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LUIS LANDERO | Escritor, publica "El balcón en invierno"

"Si un joven me pregunta qué hacer para triunfar, le digo que lea"

"La muerte de mi padre fue una liberación y una condena, es un hecho fundacional en mi vida"

Luis Landero, en la plaza del Fontán de Oviedo, donde presentó su última novela.

Luis Landero, en la plaza del Fontán de Oviedo, donde presentó su última novela. nacho orejas

Luis Landero (Alburquerque, 1948) consuma en "El balcón en invierno" (Tusquets), su última novela, ese libro que cualquiera desearía escribir para explicarse su propia vida y contarla a los demás. Habla de "cómo fui encontrando un sentido a mi vida en el oscuro y errático devenir de los años", de cómo un niño crecido al calor del relato oral termina por encontrar el camino de la escritura. Cuenta sus momentos cruciales, esos que "son capaces de torcer el destino, de cambiar o corregir en un instante el curso de una vida". De entre todos ellos destaca la muerte de su padre, un "hecho fundacional" que, escribe, forma parte de "un pasado que nunca acaba de pasar". Un relato personal de lo vivido -algunos de cuyos episodios nutren los libros anteriores del autor de "Juegos de la edad tardía"- en el que también se introduce el presente colectivo cuando el autor afirma que "estamos en plena crisis, pero mal que bien la vida sigue su curso mientras en las alturas el vendaval de la historia sopla con dureza". De todo ello habló Luis Landero en Oviedo, en la Biblioteca Pérez de Ayala, en la presentación de su novela más reciente.

-En "El balcón en invierno" su mundo habitual se muestra con una intensidad que no tiene en otros libros. Es como si el autor se enfrentara a una etapa de la vida muy decisiva, en la que el pasado debe quedar bien resuelto.

-Lo que hago es algo parecido a desvelar el truco del mago. Muy avanzados mi itinerario literario y mi vida, se comprueba que lo que yo he escrito se nutre fundamentalmente de mi existencia, como un molino que moliera siempre el mismo grano. Tampoco tenía un plan para esta novela, pero soy muy consciente de que lo que he escrito es mi vida ficcionalizada, que es lo que hacen todos los escritores. Quien haya leído mis libros anteriores verá ahora de dónde salen determinadas cosas.

-La muerte de su padre es el episodio central de su vida, según relata. Cuando cuenta los últimos momentos de su padre muestra también el pesar por no haber tenido el valor de despedirse de él.

-En las vidas de las personas a veces hay hechos decisivos, en unas ocasiones de forma más visible que otras. Existen auténticos yacimientos ocultos de experiencias que guían tu destino y de las que tú no eres consciente. En mi caso se trata de un hecho objetivo y claro que es la muerte de mi padre. Antes de eso yo ya era poeta, pero no sabía cuál era mi mundo. Encontrar su mundo es lo más difícil para un escritor, lo que te hace ser tú y escribir lo que nadie más puede escribir. Tras la muerte de mi padre, seguí escribiendo, pero me di cuenta de que mi mundo de ficciones y los oscuros demonios literarios que a veces habitan dentro de uno fueron saliendo a la luz. Y todo fue a raíz de eso. Fue un hecho fundacional.

-Su padre es un personaje ambivalente, que introduce mucha oscuridad en la vida familiar, pero que cuando se va deja en usted el remordimiento de una deuda sin saldar y la ausencia de un empuje vital.

-En efecto, el suyo era un mundo de sombras. Es duro decirlo: la muerte de mi padre fue una liberación y una condena, es algo en lo que todavía estoy, con la culpa de que su desaparición me liberó de muchas cosas. Y la culpa también de no haberlo sabido comprender, de que todo lo hizo por mí y se sacrificó por mí. Ahí hubo un gran malentendido, entre lo que yo creía que él quería de mí y lo que él pensaba que yo era. Hubo un desencuentro tremendo.

-El autor afronta al comienzo un dilema entre echar a rodar una nueva historia o contar la suya propia, que se resuelve a favor de esta última opción. ¿Esa renuncia a otras ficciones es definitiva?

