José Manuel y Graciela, el matrimonio que pone flores a la procesión del Cristo del Perdón de Luarca: un mes de planificación, un árbol como pieza principal y más de tres horas de montaje
La elección de este año se centra en tonos malvas y granates, con claveles y flores silvestres, y busca generar sensaciones distintas en los fieles durante la procesión, dicen sus artífices

A.M. Serrano

La decoración floral del Cristo del Perdón, que procesionará este miércoles, a las 21.00 horas, empezó esta mañana. Desde hace más de quince años la realiza el matrimonio formado por José Manuel Luiña Pérez y Graciela Jaquete García, alma de Flores Soirana y responsables también de embellecer otros pasos de la Real Hermandad de Luarca como la Borriquilla, Las Angustias o la Urna Yacente.
Su historia con la Real Hermandad comenzó "casi por casualidad", cuenta Muiña, cuando en exhermano mayor, ya fallecido, Evaristo Guardado les propuso asumir un encargo que en aquel momento parecía tan ilusionante como complicado. No estaban acostumbrados a afrontar una estructura de tal envergadura y recuerdan aquellos primeros años "como un desafío constante". Cada decisión implicaba aprendizaje, desde la elección de las flores hasta la propia construcción visual del conjunto".
Dificultad también física por el tamaño de la talla
La dificultad no era solo estética, sino también física, porque "uno de los elementos más singulares del paso es un árbol que se eleva hasta la cruz". Su colocación exige "precisión y esfuerzo". Aquella primera experiencia, marcada por la incertidumbre, dio paso con los años a una "seguridad", dice el matrimonio, basada en la experiencia, aunque el respeto por el trabajo se mantiene intacto. "La estructura del paso apenas cambia, pero cada Semana Santa plantea un nuevo reto creativo, ya que son las flores las que marcan la diferencia y permiten renovar el conjunto sin alterar su esencia", detalla Luiña. El especialista en ornamentación floral añade que buscan "evitar la repetición" y que por eso cada año introducen variaciones en colores y especies, construyendo así un lenguaje visual "distinto que dialoga con la tradición sin romperla".

Detalle de la decoración floral del Cristo del Perdón de Luarca. / Ana M. Serrano
Este año, la elección se inclina "hacia los tonos malvas combinados con claveles granate, conocidos como sangre de toro, y la incorporación de flor silvestre que aporta un matiz más natural y cercano". No se trata solo de una cuestión estética, sino de generar "sensaciones distintas" en quien contempla el paso, aunque la simbología más profunda quede en manos de la hermandad. Lo que sí depende de ellos es el impacto visual inmediato, ese primer golpe de emoción que produce la combinación de colores, volúmenes y texturas. Sin embargo, ese resultado visible es solo la parte final de un proceso que comienza mucho antes de que las flores lleguen al templo.
Reservar antes de quedarse sin género
La planificación arranca "casi un mes antes", cuando es necesario reservar las flores en un periodo de alta demanda, condicionado además por otras celebraciones cercanas que también requieren producto floral como San José, informa Muiña. A partir de ahí, "se define la idea general, se seleccionan los colores y se preparan las bases con esponjas que permitirán mantener la frescura durante la procesión".

Graciela Jaquete con los claveles sangre de toro. / Ana M. Serrano
El montaje definitivo, sin embargo, se realiza siempre en la víspera de la procesión y en apenas "dos o tres horas y media" el paso queda completamente transformado, listo para salir a la calle. Es un trabajo rápido en apariencia, pero sostenido por días de preparación y años de experiencia.
Mucho más que un encargo
Para José Manuel y Graciela, esta tarea es mucho más que un encargo. Es una responsabilidad adquirida con la comunidad y con una tradición profundamente arraigada en Luarca.
Él lo resume con sencillez, casi restándole importancia, cuando asegura que le gusta mucho lo que hace pero en esa afirmación desvela una dedicación constante, una manera de entender el oficio y una implicación emocional que tiene resultado. Solo así se entiende por qué, cada año, el Cristo del Perdón vuelve a lucir distinto y, al mismo tiempo reconocible.
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