Devoción y silencio: Luarca vive con recogimiento el paso del Cristo del Perdón en su procesión
La Real Hermandad y los costaleros preparan con mimo el recorrido, que destaca por su riqueza ornamental y el respeto que suscita entre los asistentes

A.M.S.

A las ocho y media de la tarde del Miércoles Santo, Luarca empieza a latir de otra manera. No hay señal visible, pero se percibe en algunos rincones de la villa: el bullicio cotidiano se desvanece y una quietud solemne se adueña de las calles, al menos de las que están cerca de la iglesia Santa Eulalia de Luarca. Es la antesala de uno de los momentos más esperados de su Semana Santa: la tercera procesión, antesala de la subida del Nazareno a la capilla de La Atalaya.
Los costaleros se preparan con concentración en el templo, ajustando cada detalle antes de asumir el peso del paso. Los más jóvenes, guiados por la disciplina de la Real Hermandad, ocupan sus posiciones con una mezcla de nervios e ilusión. Todo responde a una organización pulcra, casi milimétrica, de la cofradía encargada de la organización.
En ese ambiente contenido se recibe al Cristo en la Cruz, la talla del Cristo del Perdón, que avanza "majestuosa", como este miércoles contó un luarqués, entre la devoción de los asistentes. La imagen destaca por su riqueza ornamental, con una profusión de adornos florales que la convierten en una de las más engalanadas de cuantas procesionan en Luarca.
El himno de España suena a su paso aunque no rompe la atmósfera. "Se escucha con respeto", dicen los fieles. Y tienen razón: sin aplausos ni voces, como si la propia villa entendiera que ese instante pertenece más al recogimiento que a la celebración. Es un silencio lleno, en el que se entrelazan fe, tradición y memoria.
Fidelidad que no se negocia
Esa devoción se explica en las palabras de quienes, año tras año, no faltan a la cita. Para muchos, como Consuelo Rodríguez, la atracción es clara y constante: le "encanta" acudir a todas las procesiones, reconoce su profunda devoción y subraya el valor de los adornos florales que envuelven la imagen. Esa misma fidelidad se repite en Emilia Menéndez, que asegura asistir a todas las que puede y que la Semana Santa es una fecha marcada en su calendario, "una tradición que nunca falla".
También hay quienes viven la procesión como una mezcla de fe y emoción personal. María Jesús García explica que la devoción "crece en momentos difíciles, que se acude para pedir", pero también para contemplar la belleza de una celebración que define como especialmente "vistosa", sobre todo en los días grandes.
"De toda la vida"
Desde los puestos solidarios, la visión es la de una tradición profundamente arraigada. María Luisa Álvarez destaca que la Semana Santa en Luarca se vive como algo "de toda la vida" y que comienza desde edades muy tempranas, con niños cada vez más implicados. Una continuidad generacional que garantiza que la esencia no se pierda.
Otros testimonios recuerdan la evolución de la propia procesión. Enriqueta Gagol evoca cómo el Cristo del Perdón pasó de estar adornado "únicamente con claveles a incorporar velas" y, con el tiempo, a la riqueza ornamental actual. Una transformación que no ha restado autenticidad, sino que ha reforzado su atractivo.
La conducción de la talla
Detrás de la imagen, el esfuerzo de los costaleros sostiene el peso físico y simbólico del momento. Francisco Losada, que lleva varios años participando, describe la tarea como "manejable" en lo técnico, pero reconoce la "intensa emoción que se siente" durante el recorrido, una experiencia que espera prolongar mientras le sea posible.
La música de la banda La Lira acompaña cada paso, marcando el ritmo de una procesión que trasciende lo religioso. Laura Riesgo, vinculada a la banda desde hace dos décadas, resume el sentir general al señalar que, independientemente del grado de fe de cada uno, la Semana Santa es, sencillamente, "especial".
A lo largo del recorrido, las escenas se repiten sin necesidad de palabras: manos que se juntan, miradas que se elevan hacia la imagen, personas que observan en silencio mientras formulan sus propias peticiones. Porque en Luarca, cuando el Cristo del Perdón recorre sus calles, la emoción no se expresa en voz alta. Se siente. Y en ese silencio compartido, la villa entera se reconoce.
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