Luisa y Evelio regentan desde hace casi 40 años uno de los templos de la hostelería de Valdés, ubicado a pie de carretera: "Con trabajo y calidad nunca se falla"
"El fracaso es la primera ley, la primera normativa que tienes que conocer", reflexiona Evelio Sánchez, quien junto a su hermano, Felipe, la mujer de este, Celina García, y su expareja vieron crecer y cambiar el modelo de negocio

M.L.

Villuir no es solo un restaurante en la conocida como recta de Otur, aunque en realidad el negocio está en Santiago. Es la historia de una vida entera dedicada a la hostelería, la de Luisa Fernández y Evelio Sánchez, que llegaron con poco más de veinte años, cuando eran pareja, y hoy, casi cuatro décadas después, siguen al frente de un negocio que ha sobrevivido a deudas, cambios de carretera, crisis y pandemias.
Entre fogones, ampliaciones imposibles y decisiones a contracorriente, construyeron un proyecto "que creció con nosotros" y que hoy se mide en algo más que cifras: generaciones de clientes que regresan y una manera de entender el oficio basada en la "constancia, la adaptación y el orgullo por el producto de la tierra".
"El fracaso es la primera ley, la primera normativa que tienes que ver", reflexiona Evelio Sánchez. Lo dice sin épica vacía, con la autoridad de quien sabe de qué habla. "Cuando tienes fracasos, y si tienes más de un fracaso, es lo que te va a llevar al éxito, siempre", añade.
La frase sirve como pórtico para entender la historia de Villuir: una historia de trabajo feroz, deuda, intuición, cambios de rumbo y resistencia. También de amor por la hostelería, aunque ese sentimiento no llegara de inmediato, sino con el tiempo.
Primero fue la necesidad
Ni Luisa ni Evelio soñaban de niños con ser hosteleros. La hostelería no fue una vocación romántica: fue, primero, una salida. "Realmente eso fue una salida profesional a una necesidad laboral", explica Luisa Fernández, que recalca que "éramos hijos de padres de posguerra". Antes de Villuir estuvo el aprendizaje. Evelio, su hermano Felipe y, después, Luisa empezaron trabajando en El Puente de los Santos, en Tapia, un restaurante de prestigio. También traían a la espalda la experiencia en otros grandes establecimientos de la zona. Aquella escuela les dio oficio, disciplina y nivel profesional.
"Nos aficionamos a ello muchísimo", recuerda la hoy jefa de cocina del restaurante. "Nos formamos todo lo que pudimos. En aquel momento había bastante formación para los jóvenes, financiada por la Comunidad Europea, y asistíamos a todo lo que se movía para aprender", precisa.
Ese aprendizaje sería decisivo. Porque cuando llegó la oportunidad de trabajar por cuenta propia, ya no partían de cero. La ocasión apareció casi como tantas cosas importantes en la hostelería: a través de un cliente. Alguien les habló de un local en Cadavedo que se alquilaba o se traspasaba. Y allí dieron el primer paso como empresarios.
"Decidimos emprender nuestra vida laboral ya como empresarios o como autónomos allí, en Cadavedo", recuerda Evelio Sánchez. Fue una etapa breve, de unos dos años, pero "fundamental". Allí probaron lo que significaba que el negocio dependiera ya solo de ellos: de su esfuerzo, de su acierto, de su resistencia.
1987: llegar a Villuir
Después llegó Villuir. Era 1987. El local lo cogieron inicialmente de alquiler, casi con la idea de estar de paso. "Vinimos para aquí y cogimos este negocio de una renta. Simplemente era para tenerlo como dos años aproximadamente", relata Evelio.
El restaurante era entonces mucho más pequeño: una barra, un comedor mínimo, apenas ocho mesas. Pero tenía algo que hoy parece casi legendario: el paso constante de la antigua Nacional 634. La carretera general circulaba justo por allí y el movimiento era continuo.

Evelio Sánchez sostinene una foto de los inicios del restaurante, en la que aparecen los hermanos Evelio y Felipe Sánchez, Luisa Fernández y Celina García. / Miki López
"Nuestra ubicación, cuando pasaba la carretera por aquí, era espectacular. Entonces, cualquiera trabajaba", sostienen. Trabajaban mucho. Tanto que el local se les quedó pequeño enseguida. Luisa Fernández lo recuerda con una mezcla de vértigo y orgullo. Tenían 21 o 22 años. Y una audacia que solo se tiene a esa edad, cuando todavía no se conoce el miedo al riesgo. "Éramos muy atrevidos y nos endeudamos mucho", dice.
