Diego Álvarez, el tatuador luarqués de prestigio internacional que fue antes soldador: "No me considero talentoso, sino trabajador"
El valdesano ha construido en la capital del municipio una carrera marcada por el realismo, la constancia, los viajes internacionales y una forma íntima de entender el arte sobre la piel

A.M.S.

Echando la vista atrás Diego Álvarez no habla de un camino fácil, pero sí de un camino propio. Reconoce que muchas de las trabas se las puso él mismo: la duda, el miedo a no ser capaz, la incertidumbre de no saber si aquello saldría bien. "La principal traba me la ponía yo a mí mismo, porque no me creía capaz", admite.
En ese camino, su pareja María tuvo un papel fundamental. Fue ella quien le animó a mirar el tatuaje como algo posible, primero durante aquella etapa en Irlanda y después ya de vuelta en Asturias. “Me empujó a hacerlo y a no pensarlo tanto”, cuenta Diego. También fue aprendiendo, dice, “en el día a día, a tomar decisiones no arriesgadas, pero sí más atrevidas”.
Abre la puerta de su estudio en Luarca, un espacio que un día fue revelado de fotos y más tarde salón de estética, y la luz entra ahora sobre algo profundamente personal. Hay algo en ese lugar que susurra intimidad, historias contadas en voz baja y una forma de mirar el oficio casi a flor de piel.

Diego Álvarez, en su estudio de tatuajes, en Luarca. / Ana M. Serrano
Diego Álvarez va vestido de negro, al fondo suena la música que le gusta. Habla con tranquilidad de sus hitos, salpicados por una historia de amor que, aunque no lo diga abiertamente, está en el origen de todo. En varias ocasiones pronuncia el nombre de María, quizá en los momentos decisivos de su historia: la mujer con la que hoy tiene un hijo, con la que emprendió la aventura de irse de España y la que un día le dijo: "¿Por qué no pruebas a tatuar? Que se te da bien dibujar".
Aquel comentario le quedó rondando. "Allí, en Irlanda, se me abrió un poco la cabeza", recuerda el protagonista de este reportaje. Hasta entonces había trabajado como soldador, un oficio que no desprecia, pero en el que no se veía toda la vida ("Soldar no me disgustaba, pero pensaba: no me quiero pasar mi vida soldando"); y había renunciado la Escuela de Arte, al grado de grabado y estampación). En Irlanda empezó a hacer trabajos más artísticos, a pintar paredes, a dibujar retratos, a recibir pequeños encargos: "Aunque fuera difícil, a lo mejor podía intentar vivir del arte algunos años”.
Cuando regresó a Luarca, compró unas máquinas, consiguió material y empezó a practicar. Primero en piel sintética, en limones, en lo que tuviera a mano. Después, como tantos tatuadores, montó un pequeño miniestudio en casa. "Me dejaron una camilla, puse una habitación como si fuera un estudio y venían amigos. Tardaba muchas horas, los invitaba a comer y esos son mis primeros recuerdos tatuando", recuerda entre risas.
Con el tiempo llegó Instagram, los primeros trabajos compartidos y la llamada de un estudio. Después apareció la idea de abrir algo propio en Luarca. "Seguía tatuando en casa y cada vez venía más gente. Me conocían, me decían: ‘Oye, tatuaste a mi amigo, pues me gustaría tatuarme contigo’". Y entonces se lanzó. Buscó local, hizo los cursos sanitarios, se dio de alta y empezó.
Primero fue un espacio pequeño, interior, sin grandes pretensiones, en la avenida de Galicia. Luego llegó el estudio actual, en la calle Párroco Camino y junto al río Negro. "Vi este local y pensé que, para estar en Luarca, era estéticamente muy bonito y pegaba mucho como estudio de tatuaje". Allí sigue. Y allí parece haber encontrado una forma de trabajar que encaja con su carácter: íntima, tranquila, sin artificio. "Siempre estoy yo con el cliente, nuestra música… A veces el cliente viene con un podcast, lo ponemos y estamos en silencio. Luego están las vistas del río, los peces, los patos… Eso en una ciudad no lo tendría".

