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Marcos Menéndez de Ancomar, y las monas de Pascua que son resultado de tiempo, dedicación y buena materia prima

El confitero luarqués mantiene viva la tradición familiar desde 1977, adaptándose a los gustos actuales con figuras de Pikachu o castillos, pero siempre con chocolate de calidad

Marcos Menéndez de Ancomar, y las monas de Pascua que son resultado de tiempo, dedicación y buena materia prima

Ana M. Serrano

Ana M. Serrano

Ana M. Serrano

Luarca (Valdés)

En su obrador de la Confitería Ancomar de Luarca, Marcos Menéndez no habla de dulces: habla de trabajo. De horas. De paciencia. De una manera de hacer las cosas que no admite atajos. Estos días están de actualidad y su escaparate el motivo de parada. ¿Por qué? Allí están muy bien presentadas las monas de Pascua.

En este negocio luarqués de nombre y renombre (¿Quién no conoce Ancomar, la confitería de la esquina desde la que se puede ver la plaza de los Pachorros?) las hay de todos los tamaños y formas. Para él, las monas no son un producto más de temporada. Son el resultado de "un proceso largo que empieza mucho antes de que el cliente se acerque al mostrador. "Paciencia, tiempo, dedicación y buena materia prima", resume. No hay más secreto: el buen hacer, los madrugones, las muchas horas de trabajo y la buen material.

Desde después de Reyes

La campaña no empieza en Semana Santa. "Empieza justo después de Reyes", admite. A partir de ahí, en ratos libres, va levantando las bases: moldes, estructuras, primeras piezas que todavía no tienen forma definitiva. Poco a poco. Sin prisa, pero sin pausa. Más tarde llega el montaje. Rellenar, pegar, ajustar. Y finalmente, decorar. Es en ese punto donde cada figura adquiere identidad. Pero para entonces ya hay muchas horas detrás.

Marcos Menéndez con la gran mona de Pascua dedicada a Ancomar.

Marcos Menéndez con la gran mona de Pascua dedicada a Ancomar. / Ana M. Serrano

Este año, reconoce, el calendario jugó en contra: "Vino todo muy atropellado", cuenta Marcos Menéndez mientras muestra su trabajo de artesano, porque en eso se convierte, también, la mona de Pascua. Pese a ese atropello, la producción se mueve entre las 250 y las 300 figuras. Un volumen que solo se puede sostener con experiencia y con equipo. "La gente que tengo conmigo me echa cable. Si no, sería imposible", observa el confitero luarqués.

A partir de 1977

Marcos Menéndez no empezó el negocio, pero sí decidió continuarlo. Fue su suegro quien, en 1977, abrió camino cuando nadie hacía figuras de chocolate en la comarca. Marcos recogió esa tradición y la mantiene viva, con la misma lógica: "Trabajar bien y no bajar el nivel".

Monas de Pascua de la confitería Ancomar.

Monas de Pascua de la confitería Ancomar. / Ana M. Serrano

También ha aprendido a adaptarse. Sabe que los gustos cambian y que un año manda un personaje y el siguiente, otro. "Esta vez, por ejemplo, Pikachu tuvo mucho tirón", observa. El fútbol, dice, nunca falla. Pero más allá de las modas, lo importante sigue siendo lo mismo: "Que el chocolate sea bueno y esté bien trabajado". Se pueden comprar monas de 'casitas' de castillos, incluso de zapatillas 'converse'.

Las figuras salen al escaparate, estos días decorado con especial mimo, y, casi siempre, se venden. En resumen: "Vuelan". Las que quedan hoy son las últimas y no hay reposición. Lo que hay es lo que se hizo durante largas semanas de esfuerzo.

Precios según el tamaño y la forma

Los precios arrancan en torno a los 25 euros y suben según el tamaño y la complejidad. Algunas piezas grandes pueden alcanzar cifras mucho más altas, pero no son las que marcan el trabajo diario. Lo que define el oficio de Marcos Menéndez no es una figura concreta, sino la suma de todas: las horas acumuladas desde enero, el ritmo constante y la exigencia de que cada pieza salga bien.

El confiteo observa el escaparate, en la plaza de los Pachorros.

El confitero observa el escaparate, en la plaza de los Pachorros. / Ana M. Serrano

La pieza estrella, que la lleva escrito el nombre de Ancomar tiene un precio elevado. Pocas personas tal vez pagarían los 200 euros que puede costar en caso de puja. Eso sí, se llevarían un chocolate de primera y un hacer 'premium'. Una combinación que garantiza algo en Luarca y fuera de sus límites: el éxito.

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