Así es un día en el flamante cohousing de Llanera: "Hoy se puede vivir recuperando valores que existieron en otro momento"
Profesores, informáticos, psicólogos, agricultores, jubilados, teletrabajadores, una médica retirada, educadores sociales y hasta un bombero conviven en un espacio donde hay doce niños y la media de edad ronda los 46 años

Una noche reciente, a eso de las dos de la madrugada, Rober Martín se quedó sin batería en el coche al regresar al flamante cohousing de Caraviés (Llanera). Alertó de lo que le pasaba en el grupo de mensajería de la comunidad y, a los pocos minutos, otro residente acudió a ayudarle a empujar el vehículo. Él mismo lo cuenta casi de pasada, como una escena normal en «Axuntase», el proyecto cooperativo en el que ya viven 47 personas de entre 3 y 80 años de edad. Allí muchas cosas funcionan así: alguien necesita algo y no tarda en aparecer quien le eche una mano.
Esa sensación empieza a notarse ya al cruzar el patio interior del complejo. Hay bicicletas, niños entrando y saliendo, vecinos que atraviesan el atrio para ir al coworking o al chigre comunitario y conversaciones que saltan de grupo a grupo. Todo transmite vida en un lugar que se construye a sí mismo.
«Aquí los niños se crían como los de los años setenta y ochenta, entrando en una casa y en otra para merendar y estando a su bola», resume David Acera, otro de los vecinos, mientras señala a varios menores que pasan por las zonas comunes.
Antecedentes
Detrás de «Axuntase» hay una década larga de reuniones, trámites y financiación cooperativa. El proyecto nació a partir de una idea que Mariasun Rodríguez Lasa y Nieves Fernández arrastraban desde jóvenes: crear un espacio para vivir en comunidad sin renunciar a la independencia personal y recuperar formas de convivencia y solidaridad que sentían desaparecidas. Doce años después de las primeras citas para poner en marcha la cooperativa, el cohousing de Caraviés se ha convertido en la primera experiencia intergeneracional de este tipo en España.
Eso es probablemente lo primero que sorprende en Caraviés: el sentido de vida compartida. Porque el cohousing, más allá de la teoría sobre vivienda colaborativa, sostenibilidad o cesión de uso, acaba siendo sobre todo convivencia cotidiana. Gente que organiza junta las tareas, que comparte parte de su tiempo y que intenta recuperar formas de relación vecinal prácticamente desaparecidas.
En el complejo viven jubilados, teletrabajadores, profesores, informáticos, psicólogos, agricultores ecológicos, una médica retirada, educadores sociales y hasta un bombero. Hay doce niños y la media de edad ronda los 46 años. Los residentes llegaron desde ocho comunidades autónomas y doce provincias distintas, además de varios países extranjeros. En «Axuntase» conviven vecinos procedentes de Polonia, Brasil, Francia, Estados Unidos (EE UU), Argentina, Luxemburgo o Inglaterra. Muchos trabajan a distancia y encontraron en el cohousing una forma de instalarse en Asturias sin renunciar a sus empleos.
Plazas libres
La cooperativa mantiene todavía tres viviendas libres, pensadas para familias o unidades de convivencia amplias. Joan Rovira, integrante del grupo de acogida, reconoce que ahora mismo están priorizando perfiles concretos. «Nos interesa que venga gente joven y con hijos, porque queremos equilibrar edades», explica. «Hay muchas caras de gente mayor y pocas de niños y eso queremos corregirlo todavía a tiempo», añade.
«Axuntase» cuenta con 36 viviendas. Hay 28 de menor tamaño, pensadas para personas solas, parejas o familias pequeñas, y otras ocho destinadas a unidades más amplias, entre las que se encuentran las tres disponibles.
Rovira detalla que la entrada en la cooperativa no funciona como una compra convencional. Antes de incorporarse, quienes muestran interés participan en encuentros, visitas y actividades para comprobar si realmente encajan en la dinámica comunitaria del cohousing.
La intención no pasa por convertir «Axuntase» en una urbanización. «Una cosa enorme no sería gestionable», sostiene Rovira. Por eso, más que ampliar el complejo de Caraviés, la cooperativa quiere ayudar a impulsar nuevos grupos y experiencias similares. Hace unos días, de hecho, el cohousing acogió un encuentro de iniciativas asturianas interesadas en desarrollar proyectos parecidos. «La idea es dialogar y ayudar a gente que quiera aprender de nuestra experiencia», resumen los vecinos.
