Mi vida con un poeta
La mujer de Carlos Bousoño rememora los 37 años de fecunda relación con el escritor y académico asturiano

Mi vida con un poeta
2 Ruth Bousoño
A comienzos de 2008 me llamó por teléfono Concha Jiménez Castro, concejala de Cultura del Ayuntamiento de Jaca (hoy también Consejera de Cultura de la Jacetania), a quien no conocía, para invitarme a un curioso encuentro de esposas de poetas y escritores en el que esta jienense inteligente y apasionada (de los pocos políticos que he conocido con un gran corazón) pretendía arrancarnos, a las «sufridoras» esposas de los poetas españoles postcontemporáneos, nuestras más íntimas confesiones sobre la vida al lado de los elegidos por los dioses. El título de tan original encuentro no podía ser más hermoso: «La mano que mece la pluma». La primavera pasada se celebró, con igual éxito de público que el primer año, el segundo de dichos encuentros.
A lo largo de mi vida he asistido a más de medio centenar de encuentros literarios, y pocas veces he visto una organización tan verdaderamente magistral como la de los dos encuentros jaqueses de las consortes de los poetas. A raíz de dichos encuentros he meditado lo que ha sido mi vida al lado de un poeta, y estas son mis conclusiones:
Me casé con el poeta, teórico, y crítico literario Carlos Bousoño muy joven, cuando él tenía cincuenta y dos años, y ya había publicado nueve libros. Era su primer matrimonio y, por supuesto, también el mío. Nuestro caso difiere de todos los que conozco de escritor o artista mayor que se casa con una mujer mucho más joven, como son, por poner unos cuantos ejemplos, el de Pablo Casals y Marta Casals, Andrés Segovia y Emilia del Corral, Alberto Moravia y Carmen Llera, José Saramago y Pilar del Río, Camilo José Cela y Marina Castaño y Rafael Alberti y María Asunción Mateo. Todos ellos se casaron en segundas o terceras nupcias, y casi todos aportaban hijos. Y ellas, o se casaban en segundas nupcias o aportaban hijos, o bien se casaban ya maduritas, excepto la puertorriqueña Marta Casals Istomin, que a los veinte años se casó con un genial músico de ochenta.
A Carlos lo conocí en la Universidad de Nueva York en Madrid, en 1972, cuando me matriculé en un curso que impartía sobre «Poesía Española Contemporánea», en el que fundamentalmente explicaba la poesía de Antonio Machado y Juan Ramón Jiménez desde los presupuestos de su teoría literaria. Aunque yo ya había sido alumna de destacadísimos intelectuales en mi alma máter del Upper East Side de Nueva York -como fueran, Soledad Carrasco Urgoiti, (la más conocida especialista en literatura morisca de la segunda mitad del siglo XX), Joan Stambaugh (la alumna predilecta y mejor traductora de Martin Heidegger), y José Olivio Jiménez (uno de los mejores críticos de poesía hispanoamericana del último tercio del siglo pasado)-, consideré un privilegio ser alumna en Madrid de, aparte de Carlos, Pilar de Madariaga, José Hierro, Alfonso Sastre, Alberto Sánchez, Aurora de Albornoz y Enrique Tierno Galván.
En el verano de 1972 José Olivio Jiménez (quien había sido alumno de Carlos de doctorado en los años cincuenta) le comentó a éste que vendría a Madrid una de sus más queridas alumnas, quien, además, cumplía todos los requisitos de la mujer ideal del poeta asturiano. Pero estoy convencida, sin embargo, de que cuando empecé a asistir a sus clases no se acordaba ni remotamente de la advertencia que le hiciera su querido amigo José Olivio. Es más, creo que no lo recordó nunca, pues yo me enteré de ello en un homenaje que le hicieron a José Olivio Jiménez en el Círculo de Bellas Artes de Madrid en 2003, de boca del homenajeado.