Lo que empezó como un alquiler acabó convirtiéndose en una apuesta total. Cogieron el negocio en traspaso y se lanzaron a una ampliación enorme para sus posibilidades: de un comedor pequeño a un restaurante con capacidad para unas 140 personas. Aquella obra les obligó a pedir un crédito importante.
El padre de Evelio Sánchez tuvo que avalarlos. Y los intereses, en aquella época, resultan hoy casi imposibles de imaginar. "Los intereses estaban en un 17% o un 18%. No como ahora. Había que trabajar muchísimo", rememora Sánchez.
Trabajaron, en efecto, muchísimo. Primero los cuatro de casa: Evelio Sánchez, su hermano, Luisa y Celina. Después llegaron a tener 14 trabajadores en plantilla. Fueron años de llenos constantes, de comedor a rebosar y de una actividad que parecía no agotarse nunca. "Con trabajo y calidad nunca se falla", resumen.
El consejo que nunca olvidaron
En aquellos primeros tiempos, con el restaurante creciendo y la deuda apretando, hubo una conversación que a Evelio Sánchez se le quedó grabada para siempre. Fue con el fallecido Álvaro García López, de Casa Consuelo, uno de los grandes nombres de la gastronomía de la comarca. "Me dijo dos cosas", recuerda.
"Una, que estábamos en una buena zona y que nos iban a ayudar en lo que pudieran. Y otra: que aquí el futuro lo teníamos garantizado solo si éramos muy profesionales", rememora. Esa frase quedó como señalada en su brújula. Porque Villuir iba a necesitar, una y otra vez, profesionalidad para no venirse abajo.
Durante años, el restaurante vivió muy pegado al tráfico de la carretera Nacional. Hasta que un día ese caudal desapareció. La apertura del nuevo tramo de autovía, ya en torno a 2011, cambió por completo las reglas del juego. "El cambio del negocio fue cuando abrieron el tramo de carretera", explica Fernández. "Nuestro negocio estaba enfocado a ese servicio de la carretera y luego la quitaron. Ahí quedamos un poco tambaleando", reconoce.
Evelio Sánchez lo resume en una imagen muy concreta "De un día para otro la carretera ya no pasaba, los coches ya no pasaban y, por tanto, no paraban", relata. El golpe fue serio. Hubo que reducir plantilla: de 14 trabajadores a seis. Hubo que rehacer cartas, horarios, fórmulas de trabajo. Hubo que aprender otra vez. "Tuvimos que cambiar los métodos de trabajo, la manera de funcionar", profundiza el hostelero.
Adaptarse o caer
Villuir sobrevivió porque entendió algo esencial: que un negocio no puede enamorarse de su versión antigua. Luisa y Evelio fueron leyendo el tiempo. Qué funcionaba cada año, qué pedía el cliente, qué podía mantenerlos a flote entre semana y qué reforzaba los fines de semana, Semana Santa o el verano. "Cada año mirábamos qué era lo que mejor funcionaba", cuenta Sánchez. “Las jornadas gastronómicas, la carta... Supimos meternos en ese complemento para trabajar por semana lo que era menos y el fin de semana la carta”, detalla.
No todo lo que probaron salió bien. También hubo patinazos. Y los cuentan sin maquillaje. "Hubo un tiempo, en 2011 o por así, que se puso de moda el low cost en hostelería, y aquello fue un patinazo", admite Luisa Fernández. No lo ocultan.
Al contrario: forma parte de su relato. Quizá porque, como dice Evelio Sánchez, el miedo al fracaso es uno de los grandes enemigos del que emprende. "La gente tiene miedos: miedo al fracaso, a la ruina, a lo que dirán. Y los miedos son los que hay que quitar", opina.
'Camino de Rosas': cuando del golpe nació otra empresa
De aquella sacudida nació otra línea de vida. Si la carretera ya no garantizaba el flujo de antes, había que salir a buscar al cliente por otros caminos. Así empezó el servicio de catering, primero de forma más intuitiva, más artesanal, casi improvisada. Después se convirtió en una empresa con nombre propio: Camino de Rosas.
"Empezamos a hacer servicios de catering, a centrarnos más en elaborar para fuera, y de ahí nació una empresa que se llama Camino de Rosas", explica la ideóloga y artífice, Luisa Fernández. La firma sigue activa y fue evolucionando con el mercado, adaptándose a un cliente "más moderno, más exigente".
Hoy el catering se apoya también en una base de cocina en el Hotel Rural Casa Xusto, mientras Villuir mantiene el restaurante como alma principal del proyecto.
