Sara Quintana y Darío García: la aventura de levantar un gimnasio en Valdés a base de sueños y muchas horas de trabajo
La pareja creó un espacio deportivo para todos los perfiles tras meses de esfuerzo e inversión y sin abandonar sus trabajos para acercar el autocuidado a la Asturias rural

Ana M. Serrano

Esta es la historia de Sara Quintana y Darío García, de 32 y 35 años, respectivamente, los propietarios de un gimnasio privado de Valdés. Una historia de superación, sí, pero también de actitud. Porque para superar obstáculos no solo hacen falta trabas serias en el camino: también hay que tener un sueño, perseguirlo y estar dispuesto a dejarse la piel por él.
Todo empieza en Tapia. Darío García es muy conocido en su villa natal por la trayectoria hostelera de su familia, al frente del hotel La Ruta, un establecimiento fundado en los años cincuenta por sus abuelos, María Castañeira y José García. Aquel negocio pasó después a manos de su padre y sus tíos, y quienes conocen a Darío dicen que heredó de su abuelo ese carácter emprendedor que empuja a no quedarse quieto. El abuelo inquieto que empezó "de la nada, trabajando con zapatero y que logró ahorrar para comprar una finca". "Entonces, pensaron que estaba loco", dice su nieto. De aquello nació una tienda y de esa un hotel y un bar.

Darío García y Sara Quintana, en su gimnasio. / Ana M. Serrano
Darío García nació en otra época pero no por ello fue menos luchador. Estudió ADE y trabajó de camarero, también en la asesoría de su tío y después en el negocio familiar. Pero con el tiempo se dio cuenta de que lo suyo iba por otro camino. Lo cuenta: "Siempre me gustó el mundo de la nutrición". Desde pequeño le interesaban alimentos, saber qué comemos, cómo se procesa eso que se come, qué efecto tiene en nuestro cuerpo. Fue autodidacta durante años, hasta que pudo formarse oficialmente. Lo hizo durante la pandemia, cuando ya llevaba mucho aprendido por su cuenta. Un amigo terminó de darle el empujón: "Abre algo", le dijo.
Y Darío emprendió, como se dice en el argot empresarial. Empezó con consulta de nutrición en varios lugares: Tapia, Navia, Vegadeo y Luarca. Trabajaba mucho. "Muchísimo". "Mi vida era el trabajo", recuerda. Y fue precisamente en ese camino donde conoció a su pareja.

La pareja, que ahora reside en Luarca, en las instalaciones deportivas. / Ana M. Serrano
Sara Quintana, madrileña de nacimiento y afincada en Luarca, siempre tuvo claro que el Norte de España era, de alguna manera, su norte. Veraneaba en Galicia y, por motivos laborales de sus padres, terminó viviendo en Asturias, concretamente en Luarca. Estudió Psicología y hoy trabaja en un geriátrico, además de mantener su consulta online como psicóloga. Pero también es, y eso se nota al escucharlos, el gran apoyo de Darío García, a quien conoció, dice con una sonrisa, tras pedirle consulta.
Cuando el tapiego empezó a pasar más tiempo en Luarca se dio cuenta de algo: "faltaba un buen gimnasio, con buenos horarios y pensado para todo tipo de personas". A él siempre le gustó entrenar y tenía un sueño desde hacía tiempo: abrir su propio 'gym'. Con el apoyo de su novia, aquella idea empezó a tomar forma. "¿Por qué no?", pensaron, juntos, y tal vez después de muchas otras preguntas y reflexiones. Y los dos se lanzaron a una aventura que hoy ya se puede escribir con 'e' de éxito.
Una nave grande y en un polígono
La nave que alquilaron les encantó desde el primer momento. Estaba en un polígono industrial Barcia-Luarca, sí, pero vieron posibilidades donde otros quizá solo habrían visto dificultades. "Es cierto que en esos momentos muchas personas dudan de tu propuesta", dice Sara, una mujer reflexiva que habla con el mismo aplomo que transmite su expresión corporal. Hubo mucha inversión, "todos los ahorros puestos sobre la mesa", dice Darío García, y también "mucha pasión y mucho trabajo". Ahora se ríen al recordarlo, pero hubo semanas de "muy pocas horas de sueño, jornadas interminables pintando, colocando pladur" y haciendo todo lo que podían con sus propias manos, porque no encontraban empresas que pudieran acometer los trabajos en las fechas que necesitaban.
"De siete de la mañana a nueve de la noche sin parar", recuerdan. Y todo eso mientras ambos conservaban sus trabajos.
Hoy, están contentos. El negocio marcha y han conseguido justo lo que buscaban: crear un espacio "cómodo para todos los perfiles", donde nadie se sienta fuera de lugar y donde reine un buen ambiente. Darío García continúa con su consulta de nutrición, físicamente en el gimnasio de Luarca, y ahora da también el salto a Cudillero, donde próximamente gestionará el gimnasio municipal del concejo.
"No es una moda"
Ir a hacer ejercicios y pesas en un espacio cerrado, defienden, "no es una moda". Es algo más profundo. "La gente se cuida más. Ya no es algo exclusivo ni de interés de unos pocos", explica Darío García. Hablan de salud, de autocuidado, de motivación y de bienestar. Y lo hacen desde la experiencia, porque ellos mismos han vivido lo que cuesta empezar, mantenerse y no abandonar.
En una Asturias rural cada vez más envejecida, emprender en este sector no parecía, a priori, el camino más fácil. Pero la pareja está satisfecha con la respuesta. El perfil de usuario, cuentan, "es más femenino que masculino y con más personas mayores que jóvenes". Precisamente por eso insisten en una idea: "Lo que buscamos es que nadie se sienta incómodo".
Remar en la misma dirección
Ahora esperan incorporar más máquinas y comenzar con clases de pilates con aparatos. Sara Quintana se encarga de las redes sociales y de la parte de facturación, esa parte más tediosa, pero imprescindible de un negocio. Darío García sigue pegado a su consulta y en el día a día del gimnasio. Cada uno ocupa su lugar, pero los dos reman "en la misma dirección".
Lo que advierten es que llegar hasta aquí ha sido un camino duro. "Pero nunca pensamos en dejarlo", dice Sara Quintana. Juntos pudieron. Y su complicidad se nota en cada frase, en cada mirada y en la manera en que se reparten el relato. Ahora solo quieren mantenerse, seguir creciendo poco a poco y mantener ese espacio que levantaron desde cero abierto el mayor tiempo posible. Un gimnasio, sí. Pero también algo más: la prueba de que, cuando un sueño se trabaja de verdad, puede acabar convirtiéndose en un lugar al que otros también quieran pertenecer.
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