El motivo de nuestra primera salida en noviembre de 1973 fue académico: yo quería hacer una tesis doctoral sobre el expresionismo en Valle Inclán y quería que Carlos fuera mi director de tesis. Él se ofreció encantado y me invitó a un café muy frecuentado por la intelectualidad de izquierdas del Madrid de entonces, el conocido, y muy concurrido, Oliver, en la calle Conde de Xiquena. No tuve ocasión ni de balbucear el rudimentario esquema de tesis que le iba a proponer. El muy experimentado conquistador de alumnas suplantó al respetadísimo profesor y se lanzó a la conquista de la muy aplicada, deslumbrada y jovencísima alumna americana que asistía matriculada a sus clases de posgrado.
Me dedicó un libro que llevó como anzuelo, en el que me invitaba a la casa de su tío, en la isla de Ibiza, para el verano de 1974. Me quedé más asustada que halagada, ya que no entraba en mis esquemas mentales irme de vacaciones a solas con un hombre con el que no estaba casada. Y le dije que me parecía imposible.
Mis compañeras de curso, enamoradas todas del profesor Bousoño, quedaron impactadas al saber que en mi primer encuentro académico con éste había surgido un chispazo amoroso. Hacían corro alrededor de mí cada vez que volvía de una cita con nuestro «profe». Querían saberlo todo, y se quedaban todas boquiabiertas y lánguidas con cualquier detalle que yo les contara.
Nuestro noviazgo siguió viento en popa. Carlos me presentó a casi todos sus amigos en Oliver. Allí tuve la ocasión de conocer a Francisco Brines, José Hierro, Claudio Rodríguez (y su mujer Clara Miranda), Francisco Nieva, Javier Marías, Ángel González, José Manuel Caballero Bonald, Fernando G. Delgado, Juan Cruz, Juancho Armas Marcelo, Joaquín Vaquero Turcios, José Lucas, Antonio Quirós, José Hernández, Paco Rabal, Carlos Saura y Geraldine Chaplin, entre otros muchísimos.
Los meses pasaban y Carlos no lograba arrancarme el sí para acompañarlo a Ibiza el verano siguiente. Lo intentó todo, y al ver que ya estábamos bien entrados en la primavera, y yo seguía negándome a desplazarme de vacaciones a solas con él, se le ocurrió decirme que se quería casar conmigo, pues era yo, me aseguró, la única mujer que podía lograr que perdiera su recalcitrante soltería. Yo me tomé en serio su propuesta, pero pasados unos meses la idea del matrimonio lo ponía algo nervioso, a pesar de sus buenísimas intenciones. Una muchacha que le llevaba la casa -a la que le hacía poca gracia perder la hegemonía en la casa de su despistado patrón solterón-, me espetó un día, entre el segundo plato y el postre, la siguiente impertinencia: «Señorita, no se haga de ilusiones: el señorito ha tenido muchas novias y no se ha casado con ninguna: No se casará con usted, pues por aquí han pasado muchas». A lo que yo le contesté muy tranquila: «No se preocupe, que conmigo sí se casará». Aurora de Albornoz, en cambio, iba diciendo por todo Madrid que si Carlos no se casaba con Ruth, no se casaría con nadie. Esa confianza en que una puertorriqueña sí lograría hacer que Carlos pasara por el altar debía de dársela los muchísimos años que vivió en Puerto Rico como exiliada.
Nos casamos el sábado 22 de noviembre de 1975, en el distrito registral de Palacio, el mismo día en que Juan Carlos I fue proclamado Rey en las Cortes Españolas (el 1 de enero de 1976, la muchacha impertinente que me había advertido que su «señorito» no se casaría conmigo, se autodespidió). Fue para mí una tranquilidad saber que mis hijos no nacerían en una dictadura. Aunque a todos nos quedaba claro que Juan Carlos I se proponía ser un Rey constitucional, sin embargo, había una preocupación generalizada sobre cuál iba a ser la reacción de la cúpula del franquismo, que vería sus privilegios amenazados. Y gracias a la inestimable ayuda del inteligentísimo y habilísimo asturiano Torcuato Fernández-Miranda, el Rey pudo sacar adelante su proyecto democrático, sin que se derramara una sola gota de sangre: España estará siempre en deuda con él.
