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Otro de los daños colaterales de la crisis: crece la violencia entre los menores en los barrios

"Empieza a hervir una situación social peligrosa", advierten los educadores que trabajan cerca de los adolescentes en riesgo de exclusión social

Jorge Fernández Caldevilla.

Jorge Fernández Caldevilla.

Apenas han salido de la niñez y ya no ven esperanza alguna. No conocen otra realidad que la crisis. Tienen muy presente la experiencia de sus hermanos mayores, que en muchos casos han intentado salir a flote, formándose, luchando a brazo partido para encontrar un trabajo, pero que ahora están hundidos por la falta de perspectivas laborales. No sirve de nada estudiar, parece ser la conclusión a la que han llegado. Lo mejor es ser el malo de barrio. En pleno horario escolar, puede verse a grupos de estos adolescentes perdiendo el tiempo en los parques, matando el aburrimiento, preparando alguna fechoría. En muchos casos, sólo buscan reafirmarse, en una etapa de su vida compleja, de profundos cambios. Lo advierten las organizaciones que trabajan con niños en riesgo de exclusión social. Existe el peligro de que el abandono de la Administración -que es tanto como decir la sociedad, todos nosotros- engendre una generación perdida si no se ponen más medios. Es perentorio actuar, evitar que entren en el círculo del consumo de drogas y la pequeña delincuencia. Si no lo han hecho antes de los 16 años, las posibilidades de que lo hagan después se reducen drásticamente.

Algo está pasando en los barrios de ciudades como Oviedo o Gijón. Barrios como Vallobín, Ventanielles, La Corredoria, donde crece la violencia entre los adolescentes. Una violencia grupal, de pandilla, que se vuelve contra chicos de otros barrios, contra el mobiliario, contra las chicas, contra los débiles de la clase, también contra los empollones. Como toda la vida, dirá alguien. "Estoy viendo resurgir lo que yo veía hace casi diez años, lo que yo viví con 17", dice Adrián Álvarez, 26 años, en un tiempo descarriado, hoy redimido, que ejerce de auxiliar educador en el programa "Puente" de la Fundación Vinjoy, dirigido a menores de alto riesgo social, y que actualmente está ayudando a 26 chicos. Álvarez recuerda sobre todo su etapa en el Cerdeño -un centro integral de Formación Profesional de Oviedo-, el acoso brutal -o "bullying"- que se ejercía sobre muchos chicos. Bastaba ser un poco diferente, ofrecer un flanco de debilidad. "En cada clase había dos o tres chicos a los que no se les dejaba ni respirar", asegura. "Ahora es generalizado, multiplicado por las redes sociales", añade.

Adrián recorre los barrios en busca de chavales a los que echar un cable. Entra en contacto con las pandillas, trata de identificar dinámicas peligrosas, hacer ver a los chavales todo el potencial que tienen, la necesidad que tienen de abrir sus horizontes. "Los mayores problemas se producen el fin de semana, en las zonas de fiesta, como el Antiguo. Estamos empezando a ver más peleas, pequeños hurtos", asegura. La Fiscalía de Menores no aprecia precisamente un aumento de este fenómeno, o al menos no se está traduciendo en un mayor número de denuncias. No se trata de "nuevos Vaquillas", los delincuentes "quinquis" de los setenta. Aquellos tenían hasta cierto punto un código. El individualismo feroz de estos tiempos, la ausencia de lealtades, hace que el fenómeno de la violencia juvenil sea mucho más impredecible. La banda como tal, con sus ritos, sus normas, no existe.

"Empieza a hervir una situación social peligrosa. Ahora, el fracaso escolar se une a la poca perspectiva de inserción laboral, y a la reducción de los recursos, tanto para los padres como para los menores. En muchos chicos empieza a calar la idea de que el que delinque vive mejor", asegura Pedro Antuña, responsable del programa "Trampolín", también de la Fundación Vinjoy, que trata de abordar los problemas que impiden a muchos adolescentes avanzar en su proceso educativo. "Hablamos de chicos con problemas de comportamiento disruptivo, conductas desafiantes, problemas con la autoridad, pocas habilidades sociales... Se trabaja en varias vertientes: hay una intervención terapéutica, otra grupal y una tercera formativa, para que superen sus retrasos curriculares", añade Antuña. Del programa, con doce plazas, se han beneficiado por el momento un centenar de chicos.

