Entre los años 1960 y 1978 salieron de la Universidad Laboral de Gijón más de cuatro mil jóvenes, todos ellos preparados para acceder de inmediato a un puesto de trabajo. Muchos lo hicieron y otros, en cambio, siguieron formándose para derivar en decenas de profesiones y destinos. La actual lista de los antiguos alumnos de la Laboral, aquellos que han podido ser controlados y ubicados hasta la fecha, es un mapa de España completo: las 17 comunidades autónomas representadas en aproximadamente 1.600 nombres.

La Asociación de Antiguos Alumnos, presidida por Antonio González (promoción de 1964) se lo ha tomado muy en serio. Antonio llegó en 1956 a la Universidad Laboral. «En aquellos años, el que el hijo de un obrero pudiera estudiar y formarse todavía chocaba a más de uno», dice. El secretario de la asociación, Miguel Ángel Caldevilla, lo hizo tres años después. «Llegábamos con el cepillo de dientes como único equipaje. En la Universidad Laboral nos daban todo lo demás, la ropa, los zapatos, hasta la ropa interior», que era de un tejido tan áspero que acababa por destrozar ingles infantiles. La Laboral era colegio, taller, casa, lugar de ocio, comedor, dormitorio, campo de deporte y, en cierto modo, sustitutivo con mayor o menor éxito de la familia que al inicio de cada curso cientos de niños procedentes de toda España dejaban atrás para ingresar en el internado gijonés.

«Más de 300 alumnos nuevos», proclamaba una noticia de «La Torre», una publicación nacida en la Universidad Laboral en enero de 1960. «Los «viejos» debéis recibirles con los brazos abiertos», se aconsejaba. De Guipúzcoa llegaban 43; de Palencia, 23; de León, 22, y de Madrid, 21, como principales provincias suministradoras de alumnado. En aquel curso 1960-61 se incorporaron 65 asturianos.

Y así durante décadas. En 1978 los jesuitas abandonaron la responsabilidad de gestión del centro, pero el fluir de alumnado siguió y, de hecho, la tradición se mantiene actualmente con el IES de la Universidad Laboral y con el centro integrado de FP. Se cumplen 55 años de presencia continuada de alumnos y profesores en las dependencias de esa ciudad autónoma, monumental, de estética clásica y torre al viento, el sueño nunca completado del arquitecto Luis Moya.