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Los miércoles de Luarca, un mercado con casi 40 años: "Aquí nos conocemos todos por nombre y apellidos"

La cita semanal sigue reuniendo a una clientela fiel y a vendedores que han hecho de la plaza un poco de su vida: desde Josué Gavarri, que vende productos cárnicos, a Francisco Díaz, que trae frutas y verduras

Ana M. Serrano

Ana M. Serrano

Luarca (Valdés)

Hay tradiciones que no necesitan reinventarse para seguir vivas. El mercado de los miércoles de Luarca es una de ellas. Desde hace cerca de 40 años, la plaza del Ayuntamiento y la plaza de Carmen y Severo Ochoa (antaño el Pilarín y la plaza de la Feria) se transforma cada semana en un punto de encuentro donde conviven lo cotidiano, lo rural y lo turístico, sostenido por una clientela "fiel y atenta a los productos de temporada" y por vendedores que, en muchos casos, llevan media vida acudiendo a la cita.

"Llevamos prácticamente 30 años viniendo", cuenta Josué Gavarri, uno de los habituales, que ofrece productos cárnicos con sello de Tineo. Su historia es también la del mercado: continuidad y conocimiento mutuo. "Los clientes nos conocen de toda la vida, y aunque la economía esté más floja, siguen viniendo a buscarnos", explica. Esa fidelidad es la base de un mercado que, aunque ha notado el descenso general del consumo, "en Luarca más o menos se mantiene".

El producto también habla de territorio. En su puesto, triunfan elaboraciones muy ligadas a la tradición: espinazo, rabadaz (la pasta de los huesos para el pote) o tocino ibérico. Sabores que "no pasan de moda" y que siguen teniendo su público.

La historia se repite en otros puestos. Francisco Díaz, que llega desde Ribadeo con fruta y verdura, forma parte de una saga que lleva en Luarca desde los inicios del mercado. "Ya venían mis padres, hace 38 o 40 años", recuerda. Su clientela no solo es fiel, sino cercana: "Nos conocemos por nombre y apellido, incluso nos llaman por teléfono para hacer pedidos".

En su caso, la clave está en la temporada. "La gente sabe lo que toca en cada momento y lo pide", explica. Con el paso del tiempo ha notado que la gente busca producto de proximidad. "Cuando hay cosas de aquí, de la zona, lo prefieren".

Tradición y adaptación

Esa mezcla de tradición y adaptación también define a quienes llegan de fuera. Desde Villalba, José Hermida acude cada miércoles con embutidos, quesos o bacalao. "Si podemos, no fallamos", asegura. En su caso, la venta cambia con las estaciones: más carne salada en invierno, más queso y jamón en verano.

El verano, precisamente, marca un punto de inflexión. Lo reconoce David Anta, quesero de Salas: "El mercado se sostiene todo el año, pero se nota mucho cuando llega el turismo". Su apuesta es diferente. La empresa trae quesos artesanales de pequeñas producciones de dentro y fuera de Asturias, dirigidos a un cliente curioso, "que quiere probar algo nuevo". Eso sí, la tasa anual que paga por metro lineal ocupado le parece "un poco cara". Es la más costosa de las capitales de villa a las que acude semanalmente. Por lo demás, a veces hay "algún conflicto" con las terrazas de los bares cercanos de la plaza del Ayuntamiento, algo que, a su juicio, se debería corregir.

En la zona de puestos hay espacio para quienes empiezan. Es el caso de Connie Francisca Maya, recién llegada desde Mallorca, que se estrena este año con piezas artesanales hechas a mano. "Es un sitio bonito, la gente es muy amable y el ambiente es más tranquilo", explica. Ella valora la acogida de un mercado que, pese a los años, sigue abriendo la puerta a nuevas historias.

"Clientes que vienen todas las semanas"

En los productos de siempre se mantiene la esencia. Ana María Feito, que aporta al mercado verduras, frutas y plantas, lo resume desde su puesto: "Lo que más se vende es la faba asturiana y la verdura de temporada". En su caso, como en otros muchos, lo que más observa es la fidelidad. "Hay clientes que vienen todas las semana y eso es una satisfacción", resume.

Esa regularidad, ese hábito, es lo que sostiene el mercado. Lo resume José Luis Armesto, artesano local que este miércoles optó por plantas de cultivo, pero que en otras ocasiones desplaza a la capital de Valdés aperos artesanos, desde cestos a navajas. "Aquí hay un ambiente cotidiano, rural, pero también turístico", dice. Y es el turismo es que hace que las ventas y la asistencia merezca la pena todo el año, según algunos consultados. Los meses de menos venta, muchas veces coincidentes con los con el invierno, se compensan con los meses de verano, con más afluencia, por eso algunos puestos se quejan de que durante las fiestas no tengan plaza.

Aunque el Ayuntamiento tenga en cuenta esta circunstancia a la hora de pagar la tasa, "lo que queremo es trabajar", dice Francisco Álvarez, quien tiene un puesto de ropa y llega desde Oviedo, como hacía su madre. Con todo, la variedad de los puestos y el color que aportan a la villa es una mezcla que define la identidad de los miércoles en Luarca.

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