2025, el año horrible de la cooperación internacional
Del hachazo de EEUU a la reducción europea: viaje al menguante gasto en ayuda humanitaria
Estados Unidos marcó el paso con el cierre de USAID, pero la tendencia a reducir la inversión en cooperación se extiende entre muchos de los grandes donantes

Una niña afgana absorta en sus estudios, foto del Año Unicef.
Ricardo Mir de Francia / Beatriz Ríos / Gemma Casadevall / Leticia Fuentes / Irene Savio / Lucas Font
Los tiempos están cambiando. El retroceso de la democracia en el mundo y el asalto en curso contra el orden liberal surgido tras la Segunda Guerra Mundial, que sentó las bases de la época de mayor properidad y estabilidad de la historia, están yendo acompañados de una fuerte reducción de los fondos dedicados a la cooperación internacional. El rearme generalizado y los intereses geopolíticos vuelven a ser prioritarios en detrimento de la ayuda al desarrollo. El sistema humanitario enfrentó en 2024 la mayor caída de financiación registrada: cerca de 5.000 millones de dólares menos que en 2023, lo que equivale a una caída del 10%, según el último informe de Médicos Sin Fronteras.
Estados Unidos marca el paso, tras la decisión de Donald Trump de desmantelar USAID. Pero la tendencia a reducir el gasto se extiende entre muchos de los grandes donantes. Y todo ello, cuando mayores son las necesidades por la proliferación de conflictos o los efectos del cambio climático. Solo en 2024 hubo casi 300 millones de personas necesitadas de ayuda y protección para sobrevivir, según Naciones Unidas.
Una de las primeras decisiones de Donald Trump tras su regreso a la Casa Blanca fue la congelación de toda la ayuda exterior, el preludio de lo que vendría después. En menos de un año el republicano ha desmantelado el armazón de la cooperación internacional estadounidense, una demolición que ha ido acompañada de un recorte histórico en el gasto humanitario y en las contribuciones a las agencias de Naciones Unidas. El golpe para el poder blando de EEUU es inestimable, pero también para todo el ecosistema humanitario, al que ha puesto en una situación crítica. Millones de personas están pagando el precio.
Washington había sido durante décadas el mayor donante internacional. En 2024, antes de que Trump regresara a la presidencia, dedicó 68.000 millones de dólares a la ayuda exterior en 215 países, una cifra sin parangón que, sin embargo, representa menos del 0.1% de su PIB. Solo en emergencias, cubrió el 38% de las aportaciones mundiales en ese ámbito, según datos de Naciones Unidas. Pero entonces llegó el ‘América, primero’ para sacar el hacha, describiendo esas políticas destinadas a promover la estabilidad y el desarrollo como un “despilfarro” que solo crea “dependencia”.
Trump cerró oficialmente en julio USAID, la Agencia de EEUU para el Desarrollo Internacional, que empleaba a 14.000 trabajadores y trabajaba con centenares de oenegés alrededor del mundo. El 86% de los programas que gestionaba — más de 5.300— fueron cancelados, según la propia Administración, que solo ha mantenido unos centenares “indispensables para salvar vidas”.
La gestión de la ayuda exterior se transfirió al Departamento de Estado. Y de trabajar con oenegés y agencias especializadas, los fondos han pasado a transferirse directamente a los gobiernos, muchos de ellos con un largo historial de corrupción e ineficiencia. De los 68.000 millones invertidos en 2024, se ha pasado este año a menos de la mitad, 32.000, según datos oficiales. Y la previsión es que siga reduciéndose: la partida contemplada para Asistencia Internacional Humanitaria en los presupuestos de 2026 contempla una reducción del 70% respecto a la dotación de 2024.
La Unión Europea es uno de los mayores donantes en cooperación al desarrollo, pero sus prioridades han cambiado. Con una partida contemplada en el presupuesto presupuestario de apenas 200.000 millones de euros --en el mejor de los casos-- para los próximos siete años, el bloque está lejos de poder llenar el vacío que llena Washington.
