Una juez de instrucción en una ciudad norteña cuyo nombre empieza por «G», con playa, paseo y siempre encapotada, provoca escoceduras con su ímpetu indagador. Parece real pero se trata de Mariana de Marco, el personaje central de la serie de novelas policíacas que José María Guelbenzu (Madrid, 1944) estrenó hace una década y que ahora con «El hermano menor» alcanza su quinto título. Guelbenzu ha escogido, por su conocimiento del escenario, un Gijón difuminado pero bien reconocible para situar a ese personaje que se acrecienta en cada entrega y que ha proporcionado un buen puñado de nuevos lectores a quien ya era uno de los autores españoles con mayor consistencia. La juez seguirá, pero empieza a dar síntomas de cansancio de su actual destino por lo que, en una próxima novela, estará ya lejos de «G...».

En Oviedo cumplió con esa obligación que tiene todo autor de hacer visible su trabajo en una jungla editorial en la que «el libro tiene cuatro meses de vida» y la guillotina aguarda a los miles de ejemplares que no encuentran comprador con rapidez.

-«G...», esa ciudad en la que ejerce la juez de sus novelas, es verde y con asas o, mejor dicho, tiene muro y escalerona.

-No quería estar demasiado atado al catastro. Quería asentarme en una ciudad conocida pero permitirme hacer variantes sin riesgo, de ahí ese punto de indefinición.

-En todas sus novelas hay una inclinación muy fuerte al Norte y aparecen escenarios asturianos bien reconocibles. ¿De dónde viene esa querencia?

-El Norte es mi territorio favorito porque los veranos de la infancia y adolescencia, lo único interesante en una vida tan gris como la que llevábamos bajo el régimen franquista, están relacionados con este paisaje. Es, en cierto modo, el mito del paraíso perdido, el lugar al que siempre se desea volver. De hecho, yo tengo una casa con el corazón dividido porque está en Cantabria pero al lado mismo de la línea fronteriza, en las Tinas, con lo que he conseguido un equilibrio entre Asturias y Cantabria. Pero la que más influencia ha tenido, viendo las fechas de mis novelas, es Asturias.

-La juez Mariana de Marco va ganando consistencia en cada entrega.

-La serie va claramente en progreso. Al principio, por tratarse de un género nuevo para mí, la progresión era fácil, pero ahora ese avance se hará cada vez más difícil porque, a medida que me acerco al límite de mis posibilidades, el esfuerzo es cada vez mayor. De hecho, en el fondo, aspiro a culminar la serie con una gran novela sea o no policíaca, aspiro a alcanzar la síntesis, ésa es la ambición secreta.

-¿Hacia dónde avanza esa mujer que es el centro de las novelas de esta serie?

-Nace realmente en la segunda novela, la que está enteramente dedicada a ella. Ahí es donde descubre una zona de su carácter sobre la que está gravitando todo lo posterior, que es una cierta inclinación morbosa hacia lo maligno, que posteriormente se concreta en una tendencia al peligro. Al mismo tiempo, su carácter, su rasgo de persona fuerte y valerosa, con convicciones morales, es lo que la saca de apuros y lo que va marcando su evolución, que se sustenta sobre la creencia de que el destino es el carácter.

-Un escritor que marcó un hito en la literatura experimental como fue «El mercurio» termina bastantes años después dedicado a la literatura popular.

-El género policíaco -no la novela negra, de la que no soy tan entusiasta, aunque creo que en este momento estoy a caballo entre ambas- no considero que sea un género menor. Lo anglosajones llaman a la literatura general «mainstream», corriente principal. Y en la medida en que hay una corriente principal los géneros son afluentes, y por tanto, los que alimentan el río. El género policíaco tiene una vocación de llaneza, probablemente por su sujeción tan fuerte a la intriga. Pero quiero recordar que el canon de la novela se fija en el siglo XIX y está dominado por la literatura popular pura y dura. Dickens, Balzac? eran novela popular y transcurrido el tiempo, lo popular no necesariamente tiene que tener una connotación chabacana, sino que marca un estilo sencillo, directo y eficaz. Y hacerlo bien es tan riguroso como hacer bien un tipo de literatura más ambiciosa, por así decir. La diferencia respecto a la novela en general consiste en que la policíaca tiene unas convenciones establecidas, que te dirigen la estructura de la novela. Sería la misma distinción que entre el soneto y el verso libre. La literatura de género te obliga como el soneto y lo otro es verso libre.

-¿Y cómo es ese paso de la novela con mayor pretensión literaria, por así decirlo, a la policíaca?

-El paso lo doy cuando ya está consolidado mi trabajo dentro de la literatura general. Y la razón de empezar con esto es bastante tonta. Cuando estaba escribiendo la novela «Esta pared de hielo» tenía tales dificultades que me atascaba y no sabía seguir. Y simplemente para no perder el hilo de la escritura decidí comenzar una novela policíaca. No tenía intención de escribir ninguna más, pero se me ha impuesto el personaje central, que me pareció tan interesante después de la primera novela que decidí que no lo podía desaprovechar y que seguía con él a través de otras entregas. Fue así como comenzó a evolucionar, a adquirir una complejidad progresiva y, en última instancia, sin perder la popularidad, empecé a darle un tono literario más acentuado. De hecho me parece que fue deliberado presentarla al premio «Torrente Ballester» y ganarlo.