El pasado marzo, un niño de 12 años fue golpeado por dos adolescentes que querían quitarle un móvil y un dinero que no llevaba encima en un portal que da al parque de Ángel González, en Vallobín. El incidente destapó la situación que se vivía en esa zona, con grandes grupos de jóvenes, muchos de ellos menores, que habían tomado el parque, rebautizado como "el parque del miedo". Ahora, la Policía lo patrulla a todas horas, pero los chicos se han ido a otro rincón del barrio. "Hay mucha presión policial, por lo que los chavales se han ido a otro sitio", dice Adrián Álvarez. No sólo hablamos de MENAS (menores no acompañados), de hijos de emigrantes hispanoamericanos, o de clanes rumanos. La amenaza pende sobre chicos de padres asturianos, fruto de hogares especialmente golpeados por la crisis, por la enfermedad mental o el consumo de sustancias.

Y en ocasiones, ni eso, siquiera. Basta una situación familiar más compleja de lo habitual para que un adolescente termine enfrentado a todo el mundo. En el programa "Puente" hay otro auxiliar educador, el ecuatoriano Jonathan (Johnny) Landeta, un joven que hace cinco años naufragaba en medio de la rebeldía. "Mi padre me decía: 'Estudia, estudia, que sin estudiar no vas a tener trabajo' ". Su padre tuvo que marcharse, y quedó a cargo de su madre, que tenía que volcarse en un hermano dependiente. "Sentía que los profesores no se preocupaban por mí. '¿No atiendes? Pues expulsado'. Y claro, yo decía: 'Tú me chuleas, pues te voy a hacer algo más grave'. Siempre tratabas de ganar", rememora Johnny.

En sus tiempos, hace unos cinco años, tanto en Oviedo como en Gijón había bandas latinas, con muchos chicos que, aunque no fuesen miembros de las mismas, eran simpatizantes. "Ahora ese fenómeno ha desaparecido. Aunque hace poco se publicó en un periódico que había una banda latina en Oviedo y, hará como un mes, vinieron unos chicos de Gijón a buscar problemas, cuando en realidad la banda no existía", asegura Jonathan Landeta.

Los adolescentes que están al borde de la delincuencia juvenil se las saben todas y hasta cierto punto se comportan con cierta impunidad. "Sabes que un señor mayor no te puede pegar, que si tienes menos de 14 años la Policía no te puede cachear, que si hurtas algo de menos de 300 euros te cae sólo una multa... Te aprovechas", asegura Landeta. Para este joven ecuatoriano, la salvación fue entrar en una escuela taller de la Fundación Vinjoy. "Entré al principio por el dinero. Era muy impulsivo, saltaba por todo. Pero poco a poco me di cuenta de que tenía devolver algo de lo que habían hecho por mí. Ahora trato de hacer ver a los chicos que nadie está contra ellos, que tienen aspectos que son muy valiosos", dice.

La violencia es simplemente un síntoma, asegura Andrea Iglesias, coordinadora del programa "Puente". "A los chicos no se les escucha, bastaría con preguntarnos qué herramientas no les estamos facilitando. Hay que partir de lo positivo de los adolescentes, convertirlos en protagonistas", indica esta joven. "Las soluciones policiales son menos eficaces y menos eficientes, esto es, más caras. El centro de menores de Sograndio es más caro que un plan en la calle, que un trabajo integral con estos chavales", asegura Pedro Antuña.

Pero las caras de la violencia tienen muchas vertientes, y una de ellas es el machismo . "Hay un repunte, un aumento de la violencia hacia las chicas. Los celos están valorados. Ellas dicen: 'Me controla, porque me quiere', y no son conscientes de los riesgos que entrañan estas conductas", resalta Andrea Iglesias.

Durante un tiempo, cuando se hablaba de violencia juvenil, se pensaba indefectiblemente en los menores no acompañados, por lo general inmigrantes marroquíes, acogidos en el Materno Infantil de Oviedo. Para muchos chavales, pasar cerca del Parque de Invierno, en las inmediaciones del Materno, era una experiencia peligrosa, o al menos así se veía en la imaginación. En realidad, no era tan fiero el lobo como lo pintaban, y la mala fama que creaban dos o tres chicos peligrosos cargaba con ella el resto, según rememora Mohand Agoultim, "Moha", que llegó solo a España hace siete años, con 15. Ser un MENA hizo que estuviese tutelado por el Principado. Pero la situación de estos chicos era muy complicada, una mezcla de desesperación y rabia, unidas a la falta de asideros. "Dejas a toda tu familia atrás, tienes que enfrentarte a una cultura que no es la tuya, y también al rechazo de la gente, a la etiqueta de que todos los MENA éramos malos y que robábamos", asegura. Todos aquellos problemas han quedado atrás y "Moha" trabaja ahora en la calle, cerca de los chicos con problemas.

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