-No, de hecho estoy ya con otra novela. Eso responde a momentos o bajones en lo que uno se plantea que tiene que escribir algo que sea esencial, que no sea una repetición o una novela más. A cierta edad esto se vuelve más apremiante, empiezas a pensar en que tienes que tratar de escribir algo definitivo.

-¿Entonces no hay dilema entre ficción y vida?

-Ese dilema no existe, la cuestión fundamental es que lo que escribas sea verdadero. Se trata de escribir algo que te reclama, atender a oscuras peticiones personales. La grandeza del escritor se mide por su capacidad para iluminar esa zona oscura que todos tenemos dentro. Esto es algo que puede extenderse al conjunto de las artes. Este libro lo he sentido como un fogonazo, algo que ya me ocurrió con otros, pero en éste de un modo especial. Sentía que me iba adentrando en un lugar de tinieblas y que según avanzaba se iba haciendo la luz. Ésa es la sensación maravillosa que tuve durante todo el tiempo de escritura. Y además jugando con elementos muy reales. El tiempo, el espacio, los personajes, eran todos reales, no he tenido que inventarme nada. Ese mundo oscuro era mi pasado, que no siempre es el pasado objetivo, sino el pasado subterráneo. Todo eso ha ido saliendo y haciéndome feliz durante los siete u ocho meses que he tardado en escribir el libro. La ficción hace lo mismo: poner luz en un enigma.

-A la vista de los resultados la vida, al menos la suya, da la impresión de tener más potencia que cualquier ficción.

-Vida y ficción son cómplices, forman una unidad. Realmente no has vivido algo hasta que no lo cuentas, lo recuerdas o lo sueñas. El cuento, el recuerdo o el sueño es lo que completa la experiencia real. Vivir es vivir más contarlo. Eso le pasa a todo el mundo, no es algo privativo del escritor. Todos necesitamos contar lo que nos sucede para descifrar lo que hemos vivido. La vida no está completa sin el cuento, se vive y se cuenta. Ése es el origen de la literatura: alguien sale de un poblado y a su regreso narra lo que le ocurrió. En ese momento surge esa maravilla que es vivir más contar.

-Usted es un lector más bien tardío.

-Tardío pero intenso. Y no es poca herencia el lenguaje oral. De la oralidad se me quedó para siempre la música, cuando escribo lo hago sobre el molde del lenguaje que aprendí de niño. Es la música del idioma, que luego reafirmé en los clásicos españoles. He leído mucho y se han ido uniendo muchas voces a las que yo escuchaba en mis primeros años. Todas ellas han ido agrandado y me han ido reafirmando en que la primera voz, en la que está el espíritu de la lengua, es el lenguaje oral, el que había antes y que ha desaparecido. El lenguaje oral que yo conocí venía rebotando desde siglos atrás. Al leer a García Márquez, a Carpentier o a Vargas Llosa me he ido reencontrando con el lenguaje que yo escuchaba de niño. Fue una fortuna ser depositario de esa tradición más todo el añadido culto posterior. He aprendido de todos, soy un auténtica esponja.

-Ha leído mucho, excepto aquel libro que compró con tanto esfuerzo y que todavía conserva con las páginas pegadas, según relata en "El balcón en invierno".

-Sí, "El criterio" de Balmes. Eso refleja cómo era la España de entonces y cómo era yo también, perdido y totalmente descanonizado. Yo pensaba que Balmes era Aristóteles, Spinoza o Hegel. Descubrir de pronto que Balmes era un trampantojo para mí fue fundamental, detrás vino todo lo demás. Alguien me advirtió de que iba por mal camino, de que me estaban engañando, que el canon no eran Echegaray o Gabriel y Galán. Se te abren los ojos y más si ya vas con un enorme deseo de conocer. Estás en un momento clave, al borde de la madurez, y basta leer el primer capítulo del "Orlando" de Virginia Woolf o algo de Valle-Inclán para que todo el mundo que te sustentaba se derrumbe y emerja otro. Me alegro de haber vivido desorientado, de haber leído tantas novelas del Oeste, tantos best seller de la época, porque todo eso estaba mezclado con los buenos libros que también leí y que me hicieron madurar con la ayuda de la varita mágica de un profesor que llega a tiempo.

-De ese episodio algo habrá aprendido también el Luis Landero que se dedicó siempre a la enseñanza.

