Los primeros residentes en el "cohousing" de Llanera, que ya tiene 43 habitantes, cuentan su experiencia: "Hemos creado un pueblo"
El proyecto, impulsado por Mariasun Rodríguez y Nieves Fernández, busca recuperar valores de solidaridad y colaboración a través de un modelo de convivencia alternativo

L.P.

Mariasun Rodríguez Lasa y su amiga Nieves Fernández tienen un sueño desde que eran niñas: “axuntase” para vivir en comunidad, crear un espacio de convivencia en el que grandes y pequeños compartan todo, aunque todos puedan mantener su independencia. Una especie de Arcadia feliz en la que recuperar los valores de la solidaridad y la colaboración, contaminando menos y creando más, viviendo en definitiva de una forma mucho más natural, como en los pueblos de toda la vida. Hoy, casi 50 años después de aquella idea, pueden decir que lo han conseguido.
La primera cooperativa de cohousing intergeneracional de España ya ha empezado a recibir a sus primeros habitantes en los altos de Caraviés, balcón privilegiado de Llanera, y sólo quedan tres viviendas disponibles en el complejo. Con un requisito: deben ser para familias con dos o más hijos, porque el sueño de Mariasun y Nieves se asienta en el futuro: “queremos que haya relevo generacional”.

El espacio de coworking del complejo / Luján Palacios
Volviendo al principio, el camino iniciado por las dos amigas ha sido el de casi una vida entera. Con esta idea en la cabeza desde jovencitas, fue hace doce años cuando se mantuvieron las primeras reuniones para crear la cooperativa “Axuntase”, los primeros mimbres y los primeros avatares para hacer su sueño realidad. “No ha sido fácil”, reconoce Mariasun sin dudarlo. Porque han sido muchos trámites, muchas normas, mucha burocracia y muchas luchas para sacar el proyecto y la financiación adelante. Hoy ya hay más de 40 personas instaladas en Caraviés, algunos de ellos teletrabajando desde sus espacios colaborativos, con un buen puñado de niños que dan vida a un espacio en el que el más joven tiene 3 años y el mayor, 80.
“Hemos creado un pueblo”, resume Rodríguez Lasa. Y no es para menos: cuentan con 36 viviendas de entre 52 y 75 metros cuadrados, de dos y tres habitaciones, cerca de 1.000 metros cuadrados de espacios comunes, una amplia parcela exterior que incluye 3.000 metros destinados a huertos ecológicos, zona de jardines y un aparcamiento propio.
Actualmente residen en el recinto unas 43 personas, aunque la comunidad alcanza ya los 54 miembros entre adultos y menores, y para las impulsoras, lo es todo. “Hemos conseguido algo que era un sueño: que haya gente de todas las edades, porque así es más rica la convivencia”, destaca Mariasun Rodríguez Lasa. En el proyecto conviven además personas de siete nacionalidades (entre ellas Polonia, Brasil, Estados Unidos o Francia), además de vecinos llegados de distintos puntos de España atraídos por un modo de vida diferente.
Espacios compartidos
El cohousing se articula en torno a una intensa vida comunitaria. De lunes a viernes han querido compartir almuerzo en un comedor común pensado precisamente para fomentar la convivencia. “La idea es tener espacios que inviten a hacer comunidad y también a consumir menos”, explica la promotora, pendiente de que se acabe de rematar la cocina comunitaria que podrá ser utilizada, por ejemplo por quienes quieran hacer una fiesta y no deseen usar la cocina de su propia casa.
El complejo incluye además una zona de “chigre”, dos lavanderías compartidas, sala de yoga, espacios polivalentes, un coworking desde la que ya trabajan una decena de residentes y una sala de teatro equipada incluso con puesto de control técnico. Todos los espacios se abren a un atrio común lleno de vegetación que, además de servir de espacio de encuentro, provee de luz y calor a las estancias: el edificio es bioclimático, levantado con materiales naturales y pensado para gastar el mínimo de energía. De hecho se han constituido como comunidad energética independiente con paneles solares que ya les permiten generar el 40 por ciento de la energía que consumen. La idea es llegar al 90 por ciento y ser casi autosuficientes, con el deseo de que el Ayuntamiento de Llanera se sume a dicha comunidad para dar un empujón a la generación de electricidad.