“La UE no puede comprometerse a esa escala, o podría, pero políticamente no va a pasar”, reconoció en declaraciones a EL PERIÓDICO el presidente de la comisión de desarrollo de la Eurocámara, Barry Andrews. El Servicio de Acción Exterior de la UE hizo un análisis sobre el impacto de los recortes y dónde podía intervenir el bloque. En la práctica, Bruselas centra sus esfuerzos en aquellos países donde siente que sus intereses están también en juego, como Ucrania.
En un mundo en el que se multiplican las crisis, cada vez más dinero acaba destinado a hacer frente a las emergencias humanitarias, “y menos al Sur global”, reconoció la también eurodiputada y exministra sueca de cooperación, Isabella Lövin. Para Lövin, los recortes, más que una cuestión puntual, son una tendencia global. La falta de financiación, añadió, “es muy preocupante”.
En Alemania, los recortes en cooperación internacional no alcanzan los niveles de cataclismo estadounidenses, pero se inscriben en una dinámica descendente continuada que aqueja sobre todo a la Sociedad para Cooperación Internacional (GIZ, por sus siglas en alemán). Es decir, el organismo equivalente a la USAID en Estados Unidos.
La propia organización estima que deberá reducir en un 10% su personal, actualmente unos 25.600 empleados, a los que se suman los 16.000 colaboradores locales en los países donde opera. Su principal empleador es el Ministerio de Cooperación y Ayuda al Desarrollo, cuya partida para 2025 se sitúa en los 10.300 millones de euros, cerca del 1,9% del total de los presupuestos del Estado y aproximadamente 1.000 millones menos que el año anterior. En apenas cuatro años, la dotación de este Ministerio se ha reducido en casi un 25%.
Los recortes se deben, en parte, a la reorientación de recursos en dirección a Defensa, cuya partida supone aproximadamente un 16% de los presupuestos y que, además, ha quedado liberada de las restricciones impuestas por el freno a la deuda.
El radio de acción del GIZ se extiende por 120 países y en ámbitos muy diversificados, desde la lucha contra la pobreza y el cambio climático a la sanidad o el fortalecimiento de estructuras de Estado. Pero su implementación está muy sujeta a los intereses geopolíticos de Alemania. Hoy por hoy, los grandes destinatarios de sus aportaciones son Ucrania y Siria.
“Nunca la cooperación internacional había estado bajo tan fuerte presión”, afirmó la socialdemócrata Reem Alabali-Radovan, al asumir su puesto de ministra de Cooperación y Ayuda al Desarrollo, el pasado mayo, con la formación del gobierno de Friedrich Merz. Agradeció entonces a su predecesora, su correligionaria Svenja Schulze, que en la negociación del pacto de coalición se hubiera logrado salvar ese departamento. Hasta entonces, desde el bloque conservador de Merz se había pedido sin reparos su disolución.
Aunque Francia no ha tomado la misma postura que Estados Unidos respecto a la cooperación internacional, con su hostilidad hacia la ONU y el multilateralismo, el país galo sí que ha reducido sus aportaciones. En 2024 y 2025 redujo su esfuerzo en la Ayuda Oficial al Desarollo (AOD) que pasó de representar el 0,55% del PIB en 2022, a rozar el 0,48% en los últimos años, alejándose del objetivo internacional del 0,7%. Una meta que quedó aplazada para 2030.
Estos recortes presupuestarios se vinculan principalmente a la preocupante situación económica de Francia; una deuda disparada y una inflación difícil de controlar en la actualidad. Por ello, Francia ha reducido considerablemente las subvenciones y fondos canalizados a oenegés, como Oxfam France, quien denunció una “brecha creciente” entre el discurso diplomático y la financiación real que reciben. Un cambio influido también por el nuevo escenario bélico europeo con la guerra de Ucrania, que ha absorbido una buena parte del presupuesto de la ayuda internacional.
