De "Escuela de Cristo" a Real Hermandad: el origen de la devoción del Nazareno y su evolución
Desde sus primeras capitulaciones en 1695, la hermandad se organizó para asistir a los cultos, participar en procesiones y cuidar de los más necesitados
Esta Semana Santa, las celebraciones fueron un éxito, según el hermano mayor, quien lo resume en una palabra: "Perfecto"

Imagen del Nazareno de Luarca, en la capilla de la Atalaya. / Ana M. Serrano

La Real Hermandad del Buen Jesús Nazareno nace de una vivencia religiosa concreta: la necesidad de organizar la fe y compartirla. No surge como una institución formal desde el principio, sino como el resultado de una práctica espiritual nacida en Luarca que se va haciendo colectiva con el tiempo, según los datos que atesora la propia institución.
Un año más, ese objetivo primario se cumplió. El hermano mayor, Ignacio Méndez, da las gracias a todas las personas que han hecho posibles las muchas procesiones. Más allá de los días y horas especiales, "ahora queda mucho trabajo por hacer; desmontar, colocar capilla, subir todo el material que está en la iglesia..", dice. Eso sí, añade como balace una palabra: "Perfecto (si existe la perfección)".
Este año, no llovió, algo que muchas veces impide que los pasos procesionen, y la participación fue indiscutible. Basta ver las fotos. "Estamos sorprendidos por la cantidad de gente que participó", añade Méndez. Su resumen es que un año más, "el objetivo (despues de siglos de actividad) se cumplió".

Procesión anterior al inicio de la Novena al Buen Jesús Nazareno. / Ana M. Serrano
Pero para conocer la historia de la Real Hermandad que hoy preside, hay que volver atrás. A finales del siglo XVII, en la ermita de la Atalaya, un ermitaño mallorquín, Juan de la Cruz, reúne a su alrededor a un grupo de vecinos atraídos por su forma de vida: oración, penitencia y ejemplo. De ese núcleo inicial, formado en gran parte por gente del mar, nace en 1682 una "Escuela de Cristo". No era solo un grupo devoto, sino una comunidad con reglas, compromisos y una idea clara: vivir la fe de manera activa.
Las primeras capitulaciones
Las primeras capitulaciones de 1695 muestran con claridad ese espíritu. La hermandad se organiza en torno a obligaciones muy concretas: asistir a los cultos, participar en las procesiones, mantener la memoria de la Pasión de Cristo y, sobre todo, cuidar unos de otros. La atención a los pobres, la presencia en los entierros y el acompañamiento en la muerte forman parte esencial de su razón de ser. La religiosidad no se limita al culto, se traduce en ayuda mutua y responsabilidad compartida.
Con el paso del tiempo, la hermandad se consolida. Durante el siglo XVIII mantiene su actividad, reuniéndose periódicamente y reforzando su estructura. En 1861 da un paso importante con la redacción de nuevas constituciones: se organiza una junta directiva, se fijan cuotas, se regulan cargos y responsabilidades. Es el paso de una comunidad espontánea a una institución estructurada, pero sin perder el sentido original.
Ese sentido sigue siendo el mismo: sostener una práctica religiosa colectiva en torno a la imagen del Nazareno y a los actos de la Semana Santa. El reconocimiento como Real Hermandad en 1927, con la aceptación de Alfonso XIII como Hermano Mayor Honorario, supone un respaldo institucional, pero no cambia su esencia.

El hermano mayor, Ignacio Méndez, hablando por teléfono cerca de la capilla de La Atalaya. / Ana M. Serrano
La hermandad continúa creciendo, incorporando nuevas imágenes, mejorando sus medios y adaptándose a los tiempos. Durante el siglo XX se refuerza su dimensión material y organizativa: se restauran pasos, se adquieren nuevas imágenes, se mejora la capilla y se amplían los recursos. También se integra la música como elemento fundamental en las celebraciones, aportando solemnidad y continuidad.
Momentos de debilidad
Sin embargo, la hermandad también atraviesa momentos de debilidad. Entre 1962 y 1982 su actividad se reduce, centrada casi exclusivamente en la organización de la Semana Santa. Es un periodo en el que se pierde parte del impulso comunitario original. La recuperación llega en 1982 con una nueva junta que retoma el trabajo interno: mantenimiento de la ermita, restauración de imágenes, reorganización de la cofradía y reactivación de su vida colectiva.
A partir de entonces, la hermandad vuelve a fortalecerse. Se invierte en patrimonio, se crea un espacio propio para custodiarlo y se consolida una base amplia de cofrades. La participación crece y la implicación de las familias se convierte en uno de sus pilares.
Lo que permanece constante, desde el origen hasta hoy, es el sentido profundo de la hermandad. La ya pasada Semana Santa fue una nueva expresión de ello.
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