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La "cuesta de enero" de los más pequeños

Tras la emoción de los regalos y las vacaciones, muchos niños viven días de irritabilidad, tristeza y rabietas; entender qué les pasa y recuperar poco a poco las rutinas ayuda a suavizar la "resaca" navideña

Un niño apático y pensativo. | |  FREEPIK

Un niño apático y pensativo. | | FREEPIK

Oviedo

Cuando se apagan las luces de Navidad y los juguetes aún invaden el salón, muchas familias se encuentran cada año con una escena inesperada: niños irritables, llorones, con rabietas "por nada" o, al contrario, apáticos y sin ganas de jugar con todo aquello que habían pedido con tanta ilusión. A esa especie de bajón tras las fiestas algunos expertos ya la llaman la "cuesta de enero emocional" infantil. No es un simple capricho: tiene explicación.

Durante semanas, los menores viven en una montaña rusa de anticipación: cartas a Papá Noel y a los Reyes, luces, planes especiales, visitas, vacaciones, horarios más laxos...y, tras el 7 de enero, se juntan de golpe tres grandes factores: fin de la anticipación, sobreestimulación a nivel psicológico y ruptura brusca de rutinas.

A esa mezcla se suma lo que algunos psicólogos describen como una auténtica "resaca emocional": demasiados estímulos en muy poco tiempo –ruido, pantallas, regalos, cambios de casa, comidas copiosas– en un cerebro todavía inmaduro para gestionar tanto. Por ello, al terminar las vacaciones, no es raro ver irritabilidad, rabietas, nerviosismo e incluso apatía en algunos niños y niñas, precisamente por cerrar un periodo tan intenso de sentimientos y cambios de rutina.

También influye el modo en que se viven los propios regalos. Si en pocas horas se abre una montaña de paquetes, se cambia de un juguete a otro a toda velocidad y se alarga el juego sin pausas, la excitación se dispara… y luego cae igual de rápido. Los menores pueden pasar del éxtasis al enfado en cuestión de minutos: nada les llena, todo les frustra. Detrás no hay mala educación repentina, sino un sistema nervioso saturado.

Por otro lado, las rutinas se han descolocado: se duerme más tarde, se come diferente –más azúcar, más fuera de casa, ...–, hay menos actividad física estructurada y más horas de pantalla. Cuando llega enero, toca volver a madrugar, al cole, a las actividades… y el contraste se vive como un pequeño duelo. A esto se suma, en los más mayores, cierta tristeza porque "se acabó lo bueno" y ya no hay luces ni regalos a la vista.

Síntomas

¿Cómo saber si estamos ante este bajón normal de posfiestas y no ante algo más serio? En general, hablamos de una "depre" navideña cuando:

–Las rabietas o el mal humor aparecen sobre todo los días posteriores a Reyes.

–El sueño y el apetito están algo alterados, pero se van regulando.

–El niño sigue jugando, riendo y disfrutando a ratos, aunque esté más sensible o protestón.

–Si el estado de ánimo triste, el aislamiento o los cambios de comportamiento se mantienen durante semanas, o si hay señales de ansiedad muy intensa, entonces sí conviene consultarlo con un profesional de salud mental infantil.

Mientras tanto, las familias pueden hacer mucho para acompañar esa cuesta emocional de enero. Los especialistas recomiendan retomar los horarios de sueño y comidas de forma gradual, no de un día para otro; introducir de nuevo momentos diarios de calma sin pantallas –lectura, dibujo, juegos tranquilos–; y acotar tiempos de juego con los regalos, avisando antes de que termine la actividad para que el cambio no sea tan brusco.

Es clave también validar lo que sienten, en lugar de minimizarlo ("pero si tienes de todo, no te quejes"). Ayuda mucho poner palabras: "Estás enfadado porque se acabaron las fiestas", "Te da pena que ya no haya más regalos", ..., pues nombrar la emoción la hace más manejable y enseña a los niños que estar tristes o irritados a veces es normal.

Otra buena idea es reservar pequeños planes ilusionantes para enero: una excursión el fin de semana, una tarde especial de juegos de mesa, cocinar juntos… No se trata de seguir regalando cosas, sino de trasladar parte de la magia navideña al tiempo compartido en el día a día. Así, el mensaje ya no es "se ha acabado lo divertido", sino "las cosas bonitas también pasan en los meses normales".

La "depre" infantil tras las fiestas, en la mayoría de los casos, no es una enfermedad, sino un recordatorio de que los niños también sienten la resaca de los excesos: de luces, de estímulos, de regalos y de cambios. Convertir enero en un mes de ritmos más humanos, escucha y presencia adulta es la mejor forma de ayudarles a bajar de la montaña rusa navideña sin caerse.

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