José Antonio Bande | Párroco de Lugo, Pruvia y Villapérez, futuro rector del Seminario Metropolitano de Oviedo

"De lo que más orgulloso me siento es de haber hecho camino junto a los fieles"

"La Iglesia no puede cavar trincheras ni levantar búnkeres, es tiempo para la audacia y para la creatividad; la imposición nunca ha ido conmigo"

José Antonio Bande, ante las puertas abiertas de la iglesia de Lugo de Llanera

José Antonio Bande, ante las puertas abiertas de la iglesia de Lugo de Llanera / Luján Palacios

Valdesano de nacimiento, el sacerdote José Antonio Bande hace un símil con su tierra marinera natal para describir lo que es para él el ejercicio del ministerio. "No soy de anclarme al puente mando, sino de engrasarme las manos en la sala de máquinas", asegura. Y quizás por eso estos días anda dividido entre la pena de dejar las parroquias de Lugo, Pruvia y Villapérez, en las que "tan feliz me encuentro", y la "gran ilusión" con la que afronta su nuevo destino: el rectorado del Seminario Metropolitano de Oviedo. Eso sí, promete seguir en contacto con sus fieles, y afirma sentir una gran tranquilidad al dejar al frente de sus parroquianos a Sotero Alperi, quien lleva ya varios años colaborando con él.

–¿Cómo recuerda su llegada a Llanera en 2018?

–Con gran ilusión. Yo venía de un periodo académico e intelectual, con tres años en los que estuve absorto preparando la tesis doctoral en Salamanca. Y yo que me siento párroco de pueblo, sentía que me faltaba esa vertiente. Llegar a estas parroquias supuso para mí como un volver a un primer amor, venía exultante. Y venía para trabaja solidariamente en la tarea pastoral con José Julio Velasco, al que conocía del Seminario y para mí era una gran seguridad. Lo tenía todo a favor, y también tenía conocimiento de lo que era Llanera; mi madre reside en Lugones. Fue un auténtico regalo llegar aquí, me hizo mucha ilusión y llegué con ganas de hacer cosas y bregar.

–¿Qué sensación le dieron las parroquias cuando se hizo cargo de ellas?

–Mi antecesor, don Ignacio Gallo, ya fallecido, logró dejar algo muy importante: un equipo fantástico de colaboradores. Y tengo claro que las parroquias no se pueden edificar sobre la persona del sacerdote, porque nosotros somos un compañero de camino, alguien que anima la vida parroquial. Y es necesario un equipo de colaboradores que te corrija cuando es necesario, que te dé a entender la riqueza de trabajar en equipo. Y eso me encontré al llegar aquí, un grupo que fue creciendo con una disposición y un sentido eclesial enorme. Y todos los que estaban entonces, siguen estando ahora.

–De todas las cosas que ha hecho hasta ahora en las parroquias llanerenses, ¿de cuáles se siente más orgulloso?

–Desde el punto de vista material, de la restauración de la patrona de Lugo y del Cristo del Pondal. Y también de las obras en los tres cementerios: nuestros antecesores necesitan de una memoria agradecida y de un lugar digno de reposo. Pero destacaría más el aspecto humano, y de lo que más orgulloso me siento es de haber valorado y apreciado el paisaje y el paisanaje, lograr el trato humano y cordial. Hacer de la vida de la parroquia algo que sea significativo en el tejido social, poder sentirme compañero con mi gente y estar disponible para hacer camino juntos.

–¿Qué le hubiera gustado haber dejado hecho?

–Me hubiera gustado dejar funcionando el consejo pastoral. En la época que vivimos la iglesia tiene que trabajar sinodalmente y en comunión, en equipo. Y para tener unas directrices, para ser capaces de abrir caminos, es importante contar con un equipo de colaboradores en un consejo pastoral que al asumir cargo en varias parroquias pueda dinamizar y coordinar. Está pergeñado, constituido, pero aún no tiene rodaje. Llevo aquí apenas seis años y no ha dado tiempo a más, hasta ahí pude llegar. Lo bueno es que el padre Sotero Alperi conoce de este trabajo, y seguirá ahondando en él.

–¿Quedan las parroquias en buenas manos?

