Muchos regalos, poca ilusión
La neuropsicología advierte de que la avalancha de juguetes en Navidad y Reyes puede generar el "síndrome del niño hiperregalado", con menos tolerancia a la frustración y más dependencia del consumo

Un niño con muchos regalos. | | FREEPIK
E. C.
La mañana de Reyes es, en muchos hogares, sinónimo de carreras al salón y montañas de paquetes a los pies del árbol. Los niños rompen papeles a toda velocidad, los juguetes se amontonan y, casi sin darnos cuenta, la sorpresa inicial se diluye. Lo que se vive como una demostración de amor puede tener un reverso menos amable: el llamado "síndrome del niño hiperregalado", del que alertan cada vez más especialistas en neuropsicología.
El problema no es el regalo en sí, sino el exceso y la inmediatez. Cada vez que un niño abre un paquete se activa su sistema de recompensa: el cerebro libera dopamina, el neurotransmisor ligado al deseo y la motivación. Ese "subidón" da placer y fija la experiencia como valiosa. Pero, cuando los picos se repiten una y otra vez en poco tiempo, el sistema se satura: el cerebro se acostumbra y responde menos. Lo que antes ilusionaba deja de hacerlo y el niño necesita cada vez más estímulos para sentir lo mismo. Es lo que algunos expertos llaman "anestesia del deseo".
Las consecuencias no son solo emocionales, pues esta sobreestimulación afecta también al desarrollo de funciones clave como la autorregulación, la perseverancia y la capacidad de esperar. Si el mensaje repetido es "quiero, luego tengo", el menor apenas entrena la demora de la gratificación, algo esencial para estudiar, esforzarse o aceptar límites en la vida diaria. A ello se suma un efecto social: menor empatía hacia quienes tienen menos y una visión del bienestar centrada en "tener" más que en relacionarse.
Por ello, los especialistas describen cinco señales que ayudan a detectar este síndrome: pérdida rápida de interés por juguetes nuevos; baja tolerancia a la frustración; necesidad constante de novedad; confusión entre deseo y derecho ("lo pido, luego me lo merezco") y objetos que pierden valor emocional y se vuelven intercambiables. No se trata de niños "caprichosos", sino de un modelo educativo que, sin quererlo, altera su arquitectura emocional y cognitiva.
La solución no pasa por prohibir regalos, sino por recuperar una cultura del regalo consciente: menos cantidad y más significado, más anticipación, implicar a los pequeños en pedir, esperar y cuidar lo que reciben. Los expertos recomiendan que cada regalo tenga sentido, utilidad y proporción, y recuerdan que el mejor obsequio sigue siendo el tiempo de calidad compartido: experiencias en familia, juegos cooperativos, actividades creativas y gestos solidarios que enseñen a valorar lo que se tiene.
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