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EE UU, polvorín electoral

Las protestas antirracistas se imponen a la pandemia y a la crisis en la campaña para la crucial elección presidencial del 3 de noviembre

Puño de un manifestante negro en una protesta, ayer, en Richmond (Nueva York) por la muerte de Daniel Prude, asfixiado por la Policía.

Puño de un manifestante negro en una protesta, ayer, en Richmond (Nueva York) por la muerte de Daniel Prude, asfixiado por la Policía. REUTERS

El novelista neoyorquino Colson Whitehead tiene 50 años y algunos récords en su haber. Su novela "El ferrocarril subterráneo" (2016) le valió el "Pulitzer" y el "National Book Award", alegría que solo han conocido seis escritores. La siguiente, "Los chicos de la Nickel", volvió a ganar el "Pulitzer" este año. Y eso, dos "pulitzer" consecutivos, no lo tenía nadie. Whitehead es sin duda millonario y goza del respaldo de público y crítica. Pero también lleva medio siglo paseando una piel lo bastante oscura para ser calificada de negra, así que su confortable posición no suaviza su diagnóstico: "El sistema bipartidista en Estados Unidos, para la gente negra particularmente, significa que votas por la persona que trata de matarte de manera menos eficiente. Y normalmente esos son los demócratas".

Whitehead, que hizo esta afirmación en una reciente entrevista con el diario "El País", añadió una precisión sobre la oleada de protestas que agita EE UU desde hace cien días: "Crecí en Nueva York en los años 80 y siempre hubo episodios de brutalidad policial. (...) No es que haya más casos o sean más graves, es que ahora todo el mundo tiene una cámara en su bolsillo. Lo que le pasó a George Floyd no es nada nuevo. Pero las protestas, en su envergadura y alcance, sí lo fueron".

Las mayores protestas desde 1968. George Floyd, 46 años, murió asfixiado en una calle de Minneápolis el 25 de mayo tras ser inmovilizado por una rodilla policial que comprimió su cuello durante más de ocho minutos. Acababa de ser detenido por pagar unos cigarrillos con un billete falso de 20 dólares. "No puedo respirar" es la frase que resume su agonía sobre el asfalto y uno de los lemas ("I can't breathe") más repetidos en las protestas que durante semanas se extendieron por más de 400 ciudades de los 50 estados de la Unión y por numerosos países. Con un balance de no menos de 30 muertos y más de 14.000 detenidos, se asegura que han sido las mayores protestas raciales desde el asesinato de Martin Luther King en 1968 y, sin dejar de dar coletazos hasta hoy, han convertido la campaña de las presidenciales en un polvorín.

¿Por qué? Antes de que los manifestantes la emprendieran con las estatuas de Colón, Cervantes, Washington, Jefferson y cualquier otra efigie con aromas de colonización blanca, el presidente de EE UU, Donald Trump, había optado por una postura prudente. Lamentó la "trágica" muerte de Floyd y prometió justicia. Sin embargo, a medida que fue creciendo la ola de descontento -y su habitual cortejo de violencia civil y policial-, Trump viró a la furia: "Cuando comiencen los saqueos, comenzarán los disparos", tuiteó la madrugada del 29 de mayo. Aceite al fuego.

A partir de ahí, los gobernadores de los Estados tuvieron que lidiar con la calle y con la Casa Blanca, que los tachaba de débiles, los incitaba a generalizar las detenciones y les instaba a pedir refuerzos al Pentágono. Se desplegó la Guardia Nacional en numerosos puntos, aunque los jefes militares precisaron al presidente que combatir a los ciudadanos no figura entre las misiones del Ejército de EE UU. Sin embargo, las protestas dieron un giro a la campaña de Trump: "Ley y orden".

Mientras, el demócrata Biden se reunía con la familia de Floyd y lanzaba mensajes en favor de la justicia racial, a la vez que procuraba no exponerse demasiado, en espera de que el presidente se abrasara solo. Su objetivo era, y sigue siendo, presentarse como el unificador de un país que, desde la elección de Obama en 2008, se hunde en el abismo de la polarización.

Una coyuntura difícil. El día de la muerte de Floyd, Biden llevaba a escala nacional una ventaja de 5,6 puntos a Trump en el promedio de encuestas RCP sobre las presidenciales del 3 de noviembre. Es cierto que esa cita electoral se resuelve en cada estado y no a nivel nacional, pero el promedio en los seis principales estados bisagra, codiciados por cambiar con facilidad de orientación, también beneficiaba al demócrata, aunque solo por 3,5 puntos. Trump necesitaba un impulso para contrarrestar el daño infligido por la pandemia a una ejecutoria polémica pero santificada, hasta la llegada del virus, por buenos resultados económicos.