2020: otra prueba
Cuando parecía que ya nada podía sorprenderles, llegó 2020 y la pandemia. Y con aquello, otro examen de resistencia. "Se nos estaba poniendo a prueba otra vez", recuerda Luisa Fernández sobre aquellos meses. Pero tampoco cerraron entonces. Al contrario: siguieron prestando servicio a transportistas, camioneros, profesionales y trabajadores de obras que necesitaban comida en pleno confinamiento.
De aquella crisis salió otra línea de negocio que hoy es importante en Villuir: la comida para llevar. Un servicio que ha crecido con los nuevos hábitos de consumo, con familias que externalizan la cocina diaria o con clientes que celebran en sus casas y encargan la comida. "Hoy es una nueva línea de negocio, asentada", resume Fernández.
Una cocina de casa, el verdadero pilar
Si Villuir ha aguantado casi 40 años no ha sido solo por saber adaptarse. Ha aguantado por algo más profundo: una identidad culinaria muy clara. "Siempre hemos apostado por la gastronomía de la zona, de la tierra, con producto de calidad, con producto de cercanía", dice la hostelera. Y añade: "Somos un restaurante clásico, con un toque de cocina moderna, pero sin perder la tradición".
Hablan de fabada, de pota asturiana, de pescados de la zona de Luarca, de carnes de la tierra. De mar y montaña. De producto bueno y reconocible. De cocina sin trampas. Y cuando llega el momento de señalar el verdadero origen de todo, Evelio Sánchez no duda: la cocina. "La base de que este negocio funcione y lleve 40 años es gracias al marco de la cocina", afirma. "La cocina es casera, es de casa: de Luisa y Celina", destaca.
Luisa Fernández Quintana y Celina García aparecen en el relato no como un detalle secundario, sino como el pilar invisible que sostiene todo lo demás. Lo que no se ve desde el comedor, pero lo hace posible. "Hay que resaltar a la gente que no se ve, que son los profesionales que hay detrás", insiste Sánchez. Y aclara su idea: "El cliente viene y lo recibes con una sonrisa, pero los que están en la cocina están trabajando fuerte y duramente para que todo eso pueda lograrse".
La clientela fiel: de los abuelos a los nietos
Pocas cosas emocionan más a estos hosteleros que esa continuidad. El paso del tiempo no lo miden en calendarios, sino en apellidos conocidos que vuelven. "Teníamos el cliente que era abuelo, el cliente que era padre y hoy tenemos el cliente que es hijo", dice Luisa Fernández. Esa es, para ellos, la gran recompensa. No solo llenar mesas, sino ocupar un lugar en la historia doméstica de muchas familias.
"Hemos hecho comuniones de madres que hoy estamos haciendo de sus hijos", cuenta. Evelio Sánchez lo resume así: “Lo más satisfactorio es el cliente fiel. Ya no es un cliente: haces amigos".
Detrás de esa historia hay también un coste. La hostelería, repiten, es dura. "Durísima". No hubo fines de semana libres. Ni vacaciones en agosto. Ni muchas navidades completas. Ni tantos partidos, festivales o celebraciones familiares como les habría gustado. "Trabajas para el ocio de la gente", cuentan. "Y eso significa que muchas veces no vas a ver ni a tu hijo en la función de Navidad", lamenta Luisa Fernández.
Por eso dan también las gracias a sus hijos. Por haber aguantado esa forma de vida. Por haber entendido ausencias que solo se comprenden de verdad cuando se ha crecido en una casa de hosteleros.
Aun así, no hablan desde la queja sino desde la aceptación. Desde la ética de una generación para la que la responsabilidad, como dice Luisa Fernández, "se escribía en mayúsculas".
Mirar al futuro con optimismo
Ni Luisa ni Evelio son ingenuos. Saben que el sector cambió, que cuesta encontrar personal, que el cliente reserva más y se mueve de otra manera, que la noche se ha diluido y el consumo es más diurno. Pero aun así miran el futuro con optimismo. "El futuro en la zona está hecho", defiende Evelio Sánchez. "La hostelería y el turismo en el concejo son de 10. Y no van a ir a menos, sino a más", asegura.
Ven inversión, ven gente de otros puntos del país comprando casas o queriendo quedarse, ven potencial en el occidente asturiano. Hablan del Parque de la Vida, de la playa de Otur, del tirón de Luarca, del movimiento de la Nacional 634 gracias a los amantes de las motos y las autocaravanas, de las temporadas altas en las que todavía hoy tienen que decir que no a decenas de personas. "Llega Semana Santa y tienes que decirle a más de cien personas cada día que no pueden comer. Llega agosto y pasa lo mismo", explica Evelio.
Por eso piden que las administraciones sigan haciendo infraestructuras y acompañen ese crecimiento. Porque están convencidos de que el occidente y Valdés todavía tienen mucho por dar.
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