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Loli Garrido, la última pescadera de Luarca: "No basta con tener buen producto, hay que manipularlo con cuidado; alguna clienta me dice que acaricio el pescado"

Tomó el relevo de su suegra Maruja con 28 años y, tras casi cuatro décadas al frente del mostrador, se prepara para la jubilación con la satisfacción de haber mantenido vivo un oficio ligado al mar y a la plaza de abastos

Loli Garrido, la última pescadera de Luarca: una vida entre la rula, el hielo y el pescado del barco

Ana M. Serrano

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Ana M. Serrano

Ana M. Serrano

Luarca (Valdés)

Loli Garrido habla del pescado con el respeto de quien no solo ve una mercancía, sino "un producto vivo, delicado y valioso". Durante casi cuatro décadas ha sido una de las caras reconocibles de la plaza de abastos de Luarca y hoy su testimonio tiene el valor de una memoria que se apaga: es la última pescadera de Luarca (se jubilará en julio) vinculada al pescado del barco, a la rula y a una forma de trabajar que fue durante años parte esencial de la vida marinera de la villa.

La historia de la pescadería empezó antes que ella. La inició su suegra, Maruja Crespo (esposa de Pedro Pitero, en una época en la que muchas mujeres de marineros comenzaron a vender pescado para contribuir a la economía familiar. "Eran familias de mar, de barcos, de rula y de jornadas largas", cuenta. Maruja empezó a vender en la plaza el 19 de junio de 1960, poco después de la inauguración del mercado de abastos, y aquel negocio acabaría pasando a manos de Loli de manera inesperada.

Nacer en Busto, criarse en Caroyas

Loli nació en Busto y creció en Caroyas. De joven quiso estudiar Magisterio y no es difícil imaginarla en ese camino, porque desde niña "ya enseñaba a leer a otros críos del pueblo". "Me gustaba enseñar y también di clases particulares durante un tiempo", detalla risueña. Pero la vida tomó otro rumbo. Se casó en 1982, "el día de la final del Mundial de Fútbol", una fecha que recuerda con una sonrisa, y poco después formó su familia. Su primera hija nació en 1984.

La pescadera con unas fotos antiguas, que se muestran en su puesto de venta.

La pescadera con unas fotos antiguas, que se muestran en su puesto de venta. / Ana M. Serrano

El cambio definitivo llegó en 1987, tras la muerte repentina de su suegra. Loli estaba embarazada de su segundo hijo y tuvo que ponerse al frente del negocio casi sin margen: 18 días después de dar a luz por cesárea. "Entrar a trabajar sin saber", recuerda. Empezó con su marido, Pedro Antonio Fernández Crespo, aunque él pronto tomó el rumbo del mar. Ella quedó al frente del mostrador hasta hoy.

"Los comienzos fueron duros". "Había que madrugar, ir a la rula, aprender a comprar, cargar cajas de madera, hielo y pescado, preparar el mostrador" y atender a una clientela que, en buena parte, siguió confiando en la casa de Maruja. Loli aprendió sobre la marcha, "a fuerza de insistir", como se aprenden los oficios de verdad:" mirando, equivocándose, repitiendo y no bajando nunca los brazos".

Aquella plaza que conoció tenía vida propia. Había varias pescaderías, carnicerías y un bullicio que fue cambiando con los años. Las jubilaciones, el paso del tiempo y la llegada de las grandes superficies "fueron apagando poco a poco aquel mercado lleno de voces". Loli resistió. Su secreto, dice, fue "mucho trabajo, perseverancia, buena mercancía, calidad y servicio". Hoy en día, convive con una peluquería y la mayor parte de los de negocio están cerrando. "Esto ya es otra cosa", dice.

Lo mejor, el trato de con la gente

Pero también hubo algo más: el trato con la gente. Para ella, la pescadería nunca fue solo vender. Algunas clientas acudían por el pescado, sí, pero también por hablar un rato. Ese vínculo cotidiano, esa confianza construida día a día, explica por qué Loli encontró en el oficio algo que le gustó de verdad.

Su manera de entender el producto tiene mucho de oficio antiguo. Defiende el pescado del barco, el que sale del mar, llega a la lonja, se subasta y al día siguiente está en el mostrador. "Es un lujo que nosotros tenemos cerca", resume. Un lujo que empieza con los marineros y patrones que salen al amanecer y continúa con quienes "saben escoger, manipular y presentar el pescado con cuidado".

La pescadera insiste en que no basta con tener buen producto: "hay que tratarlo bien". Recuerda que alguna clienta llegó a decirle: "Es que lo acaricias, Loli". Y esa frase resume toda una filosofía. Para ella, el pescado merece "respeto, cariño y una manipulación cuidadosa", porque detrás de cada pieza hay "trabajo, mar, salud y alimento".

Adaptación y cambios

Con los años, el negocio también se adaptó. La pescadería de Luarca siguió siendo la matriz, se abrió otra en Otur y llegaron los envíos nacionales. Hoy el mostrador se enseña por WhatsApp a primera hora de la mañana y desde Madrid, Barcelona u otros puntos de España llegan pedidos de clientes que conocieron el producto durante el verano o por el boca a boca. La tradición encontró así una vía nueva sin perder su esencia.

Con 66 años, Loli Garrido mira hacia la jubilación. Dice que está mentalizada. No le faltan planes: "leer, cuidar el huerto, plantar flores, caminar, sentarse frente al mar". Asegura que" nunca se aburre". Quizá porque toda su vida ha estado educada en el hacer, en no parar, en salir adelante incluso cuando las circunstancias obligaban.

Nazaré y Loli Garrido, en su puesto de venta, en el plaza de abastos.

Nazaré Fernández y Loli Garrido, en su puesto de venta, en el plaza de abastos. / Ana M. Serrano

Su hija Nazaré continúa vinculada al negocio, y eso le permite mirar atrás con orgullo. La de su hija será ya otra historia. Eso sí, seguirá su estela porque asiente en todo lo que dice su madre: basta ver cómo trabajan, cómo colocan el pescado y miman desde la puesta en escena hasta el manejo de las piezas y el corte para saber que la tercera generación seguirá con la tradición.

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