–Muy buenas. Es un hombre de gran corazón, de sentido pastoral y cordial. La cordialidad en un sacerdote es fundamental, y él tiene esta virtud.

–¿Con qué disposición afronta el reto del Seminario? ¿Tiene ya alguna idea para desarrollar?

–Apuesto por la corresponsabilidad en una causa común, no podemos hacer un camino en solitario y todos tenemos que aportar nuestra responsabilidad. A ello sumo la honestidad, porque en una sociedad como la nuestra, de tanto postureo y tanta componenda, hace falta ser honesto como servicio al mundo y a la sociedad. En línea con el Papa Francisco creo que necesitamos un Seminario en salida, es decir, un Seminario capaz de acoger. La iglesia no puede cavar trincheras ni montar búnkeres, es momento para la audacia. También para la prudencia, pero sobre todo para la creatividad. Porque cuando tienes algo que proponer y algo que merece la pena, es un cometido en el que hay que invertir tiempo y energías. La imposición nunca ha ido conmigo, siempre se me convención mejor por la propuesta y el pacto, y con ello espero poder hacer camino en la Iglesia en su aportación humanista. La fidelidad y la coherencia son claves también.

–¿En qué punto se encuentran las vocaciones en Asturias?

–Hay un cierto despertar vocacional. No podemos hablar estadísticamente de un resurgir, pero sí que hay unas vocaciones, sobre todo las retardadas, que tienen una trayectoria y son hasta cierto punto consolidadas. Gran parte de los chavales y no tan chavales que llegan al Seminario son personas que buscan honestamente, y que cuando llevan a cabo el discernimiento vocacional, tienen un planteamiento honesto, con una generosidad como punto de partida que es digna de apreciar y de acompañar. Y quiero hacerlo con calidad y calidez, creo que esa es la tarea de un rector. Ser compañero de camino, como pastor que huela a oveja. Además el Seminario no es para mí desconocido, llevo más de 20 años impartiendo docencia en él, y puedo decir que tanto la comunidad formativa como el personal de servicios y administración son un material humano muy valioso.

–Tiene buena mano con la gente joven…

–Si de algo estoy convencido es de que los jóvenes son el futuro, y tenemos a los mejor preparados de la historia de la humanidad. Hay muchos jóvenes sanos e inquietos, lo que pasa es que sucede como con los aviones: sólo se habla de los que se caen. Pero hay muchísimos con valores y una formación exquisita, aunque a veces quizás confusa. Y ante tantos reclamos, necesita apostar por lo esencial, y tenemos que darles tiempo para la maduración, y ser capaces de acompasarnos a su ritmo. Ellos tienen sus ámbitos, sus espacios, y hay que ser capaces de sintonizar con ellos y sus inquietudes para llegar a ellos. En estas parroquias el mérito en este ámbito es del grupo de colaboradores, y yo puedo decir que he visto mucho y bueno entre los jóvenes. No les tengo miedo.

–Lo que tiene es pena por irse, como ya ha confesado.

–Tengo pena, efectivamente, porque somos humanos y nos puede el corazón. Han sido menos de seis años, y en Pruvia meses, pero ha habido un "feeling" mutuo que hace que ahora me apene. Pero para ser justo he decir que no es bueno vivir de rentas ni apoltronarse y quedarse instalado en la zona de confort. Desde que el Arzobispo me encomendó esta tarea, todos los días me acuerdo de la oración de Isaías que dice: "Mis planes no son vuestros planes, ni mis caminos son vuestros caminos". Así que pena sí, pero me puede la ilusión. Y si hay algún don que Dios me ha dado, es el de no ser descastado. No voy a hacer sombra a nadie, sería un flaco favor al párroco, pero seguiré relacionándome con las parroquias humanamente, con la naturalidad de las puertas abiertas. Cuando uno se siente en casa, es fácil. Y si a algo doy valor es a la fidelidad.

–¿Qué les transmitirá a sus fieles en estas últimas semanas en Llanera?

–Mi agradecimiento a estas gentes que tanto me han dado, que me han hecho sentir sacerdote de pies a cabeza, y pedir que recen por mí y por las vocaciones. Con eso es suficiente.