A esto se suma el cambio de prioridades de los países de la OTAN, quienes sobre la mesa afrontan la preocupación de la seguridad del viejo continente y el compromiso de destinar al menos el 3,5% de su PIB al gasto militar. Según los expertos, los países ricos vinculan cada vez más su ayuda a la defensa de sus intereses, algo que también corroboró el Palacio del Elíseo el pasado abril: “Nuestras asociaciones internacionales nos permiten desarrollar y asegurar nuestros intereses económicos y estratégicos en el extranjero”.
El antiguo marco de solidaridad internacional, tal y como lo conocíamos hasta ahora, se está desmoronando a la vez que se crea un nuevo orden mundial, tal y como declara la investigadora de estudios británicos ODI para Le Monde: “El sistema de ayuda fue diseñado para un orden mundial que ya no existe”.
En Italia, la Agencia Italiana para la Cooperación al Desarrollo (AICS) se enfrentará a una reducción significativa de su financiación en el año 2026, con un recorte previsto de entre el 9,5 % y el 10% respecto a los aproximadamente 630 millones de euros actuales, y nuevas reducciones en los años siguientes, según ONG italianas que han analizado la última ley de presupuestos italiana y presentado sus conclusiones en una reciente audiencia en el Parlamento italiano. Como consecuencia de la reducción de fondos, según las propias oenegés, habrá una nueva caída en las ofertas de empleo en este sector, ya afectado por un descenso previo del 15 % entre 2024 y 2025.
Además, los recortes también amenazarían áreas como salud, educación y desarrollo, especialmente en países particularmente vulnerables. Esto incluso corre el riesgo de poner en entredicho el plan Mattei, promovido por la mandataria italiana Giorgia Meloni, y basado en ofrecer ayuda al desarrollo a países africanos. De hecho, la partida destinada a cooperación en el presupuesto de Exteriores de 1.200 millones de euros a poco más de 1.000 millones en 2025. Las oenegés denuncian que los recortes se están aplicando al mismo tiempo que aumentan los gastos en defensa.
El Reino Unido anunció un importante recorte en la ayuda exterior para financiar los nuevos objetivos de gasto en Defensa. A partir de 2027 el presupuesto anual destinado a esta partida pasará del 0,5% del PIB al 0,3%, el equivalente a cerca de 6.100 millones de libras esterlinas (unos 7.000 millones de euros). El primer ministro, Keir Starmer, reconoció entonces que la reducción de los fondos era significativa pero aseguró que el Reino Unido seguiría ejerciendo un papel clave en el suministro de ayuda humanitaria en zonas de conflicto como Ucrania, Gaza o Sudán.
La decisión supuso la dimisión de la secretaria de Estado de Desarrollo Internacional, Anneliese Dodds, quien afirmó que será imposible mantener las ayudas y alertó del riesgo de que otras potencias como China o Rusia acaben ocupando el vacío dejado por EEUU y por los países europeos. Una advertencia a la que se ha sumado el Partido Liberal Demócrata y otros altos cargos institucionales, quienes señalan que los recortes acelerarán los procesos migratorios y tendrán un impacto en el número de solicitudes de asilo en Europa.
El recorte anunciado por Starmer supone un paso más en los tijeretazos a la ayuda exterior. El anterior Gobierno conservador ya redujo este presupuesto del 0,7% del PIB al 0,5% en 2021, algo que provocó la ira de los diputados laboristas. En esta ocasión, sin embargo, gran parte de la bancada del partido del primer ministro se mantuvo en silencio, consciente de que este gasto no es prioritario para la mayoría de los electores: Según una encuesta publicada por el centro demoscópico YouGov poco después del anuncio, un 65% de los británicos se muestran a favor de los recortes en esta partida, frente a un 20% que se posicionan en contra.
Starmer se ha comprometido a volver a destinar el 0,7% del PIB a la ayuda exterior “en cuanto las circunstancias fiscales lo permitan”, pero ya ha asumido que no logrará este objetivo antes de que termine la legislatura en 2029.
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