-Sí. A veces pensamos que un alumno tiene que empezar por el canon y no necesariamente. El canon tiene que ir poco a poco. Hay libros que están un poco a medias. De mi época recuerdo "Sinuhé el egipcio", "Qué verde era mi valle", "Viento del Este, viento del Oeste"..., libros que despiertan el apetito lector. Antes que historias bien contadas, lo que uno pide cuando es joven es que le cuenten historias. El profesor lo que tiene que aprovechar es ese impulso, esas ganas de que le cuenten. Programas como "Sálvame" triunfan porque cuentan historias y han creado personajes. Es el viejo folletín pero representado, que aprovecha las ganas de la gente de que le cuenten historias de malos y buenos.

-Vamos ahora con los mundos perdidos, o en trance de ello, de los que usted habla. El primero es el rural, del que, pese a su dureza, usted habla con cierta nostalgia.

-Por una parte, bendito sea que ese mundo haya desaparecido por la cantidad de miserias y de penalidades que acarreaba. Pero es también un mundo muy rico, que no se debe perder. John Berger decía que la mayor catástrofe cultural del siglo XX era la pérdida de la cultura campesina, algo milenario y no codificado, riquísima en mitos y relatos, curiosidades o conocimientos. Ese mundo está a punto de desaparecer incluso en África, que sería el último bastión. Pero eso no se pierde del todo, sigue en la mente colectiva con películas como "Los santos inocentes", de Mario Camus, que por cierto se rodó en mi pueblo. Es como el viejo Sur de Faulkner: desapareció pero a la vez sigue presente en relatos y películas que conocemos muy bien. Es un mundo que está ahí para ser recordado, ficcionalizado.

-Otro mundo en retroceso es el de la lectura. Usted escribe que los lectores acabarán convertidos "en una especie de secta, como los cristianos de las catacumbas".

-No lo sé con certeza, pero es probable que sea así. Uno puede hacer vaticinios y resultar que dentro de veinte años haya una rebelión, que la gente quede hasta los güevos de la cosa digital y vuelva al libro, que de repente se convierte en un invento revolucionario. De momento lo que es visible es que vamos a peor, basta hablar con el librero o el profesor. En España hay un núcleo duro de lectores, pero falta cantera para sustituirlo. Hay mucha competencia, desde las maquinitas hasta la televisión con sus series magníficas. Si a eso se suma internet y las prestaciones del móvil, ves cómo cambia el entorno y te encuentras con que en el tren o en el metro nadie lleva un libro. No quiero ser pesimista, pero todo invita a un olvido de la tradición y la lectura. Queda un núcleo importante, que quizá sea el más decisivo, la esperanza para el futuro de la sociedad. Ahora mismo el más listo es el que lee. Si un joven me preguntara qué tiene que hacer para triunfar, le diría que leyese, que aprenda a escribir, a hablar, que adquiera referentes y la agilidad mental que te dan los libros. Con todo eso uno se desmarca y puede ser el más listo de la banda. Me niego a pensar que esa maravillosa tradición literaria, filosófica y humanista que tenemos se vaya a liquidar así como así, aunque los signos van por ahí. Shakespeare no fue en vano.

-Usted alivia la dureza de los tiempos actuales cuando constata que, pese a todo, la vida sigue su curso. ¿Tiene un visión esperanzadora sobre estos malos tiempos?

-El momento es oscuro en Europa, donde estamos acostumbrados a mucha luz. Si tenemos una perspectiva global y vemos cómo se vive en ciertas zonas de Latinoamérica, África y gran parte de Asia quizá cambiemos de perspectiva y dejemos de quejarnos tanto. Aquí, al menos, vamos todos juntos. Como decía Kapuscinski, ahora hay 800 millones de jóvenes que no tienen sitio en este mundo, carecen de todo. Es un ingente caudal de energía con el que no sabemos qué hacer. Ese ahora es un problema global y un problema para una Europa que ya no puede vivir amurallada. Nuestra crisis es más o menos superable, seguimos viviendo, trampeando un poco. Pero los tiempos oscuros son globales, necesitamos una visión más amplia de todo esto. Necesitamos diálogo, generosidad y solidaridad. La historia está de parto desde hace tiempo, esperemos que no alumbre un ratón.

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