Por la izquierda, Maggie Bullock, Nieves Fernández, Mariasun Rodríguez, Sergio Sánchez, Rober Martín, Carlos Martín, David Acera, José Lasa, Duly García, Joan Rovira, José Ramón Quintero y Feli Martín, en el comedor común del complejo con vistas al atrio / Luján Palacios
También dispone de siete baños en zonas comunes, cuatro habitaciones de invitados con baño para visitas a los residentes y un cuarto de herramientas de uso compartido, como todo en “Axuntase”. Además, la organización interna se apoya en una aplicación móvil propia que facilita el intercambio de servicios entre vecinos: desde reparar una bicicleta hasta dar clases de inglés, coser, compartir sidra o impartir talleres de música. “Cada uno ofrece lo que sabe hacer o el tiempo que tiene, y recibe lo que necesita”, explican.
Desde la zona común se accede a la parte privada de las viviendas, articuladas en corredores y en dos alturas, en las que ya lucen tiestos con plantas, ropa tendida y mesas en las terrazas particulares. Nieves Fernández muestra la suya, de 52 metros cuadrados, encantada con la elección: tiene baño, cocina comedor, una habitación amplia, un estudio para trabajar y una terraza “desde la que ves hasta los Picos de Europa”.
Modelo alternativo
El proyecto ha supuesto una inversión de ocho millones de euros, financiados a través de banca ética. Cada cooperativista aporta un capital social mínimo inicial de 10.000 euros y accede a una vivienda cuyo coste ronda los 172.000 euros, avalado colectivamente por la cooperativa.
El modelo se traduce en una cuota mensual que no alcanza los 800 euros en concepto de hipoteca y que incluye no solo la vivienda, sino también suministros como agua, internet, limpieza e incluso las comidas comunitarias en un futuro. “Sale como un alquiler, pero con muchos más servicios y con una filosofía completamente distinta”, señala el narrador y cuentacuentos profesional David Acera, hijo de Mariasun y uno de los recién llegados. “Yo vivía en un piso en Oviedo y de mano no lo veía. Pero luego, una vez aquí, me dije, venga, es un sitio bárbaro. Y aquí estoy, feliz”, apunta.
De tal manera que “esto es una solución de vivienda, y es también una forma de vida y una respuesta a necesidades sociales actuales”, subraya Rodríguez Lasa.
Solidaridad
Uno de los pilares del proyecto es el apoyo mutuo. La comunidad ha creado un fondo de solidaridad para ayudar a familias que puedan llegar a vivir una situación de desempleo o ante situaciones de dependencia sobrevenida. Para reforzarlo, prevén organizar eventos y alquilar algunos de los espacios comunes.

Nieves Fernández, en su casa / Luján Palacios
También han puesto en marcha una “tienda gratis”, donde los vecinos pueden dejar objetos que ya no necesitan, fomentando así la reutilización. Muchos de los muebles de las habitaciones de invitados, de hecho, son reciclados. Y de cara al futuro, quieren crear una escuela de cohousing que aspira a ser pionera en Europa y servir de referencia para otras iniciativas similares.
Todo está pensado al milímetro, nada se deja al azar. Y con ello han conseguido que se sumen al proyecto perfiles muy diversos. Como el del sevillano José Ramón Quintero, que una vez jubilado hizo las maletas y se vino al norte “huyendo de la caló” y en busca de un modo de vida que satisface todas sus necesidades, porque “soy solitario pero también me gusta la comunidad, y aquí tengo las dos cosas”. O el madrileño Robe Martín, divorciado, que ha encontrado en Caraviés un espacio para vivir con su hija Maya en un entorno que le facilita el cuidado. “Ella está encantada, cuando vino a verlo el primer día ya se quería quedar”, señala.
Otros como la norteamericana Maggie Bullock Oliveira, que “conocía el tema del cohousing pero en Escandinavia”, y que llegó a Llanera con dos hijas pequeñas con la idea de hacerse una casa en el concejo. De hecho, llegó a comprar la finca, pero “tuvimos problemas con las licencias y los permisos, todo se retrasó mucho. Conocimos esto y dijimos, adelante; estamos felices”, relata.
Entre todos ellos han comenzado a dar vida a un pequeño pueblo nuevo en el corazón de Llanera, un espacio donde todo el mundo es bienvenido y en el que se trata de dejar a un lado el individualismo. Porque, como sostiene Mariasun Rodríguez Lasa, “nos ha hecho mucho daño como sociedad, y aquí queremos recuperar esa otra forma de vivir”. Un espacio en el que confiar y ayudar, conocerse por el nombre, estar para quien lo necesite y, en definitiva, ser felices de nuevo.
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