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Estampida mortal en un estadio

Tragedia en Indonesia: entre la ineptitud policial y un siniestro fenómeno ultra

El país asiático ha amontonado muertos desde finales de los 90 alrededor del fútbol y algunas bandas ultras cuentan con decenas de miles de miembros, estructura jerarquizada y tentáculos en ámbitos sociales

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Las imágenes de la trágica avalancha que ha dejado decenas de muertos en un estadio de fútbol en Indonesia

La tragedia brotó en terreno fértil. No había estadios más peligrosos que los indonesios en Asia ni, probablemente, en todo el mundo, antes de los 125 aficionados muertos y 320 heridos de este fin de semana. El país rozaba el centenar de víctimas desde 1994 y acoge a un fenómeno ultra tan novedoso como siniestro que solo ha merecido los focos globales tras el desastre del estadio de Kanhuruhan

Los precedentes de desmanes ultras no atenúan la responsabilidad policial. Los indiscriminados porrazos a los aficionados y los gases lacrimógenos soltados en espacios cerrados generaron las estampidas fatales. Pero sí contextualizan el drama. Todo lo que lo antecedió explica el cotidiano ambiente tóxico del fútbol indonesio. Los jugadores del Persebaya Surabaya arribaron al estadio en vehículos blindados para protegerse del litúrgico lanzamiento de objetos de la hinchada local. En las gradas faltaban sus seguidores porque Indonesia prohibió años atrás la entrada de los visitantes en los partidos más sensibles para acabar con aquellas batallas campales que, de tan rutinarias, eran desatendidas por la prensa. Y las invasiones de campo, como la reciente de los aficionados locales para pedir explicaciones a sus jugadores por la derrota, no son extrañas. El único ingrediente novedoso en la masacre del sábado fue la incompetencia policial.  

Indonesia prohibió años atrás la entrada de aficionados visitantes en los partidos más sensibles para acabar con las batallas campales

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Indonesia ha amontonado muertos mientras el mundo atendía a las barras bravas argentinas o los 'hooligans' británicos. Algunas bandas ultras cuentan con decenas de miles de miembros, estructura jerarquizada y tentáculos en ámbitos sociales. Es paradójico su fuerte arraigo en un país de tradición futbolera tan reciente. Los expertos lo sitúan a finales de los años 90, cuando agostaba la dictadura de Suharto, y la televisión emitió los partidos del campeonato italiano. La relajación de la censura en internet permitió después que la juventud copiara los rituales de las hinchadas globales. La entusiasta apertura al mundo se ajustó a las particularidades de un país heterogéneo como ninguno: una vasta población de 260 millones de personas y 17.000 islas, con 700 idiomas y un mosaico de cultos (islamismo, cristianismo, hinduismo…). Y el fútbol se convirtió en el vehículo con el que dirimir las rivalidades. Los problemas sociales y la incertidumbre acabaron de empujar a muchos hacia bandas que les dan refugio, identidad y propósito. Su atractivo conquista incluso a los que carecen de interés en el fútbol. Son lazos irrompibles y compromisos sin pausa. “Es hasta el final, no existe el 'exultra'”, explicaba Irlan Alarancia, líder de Jakmania, el grupo que anima al Persija Jakarta. Sus encuentros con el Persib de Java, apoyados por los Vikings, son conocidos como “El clásico” indonesio.  

El caso de Haringga Sirla

Se había normalizado la violencia y el caudal de muertos hasta que un asesinato sentó al país en el diván. Fue el de Haringga Sirla en 2018. El seguidor del Persija acudió de incógnito al estadio del Persib para regatear la prohibición pero fue identificado por los aficionados locales. Recibió golpes sin piedad de la turbamulta y su cadáver fue arrastrado por las calles. Todo el proceso fue grabado con móviles y la mayoría de los condenados por su muerte eran adolescentes.  

Un hincha del Persija acudió de incógnito al estadio del Persib pero fue identificado por aficionados locales. Recibió golpes sin piedad de la turbamulta y su cadáver fue arrastrado por las calles

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Muchos entendieron que se había llegado demasiado lejos y debía hacerse algo. Ocurre que la misión recayó en la Asociación de Fútbol Nacional (PSSI, por sus siglas inglesas), reflejo fiel de la indolencia, la ineptitud y la corrupción del Gobierno. Son conocidos sus escándalos por nepotismo y sobornos. El máximo dirigente del fútbol indonesio, Edy Rahmayadi, dimitió en 2019 tras un escándalo de partidos amañados. Un predecesor, Nurdin Halid, fue condenado en 2004 y siguió dirigiendo la organización desde la cárcel. Su cese en 2011 condujo a guerras de federaciones rivales y tal desbarajuste que la FIFA apartó a Indonesia de las competiciones internacionales entre 2014 y 2016.  

Unos 42.000 aficionados se juntaron el sábado en el estadio con un aforo de 38.000. Los analistas hablan de organización deficiente, instalaciones achacosas y una calamitosa operación policial. También apuntan los más optimistas a otra epifanía nacional, como aquella de Haringga cuatro años atrás, que acabará con la inacción hacia un problema social de primer orden.  

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