Dibujos a carboncillo hechos por Diego Álvarez. / Matilde Bousoño Serrano
Diego Álvarez es artista, de esos humildes que hacen mucho y calan más. Ha logrado hacerse un nombre, incluso fuera de España, pero cuando habla de sí mismo evita la épica. Dice, sencillamente, que es trabajador. "No me considero una persona talentosa, sino una persona trabajadora. Puede haber algo de talento, claro, pero si no hubiese trabajado día tras día, sábados, domingos, lunes… no estaría aquí". Para él, el talento no sirve de mucho si no se entrena. "El talento hay que trabajarlo", insiste. Y compara el tatuaje con surfear: pueden darte pautas, consejos, trucos, pero hasta que no estás en la ola no aprendes de verdad. En su caso, esa ola ha sido la piel. "La técnica se coge con el tiempo. Por mucho que te enseñen, hasta que no estás todos los días tatuando no se convierte en una habilidad", resume.
Exigencia alta
La presión, reconoce, también forma parte del oficio. Un tatuaje no es un papel que se arruga y se tira, "es algo que va a quedar siempre ahí. Si fallas en la piel, no es lo mismo", dice. Por eso se exige tanto y siempre expresa lo mismo a los clientes: "Tú tienes que estar contento con el resultado, pero yo tengo que estar más". Su especialidad es el realismo, un lenguaje al que llegó casi de forma natural después de una vida dibujando. "Toda mi vida estuve ligado a dibujar, sobre todo con carboncillo, óleos, realismo figurativo. A la hora de llevarlo a la piel, es como traspasar lo que haces en papel, pero cambiando la técnica", cuenta. En su trabajo pesan los años de dibujo, la observación, la paciencia y una manera de entender el tatuaje como una extensión del arte y en su estudio se pueden ver dibujos, arte que impacta-
También ha visto cambiar el sector. "Evolucionó muchísimo. Cada vez la gente hace cosas mejores. La técnica y el acabado están a un nivel increíble", opina. Habla del realismo, del neotribal, de los estilos que vuelven, se transforman y se reinventan. Pero también de un reto cada vez más presente: la influencia de internet. Lo dice sin tapujos: "La gente viene con muchas ideas ya preestablecidas. Tienes que intentar que no sea una copia de otra cosa, porque tampoco es bonito que todo el mundo lleve lo mismo".
Aun así, entiende que no siempre es fácil. En el realismo, por ejemplo, muchas veces se trabaja desde referencias reales. "Si alguien quiere la cabeza de un lobo, es muy difícil hacer una cabeza de lobo que no exista", pone como ejemplo. Pero incluso ahí intenta buscar un punto propio, una composición, una manera de llevar al cliente hacia algo más personal.
Ya no es una moda de juventud
El tatuaje, dice, se ha democratizado. Ya no pertenece solo a jóvenes, músicos, futbolistas o gente vinculada a determinadas escenas. "Por aquí pasó una persona de noventa y tantos años a tatuarse. Venía toda la familia y se hicieron un tatuaje simbólico. Para mí fue muy bonito", expresa. También ve cada vez más personas mayores que se tatúan retratos de sus nietos o símbolos familiares.

El tatuador reflejado en el espejo que preside uno de sus espacios. / Ana M. Serrano
Y a él, los tatuajes, le siguen pareciendo una forma poderosa de llevar el arte encima. "Me encantan. Me parece una manera de llevar el arte en la piel". Aunque, al pensarlo bien, le gusta señalar una paradoja: el tatuaje es permanente, pero también efímero. En sus palabras: "Va a estar siempre en la piel, pero todos nos vamos a morir. Los tatuajes se van con nosotros. Solo quedan las fotos". Quizá por eso insiste en que hay que pensarlo bien. No todo lo tatúa. Rechaza, por ejemplo, simbología política o mensajes de odio. También ha dicho que no a tatuajes en la cara cuando no veía segura a la persona.
Sigue trabajando en Luarca, aunque sabe que una ciudad grande le ofrecería otras posibilidades, más movimiento, más contacto con otros artistas, más selección del tipo de trabajo. Pero también sabe lo que tiene aquí. "Ahora ya tengo mi familia aquí, mi casa, mi mujer, mi hijo. Mi idea es seguir aquí hasta que me jubile".
Ha viajado para tatuar, ha trabajado en Dubái, ha conocido clientes de distintos países y ha sentido esa sorpresa de que alguien al otro lado del mundo quiera llevar un tatuaje suyo. "Cuando vas a Dubái y hay gente de Australia o de China que quiere tatuarse contigo, piensas: qué pasada", dice risueño. Pero esos viajes también le han servido para valorar más su lugar porque después de haber viajado y de haber vivido fuera, "valoro más esto de aquí. Me parece una zona muy atractiva para quedarme y desarrollarme".
Luarca, su río, la calma del estudio y la conversación con cada cliente forman ya parte de su manera de entender el oficio. Un oficio que empezó casi por una intuición, por una frase de su pareja, por una puerta que se abrió en Irlanda y otra que se abrió después en casa. Y que Diego resume sin adornos, como quien sabe que detrás de cada logro hubo muchas horas de trabajo: "Si tienes un sueño por cumplir, ya sabes: hay que trabajar por él". En Luarca su nombre es también muy conocido por otra faceta: es el número 5 del Concejo, equipo de fútbol sala con ua afición incorruptible.
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