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¿Quién fue Juan de la Cruz, el ermitaño que "iluminó" Luarca? Una historia para un Lunes de Pascua que une Valdés y Mallorca

El mallorquín, mediante su ejemplo de vida austera y de oración, logró atraer a vecinos vinculados al mar, quienes formaron un núcleo que derivó en la creación de una "Escuela de Cristo", hoy Real Hermandad

Iluminación en la capilla de La Atayala, en años pretéritos

Iluminación en la capilla de La Atayala, en años pretéritos / MEMORIA GRÁFICA DE LUARCA

Ana M. Serrano

Ana M. Serrano

Luarca (Valdés)

A finales del siglo XVII, sin apenas dejar rastro en los archivos más allá de la tradición conservada por la propia Real Hermandad de Luarca, un hombre procedente de Mallorca se instala en la ermita de la Atalaya. Su nombre: Juan de la Cruz. No llega con cargos ni con misión oficial conocida. Simplemente y según cuentan los pocos documentos editados por la entidad religiosa y la propia leyenda urbana de Luarca, para vivir como ermitaño.

No se conoce con certeza por qué su destino fue Luarca. Las hipótesis rastreadas en uno de libros que conserva la Real Hermandad luarquesa apuntan a un desplazamiento voluntario, propio de los ermitaños de la época, "posiblemente por vía marítima y con la intención de encontrar un lugar adecuado para la vida retirada". Tampoco hay indicios de que respondiera a un envío oficial o a una misión concreta. En todo caso, su influencia en la población, por lo poco que se sabe de su vida y obra, no se discute en Luarca.

Entre 1682 y 1700 desarrolla una vida marcada por la pobreza, la penitencia y la oración. Ese modo de vida, lejos de pasar desapercibido, empieza a llamar la atención. No predica desde una estructura formal ni desde una institución; su autoridad "nace del ejemplo". Y ese ejemplo, en una comunidad pequeña, empieza a generar algo más que admiración: genera seguimiento.

Marineros del Cambaral

Los primeros en acercarse son vecinos vinculados al mar, especialmente los mareantes del barrio del Camabral. No se trata de una adhesión puntual. Algunos comparten con él tiempos de oración, otros asumen prácticas de vida similares. Se forma, de manera progresiva, un pequeño núcleo de personas que escuchas y, también, organizan.

Ese paso, de la admiración individual a la organización colectiva, es el verdadero punto de inflexión. En 1682, Juan de la Cruz impulsa la creación de una "Escuela de Cristo". No es todavía una cofradía como tal, pero sí una estructura definida: un grupo con normas, compromisos y un objetivo común, centrado en la vida espiritual y en la meditación de la Pasión.

Las capitulaciones redactadas en 1695 confirman que aquello ya funcionaba como una comunidad organizada. En ellas se establecen obligaciones concretas: asistencia a los cultos, participación en actos religiosos, atención a los pobres, acompañamiento en la muerte de los hermanos. La dimensión religiosa y la social aparecen unidas desde el inicio.

Juan de la Cruz no deja escritos conocidos ni ocupa cargos reconocidos fuera de ese ámbito. Su papel no es el de fundador institucional en sentido formal, sino el de origen efectivo de una dinámica que perdura. Su influencia, dicen en la Real Hermandad, "no se mide en documentos, sino en continuidad", la comunidad que surge a su alrededor no desaparece tras su muerte en 1700.

La Escuela de Cristo evoluciona y con el paso del tiempo acaba dando lugar a la actual Real Hermandad del Buen Jesús Nazareno.

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