Los muertos por covid-19 son un arma arrojadiza contra los Ejecutivos de todas las democracias. En EE UU, el empeño de Trump en minimizar la infección, sus diatribas contra el confinamiento, su largo rechazo a la mascarilla han facilitado que se le endosen sin cortapisas los 192.000 muertos registrados hasta ayer. Lo malo para el magnate es que esa actitud no ha impedido una caída interanual del PIB del 31,7% en el segundo trimestre (España: 22,1%), que ha situado el desempleo en el 8,4% en agosto, frente al 3,7% de igual mes de 2019.

Armas de campaña. Ante este doble revés, Trump estaba desplegando un contraataque en tres frentes. Por un lado, sugiriendo la posibilidad, muy improbable, de tener una vacuna a fines de octubre. En segundo lugar, desacreditando el voto por correo (20,9% en 2016), ya que se espera que suba al menos al 40% a causa de la pandemia. Esta ofensiva contra los sufragios postales le permite reservarse la posibilidad de no aceptar el resultado electoral si es derrotado en lo que anticipa como "el mayor fraude de la historia de la humanidad". En tercer lugar, presentando al tándem Biden-Harris como "socialistas radicales" y "enemigos de las libertades". Es su respuesta a la acusación demócrata de ser un peligro para la democracia.

Las protestas raciales, proseguidas hasta la actualidad al desvelarse más casos de brutalidad policial, y reforzadas hace diez días con iniciativas como el parón de la NBA y otras grandes ligas deportivas, le han dado pie a coronar su triple ofensiva erigiéndose en campeón de la ley y el orden. Son conceptos que presenta como requisitos previos para que EE UU vuelva a "ser grande". El promedio RCP situaba ayer en siete puntos la ventaja nacional de Biden, casi 1,5 más que el día de la muerte de Floyd, aunque desde finales de junio se detecta con altibajos una tendencia de Trump a recortar la diferencia.

Edad de oro. Esta agresiva toma de postura no le cuesta, por otra parte, ningún esfuerzo al Trump que una y otra vez se ha abstenido de condenar los desmanes neonazis y supremacistas mientras arremete contra los "anarquistas" antirracistas. Con Trump, el supremacismo heredero del Ku Klux Klan vive una edad dorada que le permite tener una presencia paramilitar activa en las calles en apoyo de la Policía. A su vez, este paso adelante realimenta las acciones de grupos violentos contrarios.

Los dos manifestantes abatidos en Kenosha (Wisconsin) el 25 de agosto por un supremacista de 17 años, y el seguidor de Trump muerto a tiros cuatro días después en Portland (Oregón) por un antifascista son una muestra clara de que fenómenos hasta ahora marginales están impregnando las calles de una atmósfera guerracivilista. Es el exponente más visible de la "brecha racial" que, según numerosos observadores, Trump ha agrandado durante su mandato.

¿Protestas aceptadas? Se diría, sin embargo, que al margen del amplio rechazo que generan las violencias, las protestas antirracistas son comprendidas por amplios sectores, más allá del 13% de afroamericanos. Una encuesta de la Universidad Monmouth (Nueva Jersey) sostenía esta semana que el 76% de los consultados -71% entre los blancos- considera el racismo y la discriminación "un gran problema". Es un 26% más que en 2015. Un 57% encuentra además plenamente justificada la rabia de los manifestantes. En paralelo, un sondeo de la CBS afirma que para el 57% la Policía tiende a tratar de modo más injusto a los negros que a los blancos.

Estos datos son de urgencia, pero encajan en una tendencia puesta de manifiesto por un informe de 2017 del Pew Research Center en el que se señala que desde 2009, inicio de la presidencia de Obama, ha crecido en todos los grupos raciales la percepción de que el racismo es un gran problema. El observatorio cifra en un 52% los blancos que tienen esa opinión, cuando en 2009 eran un 30%.

Black Lives Matter. Esta creciente admisión de que EE UU es una sociedad muy racista no es ajena a la persistente acción del movimiento "Black Lives Matter" (BLM, "Las vidas negras importan"), fundado en 2013 por tres mujeres activistas en la estela de las "primaveras árabes" y los movimientos de "indignados". Los objetivos transversales de BLM van mucho más allá de la violencia policial y se resumen en "erradicar la supremacía blanca". La misma que en la Convención constitucional de 1787 estableció en Filadelfia, para fijar los impuestos y la representación legislativa de cada estado, que los esclavos negros sí debían contarse como población. Pero asignando a cada negro un valor equivalente a las tres quintas partes de un blanco.

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