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Efectos de las elecciones italianas

Meloni, más allá de Italia

La victoria de los neofascistas en Italia certifica una realidad ya innegable: una parte creciente del electorado europeo comulga con los diagnósticos y las recetas de la extrema derecha

Meloni, más allá de Italia.

La victoria de Giorgia Meloni en las elecciones italianas del domingo remueve las placas tectónicas de la política europea. “Estaremos pendientes”, dijo la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, y tiene razones para ello. Un Gobierno de ultraderecha en Italia, tercera economía de la zona euro, abre un frente interior dentro de la Unión en un momento en que el proyecto europeo se enfrenta a la guerra en Ucrania y los efectos en la economía y la vida cotidiana que implica el conflicto bélico lanzado por la Rusia de Vladimir Putin. 

La ucraniana es la cuarta crisis consecutiva que empalma el proyecto europeo en poco más de una década (la Gran Depresión, el Brexit, la pandemia y ahora la guerra) en un contexto marcado por las propias tensiones internas de la Unión: los efectos de la ampliación al Este, la desafección de parte de la ciudadanía europea con la Unión y el auge (regreso, si es que alguna vez se fue) del nacionalismo en muchos de los países europeos. Es en este contexto en que la victoria de Meloni plantea un reto de primer orden no porque sea excepcional (los partidos de extrema derecha, conservadores y nacionalistas crecen en 16 de los 27 países de la UE, y su influencia se siente en las políticas de todo el continente) sino justamente porque ya resulta muy difícil tratar a la extrema derecha como un movimiento reactivo, puntual y controlable mediante políticas como la del cordón sanitario. Meloni simboliza, en este sentido, un baño de realidad: Europa, una parte de Europa, es de extrema derecha, o al menos comulga con sus recetas sociales, económicas y políticas. 

El eje Varsovia-Budapest-Roma

Italia no es un país cualquiera de la Unión. No se trata solo de su peso económico (que también), sino de su importancia política y simbólica. Italia, país fundador de la Unión, no es un país de la antigua órbita soviética que se sumó al proyecto común europeo a través de la vertiginosa (y plagada de errores) ampliación al este. Italia es occidente, corazón de Europa y motor de la UE. Cuando se habla de europeísmo, incluso en su sentido más naíf, a Italia se la consideraba uno de los nuestros. Desde el domingo, al menos es legítimo dudar. 

La llegada de la extrema derecha al poder con un discurso nativista y nacionalista y, aunque se haya moderado en campaña, antieuropeísta o al menos muy euroescéptico, constituye un fracaso de la construcción europea, incapaz en este siglo de ofrecer un proyecto ilusionante a amplias capas de la sociedad europea. Meloni se ha declarado admiradora de la Hungría de Viktor Orban aunque está por ver que el eje Varsovia-Budapest-Roma que algunos auguran se convierta en realidad (los fondos europeos, alrededor de 200.000 millones de euros, pesan mucho). Igual el giro pragmático de los Hermanos de Italia del que tanto se ha hablado en campaña acaba cristalizando, pero el tono del discurso político en la UE cambia con la victoria de Meloni. Los defensores de la democracia iliberal están de celebración gracias a un país en que el peso de la memoria histórica (el fascismo de Mussolini) ya no lastra las alas de sus herederos. 

De Marine Le Pen a ¿Macarena Olona?

La izquierda, la socialdemocracia y parte de la derecha de raíz democristiana europeas llevan años alertando de la llegada de la ultraderecha. Alegan que hay que combatirla (los cordones sanitarios) y que hay que evitar por todos los medios su normalización. Pero la ultraderecha ya está normalizada. Tanto, que en algunos países (Francia, Italia) incluso cuentan con más de un partido que busca pescar en ese electorado. La victoria de Meloni, en este sentido, envía potentes mensajes a países como Francia, España (donde muchos creen que a Santiago Abascal se le está poniendo cara de Matteo Salvini, uno de los perdedores de las elecciones) e incluso Alemania: los ultras pueden ganar en los países occidentales de la Unión, en los pilares del proyecto europeo. Está por ver si pueden gobernar (como Donald Trump en Estados Unidos o Jair Bolsonaro en Brasil) y, sobre todo, si las instituciones de la democracia liberal –tanto las nacionales como las europeas-- son capaces de aguantar el envite. Steve Bannon apuesta a que no. 

Y el lobo vino

Después de tantos años de advertir del advenimiento de la extrema derecha, al final el lobo ha llegado, habla italiano y es mujer. La victoria de Meloni certifica, por si hacía falta, que la extrema derecha ya no es un sarpullido, sino parte del electorado europeo. Un electorado que, a diferencia del análisis generalizado, no es solo reactivo, no vota a los ultras tan solo como protesta por el estado de las cosas o contra los partidos tradicionales. Las consecuencias de la crisis del 2008 y de los excesos de la globalización ya son palpables, no un ejercicio teórico: nacionalismo, nativismo, regreso a un pasado mítico, rechazo a los principios liberales, oposición al feminismo y todo lo que suene a derechos LGTBI... Del MAGA de Trup al made in Italy de Meloni.

Parte de Europa no vota a la ultraderecha por reacción, por protesta; una parte de Europa vota a la ultraderecha porque comparte su programa, desde la mano dura con la inmigración hasta las restricciones en el aborto pasando por un Estado fuerte que no ceda soberanía a Bruselas. El problema es que ese programa, más allá de giros pragmáticos coyunturales, es incompatible con el proyecto europeo. Varsovia y, sobre todo, Budapest, así lo muestran. Pero también Londres. 

Berlusconi, el moderado: la degradación democrática

Hay tendencias generales, europeas y globales, pero cada país es su propio universo. La victoria de los herederos de Mussolini en Italia no se ha gestado en unos días. Hace mucho tiempo que Italia es un laboratorio abracadabrante de banalización de la política; de alejamiento de las instituciones y los representantes de sus representados; de corrupción; de desintegración del sistema de partidos; de aviso continuo de que los cachorros de Mussolini estaban de regreso. El discurso del miedo hace años que se escucha en Italia, hasta el punto de que la sociedad italiana ha desarrollado anticuerpos (y, no es casualidad, niveles de abstención históricos). Italia es hoy un país en el que puede afirmarse que Silvio Berlusconi es un moderado que ocupa el centro. Esos mismos símbolos, con retoques, adaptados a la idiosincrasia de cada país, los podemos ver en muchos otros países europeos. Banalizar la política (desde la política espectáculo hasta el discurso del miedo hiperbólico, pasando por la falta de respeto al electorado) es el abono ideal del populismo.

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