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La Semana Santa de Luarca se alza como evangelio tallado

Hay un instante —apenas perceptible— en el que la capital valdesana deja de ser villa marinera para convertirse en Jerusalén del Cantábrico

Entre los pliegues del tiempo y la bruma del mar Cantábrico, la Semana Santa de Luarca se alza como evangelio tallado, una plegaria que se escribe en el aire y en los corazones de quienes la viven y quienes con ellos conviven. En esta villa blanca de la costa occidental de Asturias, donde el agua besa las rocas y el viento entona salmos invisibles, la Pasión, Muerte y Resurrección de Cristo se hace presencia viva cada año en cada paso, cada incienso y cada silueta que recorre las calles en solemne recogimiento.

En lo alto de la villa, la Capilla de La Atalaya guarda con amor centenario la imagen del Buen Jesús Nazareno, centinela de devoción. La Real Hermandad del Buen Jesús Nazareno, fundada en 1695, es el alma viva de estas celebraciones, la que desde hace más de tres siglos convoca cada primavera a los fieles de Luarca —y de los pueblos vecinos— a reunir sus pasos en un solo espíritu de callada contemplación.

Desde el martes previo al Domingo de Ramos, cuando las sagradas imágenes descienden en procesión desde La Atalaya hasta la iglesia parroquial, el aire se impregna de silencios profundos y de latidos que se convierten en oración. Costaleros y costaleras, vestidos con túnicas que traen a la memoria los hábitos de los antiguos peregrinos, portan estas imágenes con la paz reverente de quien soporta con fortaleza un misterio divino entre los hombros.

Procesiones que son plegarias en las calles convierten esta semana en un amoroso gesto milenario que transforma la piedra en santuario, el sendero en vía dolorosa y el pueblo entero en un solo corazón. Así ocurre desde el Domingo de Ramos, con La Borriquilla, que inaugura el relato de la Pasión, hasta la noche del Miércoles Santo, en que desfila el Cristo del Perdón, o las del jueves, cuando el Nazareno asciende desde la parroquia hasta la capilla de La Atalaya en peculiar Gólgota, símbolo de la cruz que se erige y de la fe que no se rinde.

El Viernes Santo, bajo la tenue luz de la tarde y el recogimiento de los fieles, sale a la calle el Santo Entierro, cortejo fúnebre que acompaña al Cristo Yacente, testimonio mudo de una entrega que trasciende todo lenguaje humano.

Antes del alba, el Sábado Santo, la procesión de La Soledad muestra a María en su íntimo sufrimiento, madre de todas las madres, regazo de todos los hijos.

En Luarca no son solo procesiones: son encuentros con lo eterno. Cada marcha se siente como una llamada que atraviesa silencios, penetra el alma y recuerda que la vida, incluso en sus horas más oscuras, está tocada por la luz de la esperanza. La participación no es sólo devocional, es familiar, comunitaria: vecinos, jóvenes, mayores y visitantes se mezclan ante las imágenes como si todas las piedras de la villa se hubieran tallado con idéntica fe.

Y cuando el silencio se hace absoluto y sólo se percibe la respiración del pueblo, Luarca se convierte en una oración para los adentros en la que solo se escucha el roce de los pies y el leve crujir de la madera. Hay un instante —apenas perceptible— en el que Luarca deja de ser villa marinera para convertirse en Jerusalén del Cantábrico. Ocurre cuando el primer toque de campana rompe el murmullo del puerto, cuando las túnicas asoman por las calles empinadas y el incienso se mezcla con el salitre. Entonces, el tiempo se detiene.

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