-Desde la perspectiva del autor, ¿cómo se vive el distinto recorrido que pueden tener un libro como «El amor verdadero», su anterior novela y «El hermano pequeño»?

-«El amor verdadero» lleva cuatro ediciones y después de un año sigue manteniéndose viva y vendiéndose. En estos momentos en que una novela no llega al año de vida y a los seis meses está desaparecida, para mí ha sido algo extraordinario, una experiencia nueva. Entre estas dos no hay diferencia, desde esa perspectiva de la aceptación, aunque sabes que está reducido a un tipo de público más exigente y más pequeño porque no hay buenos lectores en España. Creo que fue Jesús Ferrero el que dijo que lectores de verdad en España hay diez mil, que no dan abasto a repartirse todo lo bueno que sale.

-Los libros tienen ahora una vida mucho más corta.

-Prácticamente tienen cuatro meses de vida. Los hay que quedan, bien porque son best seller, bien porque siendo libros de peso han encontrado un público que los sostiene. Editar un libro es inmovilizar dinero, hay un capital que debe recuperarse lo antes posible. De lo contrario, no sólo lo tienes inmovilizado sino que además te empieza a costar dinero porque hay que guardarlo en un almacén que genera unos gastos. La tendencia empieza a ser a guillotinar los sobrantes de edición de forma inmediata, en cuanto empiezan las devoluciones y baja la tensión de venta. Ahora se están editando libros que a lo mejor vende 600 ejemplares nada más. Eso es pasto de papel reciclable. El mal endémico de la edición española es que la oferta ha sido siempre superior a la demanda y eso crea un exceso y una confusión que contribuye al malestar general de la vida de los libros.

-Esa proliferación de libros ¿facilita algo las cosas a una autor nuevo?

-Al contrario. Cada vez es más difícil, debido a la confusión que provoca esa producción innecesaria, sacar cabeza y apostar por alguien nuevo. El editor ahora sólo apuesta por lo que cree que va a vender. Por eso la labor primordial de la edición literaria la están llevando a cabos los pequeños y medianos editores. Los grandes si tienen gente de calidad es porque ya han demostrado que venden.

-El mundo del libro, que usted conoce desde la doble perspectiva de autor y del editor que fue, está hoy en manos de gentes ajenas a él o que podrían dedicarse a cualquier otro negocio.

-Alguien dijo, refiriéndose al mundo editorial americano, que antes la edición era una ocupación de caballeros y ahora es un trabajo de rufianes. Sin llegar a eso, porque es muy fuerte lo de rufianes y porque los editores tampoco eran tan caballeros, sí es verdad que existían editores que consideraban que junto al negocio estaba el fomento de la cultura y ahora dominan los que le da igual vender cualquier cosa. Los primeros creaban lectores y los segundo halagan a los ya existentes. El mercantilismo actual implica además un desdén hacia lo que es noble, lo que es profundo, lo que es complejo y eso ya resulta más detestable. El pensamiento y la buena literatura han sido siempre minoritarios hasta que alcanzan la consagración como clásicos. Confundimos el éxito con vender mucho. El éxito es conseguir lo que te proponías. El escritor vocacional quiere vivir, si puede, de la literatura, pero no está buscando el éxito comercial, no es su primera dedicación.

-Pero sobre todo da la impresión quienes toman las decisiones editoriales no son lectores cualificados.

-En mi época existía lo que se llamaba el director literario, que no era el director literario, pero que tenía un gran peso en las decisiones de contratación y publicación. En estos momentos esa figura está completamente sojuzgada por el ejecutivo editorial, que es el que no tiene ni idea de libros.

-El cambio tecnológico también crea incertidumbres en la actividad editorial y los autores parecen el eslabón más débil de la cadena.

-El autor es el que suministra la materia prima. El problema está en cómo se manipula esa materia por los encargados de venderlo. En el mundo audiovisual en el que nos movemos la unidad de medida es el impacto, es un mundo más de frases que de conceptos o de pensamientos y por ahí va a producirse un empequeñecimiento extraordinario. Pero las nuevas tecnologías van a resolver los problemas de los fondos editoriales. En el momento en que se digitalicen los libros cualquiera de ellos será asequible, mientras que ahora hay muchísimos que estando agotados ya no se pueden adquirir. Otra parte positiva es la bajada de precios, porque los nuevos soportes van a permitir un abaratamiento. Tenemos el peligro de la gratuidad, pero yo creo que eso es temporal. La principal amenaza es la insustancialidad, la superficialidad, el no análisis de las cosas.

-Usted aparece mucho en la biografía novelada de Jesús Aguirre, el duque de Alba, escrita por Manuel Vicent, una visión muy particular de un momento de gran interés en la vida social y cultural española

-No lo he leído todavía. Pero es bastante probable que yo aparezca. Vicent al escribir este libro ha debido utilizar muchos ecos del mundo esperpéntico de Valle Inclán, de tratar de dar una visión real pero por medio de un espejo deformante. Y desde ese punto de vista sospecho, porque insisto en que no la he leído, que debe ser bastante real.

-Pese a esa deformidad, el momento y los personajes que retrata Vicent resultan muy atractivos, era un mundo muy rico.

-Era el reducto de la inteligencia, ahí estaban todas las personas que han tenido peso en la evolución cultural y social de España. De un modo u otro pasaban todos por el mismo cedazo porque todos estaban constreñidos en el mismo espacio, aquello era el cogollo de lo que luego fue la transición.