He tenido una vida muy intensa con Carlos. Los dos tenemos una personalidad muy definida, pero al tener él una vocación poética tan marcada, que impregna la totalidad de su ser, delegó en mí todo lo que no fuera escribir su obra poética y teórica. Él sólo ha tenido que dedicarse a lo que le apasiona. En lo suyo ha trabajado como nadie: siete horas diarias de clase durante más de cuarenta años, más de una docena de libros (entre los cuales se encuentran seis extensas obras de teoría y crítica literaria) y cientos de conferencias y lecturas de versos en más de cincuenta años.
Me he involucrado en su vida de tal forma que no he reservado casi espacio para desarrollar las actividades para las que me faculta mi amplio currículum vitae. Sólo en los últimos años he empezado a hacer algún pinito con artículos de prensa y una traducción del «Otelo» de Shakespeare que tengo metida en un cajón a la espera de verla publicada; sobre todo, para darle gusto a Paco Nieva, quien me anima mucho a sacarla del cajón.
Más de una persona me ha preguntado a lo largo de mi vida que por qué me casé con un hombre que me lleva más años de los que le llevo yo a nuestro hijo mayor. La respuesta parece muy fácil: me casé con Carlos porque no me crié con mi padre, y porque siempre eché de menos la figura de un padre protector. Pero si tenemos en cuenta que en Carlos no encontré un padre, ni tan siquiera un tío, sino un auténtico y real nieto, que me encasquetó su compleja vida para que yo se la administrara como haría una amorosa abuela con su nieto preferido, habría que pensar que me deslumbraron tanto su seductora personalidad, su inteligencia, su forma de leer la poesía y su chispeante sentido del humor, que me enamoré de un padre intelectual, que no es poco. Sin embargo, nunca ha ejercido como tal, sino que he sido yo la que he tenido que estar alerta para absorber toda la riqueza que emana de un ser tan deslumbrante como él.
Carlos siempre ha estado muy presente en mi vida y en la de nuestros dos hijos, Carlos y Alejandro. Hemos girado todos a su alrededor, pero teniendo total y absoluta independencia para ser plenamente nosotros mismos. A mis hijos creo que no les ha afectado en nada tener un padre conocido: puse todo mi empeño en que así fuera. Y yo he logrado conservar mi personalidad, a pesar de haber vivido en contacto directo con escritores, artistas y científicos del más alto nivel, tanto españoles, como extranjeros. He tenido la suerte de haber conocido junto a Carlos, aparte de a los antes citados a Dámaso Alonso, Gerardo Diego, Jorge Guillén, Rafael Alberti, Rosa Chacel, Ernestina de Champourcin, Jorge Luis Borges, Rafael Lapesa, Julián Marías, Francisco Grande Covián, Pedro Laín Entralgo, Francisco Ayala, Juan Marsé, Gonzalo Torrente Ballester, Carlos Fuentes, Mario Vargas Llosa, Manuel Seco Reymundo, Eduardo García de Enterría, Nuria Espert, Montserrat Caballé, Luis de Pablo, Pilar Miró, José Luis Borau, Luis García Berlanga, Pablo Serrano, Juana Francés, Rafael Canogar, Gustavo Torner, Antonio López, Eduardo Chillida, a los premios Nobel Vicente Aleixandre, Camilo José Cela, Severo Ochoa, Octavio Paz, Ilya Prygoyine, Murray Gell-Mann, Wole Soyinka, Derek Walcott y José Saramago, y a un larguísimo e importantísimo etcétera que me resulta imposible enumerar aquí. De todos he aprendido muchísimo, y muy especialmente de mi queridísimo Carlos.
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