Trabajo
Esta iniciativa exige bastante más organización de lo que pudiera parecer. «Esto implica mucho trabajo en la comunidad», reconoce Lala Franco. Hay grupos encargados de economía, asuntos jurídicos, jardines, comunicación, mantenimiento o habitaciones de invitados. Los lunes por la noche se celebran reuniones colectivas para revisar problemas, tareas pendientes y decisiones comunes.
La vida aquí obliga constantemente a hablar, negociar y organizarse. «Es un poco más exigente que una comunidad normal», admite Acera.
Este cohousing transmite la sensación de ser un pequeño organismo vivo y en funcionamiento. Mientras unos organizan talleres de yoga, otros revisan cuentas del chigre o coordinan jardines. Hay vecinos que cosen cortinas para otros, residentes que cocinan de más y reparten comida o gente que ofrece actividades para el resto de la comunidad. También organizan cenas colectivas y encuentros improvisados en las zonas comunes que acaban convirtiendo el núcleo residencial en un espacio con movimiento casi constante.
Los talleres forman parte de la rutina diaria. Hay clases de ganchillo, ajedrez, meditación, acroyoga o actividad física organizadas por los propios vecinos en función de sus conocimientos y profesiones. También hay actividades infantiles y reuniones comunitarias donde participan menores y adultos. Todo eso se articula además mediante uno de los sistemas más curiosos del proyecto, el denominado «banco del tiempo». Y es que los favores y servicios no se pagan con dinero, sino con horas que cada vecino acumula o intercambia según la ayuda que presta a otros residentes. «Yo, por ejemplo, le hago unas croquetas a Cristina y ella me paga con dos horas», explica Miguel Benito. «Y esas dos horas quedan luego en mi saldo para apuntarme a clases de inglés, yoga o pintura», detalla.
Cortinas
El sistema funciona para casi todo. Una vecina le acaba de coser unas cortinas a otro residente, que le compensó con horas del banco de tiempo. Hay quien llevó en coche a una compañera que necesitaba desplazarse y el servicio quedó registrado igual que cualquier otro intercambio.
«Lo importante es entender que ese servicio que prestamos es valioso, porque es nuestro tiempo y una expresión de que queremos vivir cooperativamente», señala, Miguel Benito.
El sistema se gestiona mediante una aplicación informática interna donde quedan registrados los intercambios entre vecinos. Y en él cabe casi de todo. Desde clases y arreglos domésticos hasta pequeños desplazamientos, cocina o ayuda cotidiana entre residentes.
Ese mismo espíritu aparece en casi todos los rincones del complejo. En el chigre común las consumiciones se apuntan con pequeños palitos sobre una hoja. En el exterior, los vecinos siguen acondicionando jardines y zonas verdes. Uno de ellos, Ismael Sánchez, llegado desde Toledo después de años dedicado a la agricultura ecológica, prepara el huerto colectivo.
Chipre
Pero quizá uno de los espacios que mejor refleja la mezcla entre vida comunitaria y nueva realidad laboral sea el coworking. Desde una de las salas comunes del edificio se realiza la web del principal diario digital de Chipre y también trabajan Cristina López y Miguel Benito, que gestionan desde allí una agencia de viajes digital.
El cohousing mezcla así escenas que recuerdan a una pequeña aldea tradicional con una dinámica completamente contemporánea marcada por el teletrabajo y las profesiones digitales.
«No queremos hacer un pueblo como eran los pueblos de los años cincuenta», aclara José Antonio Lasa. «Lo que queremos es demostrar es que en el futuro se puede vivir recuperando valores que existieron en otro momento», explica.
Convivencia
La convivencia intergeneracional es seguramente la parte donde más se percibe ese planteamiento. Los niños participan prácticamente en toda la actividad comunitaria y a veces hasta moderan las asambleas. «No hay cosas para niños y cosas para mayores. Lo hacemos todo juntos», explica David Acera, que incide precisamente en ese carácter intergeneracional como una de las claves del proyecto de Llanera y lo que lo hace único en España.
Por cierto, en el flamante cohousing de Caraviés también hay una comisión de mediación preparada para intervenir en el caso de que surjan conflictos, algo que aún no ha sucedido pero que se da casi por hecho que pueda pasar en algún momento. Y es que los residentes saben y son muy conscientes de que la convivencia intensiva no funciona solo con altas dosis de idealismo. «Si aceptas vivir en comunidad, tienes que construir comunidad», resume José Antonio Lasa.
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