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Luarca, un imán para el turismo: ¿qué tiene la capital de Valdés para enamorar a sus visitantes?

La combinación de "paisaje, autenticidad y vida real" es la clave del atractivo de la capital de Valdés, según los turistas, que destacan la belleza del barrio de la pescadería y la amabilidad de sus gentes, entre otros atractivos

Felipe López y su hija, Emma, con Luarca al fondo.

Felipe López y su hija, Emma, con Luarca al fondo. / Ana M. Serrano

Ana M. Serrano

Ana M. Serrano

Luarca (Valdés)

¿Qué tiene de especial la capital de Valdés para atraer a quien pasa… y hacer que quiera volver? Podría tener un imán silencioso, difícil de explicar pero fácil de sentir, según se desprende de las declaraciones de turistas consultados que visitan esta Semana Santa la villa.

No todos llegan con un plan cerrado. Algunos, como Felipe López, turista que recorre Asturias con su familia en ruta hacia Cantabria, lo hacen movidos por una cuenta pendiente: "Habíamos estado en Asturias y nos quedaba pendiente Luarca".

Esa expectativa previa, alimentada por referencias, imágenes y recomendaciones, encuentra respuesta nada más pisar la villa. "Es muy bonito", resume. Pero detrás de esa frase hay una suma de elementos: el puerto pesquero aún en funcionamiento, la subida hacia la capilla de la Atalaya, y sobre todo ese cementerio suspendido frente al mar que se ha convertido en uno de los símbolos del lugar.

Ese cementerio, mirando al mar, actúa casi como una puerta de entrada emocional. La pequeña Emma López lo describe con una palabra sencilla pero reveladora: "Llamativo". Lo es por su ubicación, por el contraste entre la calma del lugar y la fuerza del mar que lo rodea, y por la forma en que obliga al visitante a detenerse y mirar.

La primera impresión, de hecho, es uno de los grandes activos de Luarca. Jonathan Rodríguez, visitante llegado desde Vigo, reconoce que el impacto es inmediato: "Ya empezando por el paisaje en la costa impresiona", dice en el aparcamiento de la carretera del faro, cerca de la empieza travesía empedrada que lleva a la Atalaya.

Rocío da Cuña, Jonathan Rodríguez y Margarita González, con el mar Cantábrico al fondo, en un lugar desde donde se ve el faro de Busto.

Rocío da Cuña, Jonathan Rodríguez y Margarita González, con el mar Cantábrico al fondo, en un lugar desde donde se ve el faro de Busto. / Ana M. Serrano

Lucía Da Cuña, también de Vigo y pareja del primero, no es nueva en la villa. Regresa años después acompañada de su familia y confirma ese efecto duradero: "El cementerio, el paseo de abajo, las casitas, su autenticidad… todo es muy bonito". En su caso, Luarca no es un descubrimiento, estuvo hace años y ese buen recuredo fue el causante de esta segunda visita son su pareja y su suegra, Margarita González.

"It's so beatiful", dicen turistas irlandeses

Incluso quienes llegan desde fuera de España, como Grainne y Colm Súilleabháin, perciben ese carácter especial. Una pareja de turistas extranjeros, sin poder expresarse con fluidez en español, lo resume en inglés: "It’s so beautiful… we love it". Y añaden una idea clave: el pueblo está vivo, no es un escenario pensado únicamente para el visitante. Llegan desde Galway, en Irlanda, e intentan explicarse los azulejos (con leyendas solo en versión castellano) que se encuentran cerca de la mesa de Mareantes.

Grainne y Colm Súilleabháin, en los azulejos que recuerdan el paseo ballenero de Luarca.

Grainne y Colm Súilleabháin, en los azulejos que recuerdan el paseo ballenero de Luarca. / Ana M. Serrano

Otros turistas, como Rosario Salazar, llegada desde Tudela (Navarra), toman la decisión de visitar la capital de Valdés a partir de lo que ven previamente: "Miramos fotos y vimos que era muy bonito". Acompañada en su viaje por su pareja, Juan Carlos Fernández, confirma que la realidad está a la altura de las expectativas: "El puerto, el entorno y la tranquilidad" forman parte de ese atractivo.

Rosario Salazar y Juan Carlos Fernández

Rosario Salazar y Juan Carlos Fernández en el paseo del faro. / Ana M. Serrano

María del Carmen Fernández e Ismael Martínez Fernández, madre e hijo y vecinos de la zona de Tineo, destacan casi al mismo aspecto: "La paz, la tranquilidad… respirar el aire del mar". Para ellos, Luarca no es solo un destino puntual, sino un lugar al que regresar de forma habitual. Lo hacen en Semana Santa, empujados también por una creencia: el Nazareno.

María del Carmen Fernández e Ismael Martínez, en el entorno de la capilla de La Atalaya.

María del Carmen Fernández e Ismael Martínez, en el entorno de la capilla de La Atalaya. / Ana M. Serrano

El componente humano también pesa. Coral Vázquez, visitante también asturiana, de Gijón, lo resume con naturalidad: "La gente es muy agradable, el sitio es precioso… todo muy guapo". Esa mezcla entre entorno y trato refuerza la experiencia. Incluso para quienes lo viven desde dentro, como Gabino Menéndez, padre de una mujer que trabaja en la capital de Valdés , Luarca forma parte de lo cotidiano. No necesita competir con otros lugares; "se integra dentro de una Asturias que, en conjunto, es reconocida por su belleza".

Coral Vázquez y Gabino Menéndez, en la zonan alta de Luarca, con la capilla de La Atalaya al fondo.

Coral Vázquez y Gabino Menéndez, en la zonan alta de Luarca, con la capilla de La Atalaya al fondo. / Ana M. Serrano

En ese equilibrio entre paisaje, autenticidad y vida real reside, parece, la singularidad de Luarca. De Bilbao, la pareja formada por Bienvenida Mateos y Luis Antonio Fernández se aloja en Tox, pero decide visitar Luarca dentro de la ruta. "Preparamos los viajes buscando información por internet", dice el hombre. "Nos gustó mucho callejear por el barrio dlea pescadería: es muy empinado, pero también precioso", indica la mujer.

Bienvenida Mateos y Luis Antonio Fernández, en las 'letronas' de Luarca, en el paseo del muelle.

Bienvenida Mateos y Luis Antonio Fernández, en las 'letronas' de Luarca, en el paseo del muelle. / Ana M. Serrano

Paco Merino, Raquel Moreno y Jasmín Merino, de Barcelona y quienes pasaron una noche en Luarca, hablan de algo que le gustó mucho: "La gente". Pudieron pasear por el puerto y entrar en la iglesia e incluso hablar con el párroco de tradiciones y otras anécdotas: "Nos sorprendió mucho".

Paco Merino y Raquel Moreno, con su sobrina Jasmín Merino, junto a la estatua de Severo Ochoa, en la  plaza Alfonso X El  Sabio.

Paco Merino y Raquel Moreno, con su sobrina Jasmín Merino, junto a la estatua de Severo Ochoa, en la plaza Alfonso X El Sabio. / Ana M. Serrano

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