia derivó en diciembre de 1948 en el asesinato del primer ministro Mahmud Fahmi al Nuqrashi, que siguió a una larga campaña de atentados con bombas en El Cairo. Poco después, en febrero de 1949, Al Banna era tiroteado en la calle por agentes de seguridad del rey Faruk. Cinco años más tarde, los Hermanos, que habían protagonizado un breve idilio con Gamal Abdel Nasser, representante de un nacionalismo militar contrario al viejo ideario liberal, volverían a ser perseguidos y reprimidos duramente tras el atentado fallido contra el hombre fuerte de la nueva República y futuro líder del panarabismo. La persecución sirvió para cargar de razones las escopetas de la organización, que, según Ramadan, nació como un movimiento «anticolonialista, no violento y legalista».


Lo que no ha explicado, sin embargo, el nieto del fundador de la Hermandad Musulmana, considerado un Martín Lutero en el mundo del Islam, es que su abuelo contribuyó de manera eficaz a la reputación violenta que el grupo ha mantenido en otros ámbitos, mediante la enseñanza de una versión más militante de la guerra santa, otorgando supremacía dentro de ella a la yihad menor (la lucha) sobre la yihad mayor (la lucha espiritual interna contra el mal). Al Banna abrió el camino a lo que vendría después de la mano de otros grupos radicales al unir en un solo concepto las definiciones que el Corán reserva a la lucha (quital) y la lucha espiritual (yihad), convirtiéndolo en una llamada a participar en la guerra santa contra los infieles y la Gente del Libro (cristianos y judíos).


Su legado, los Hermanos Musulmanes, fruto agitado por las turbulencias de la Historia, parece ahora en la vía de la moderación turca, pero en Egipto son muchos los que piensan que quienes beben el agua del Nilo volverán a por más. Como reza el viejo dicho árabe.

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