El primer Oviedo estuvo en Llagú
El castro de Latores, destruido hace ahora veinte años en favor de la explotación de una cantera, fue el antecedente de lo que siglos después sería la capital del Reino de Asturias
Mercedes S. MARQUÉS
Permanece vivo desde hace algunos meses el debate que trata de identificar cronológicamente el origen de Oviedo. Las interpretaciones sitúan ese nacimiento en diferentes momentos históricos y dejan abierta una página de nuestra historia que ni las escasas fuentes documentales ni las arqueológicas han podido cerrar hasta ahora con acreditada solvencia. Si bien es cierto que el casco histórico de la ciudad, que se desarrolla a partir del siglo VIII en la colina de Ovetao -donde se implantan los monasterios de San Vicente y San Pelayo-, no es generoso en vestigios romanos que afiancen una fundación en esa época, también lo es que Oviedo va más allá de la Catedral y sus aledaños.
Y es en ese territorio extramuros en el que se encuentra Paraxuga, una villa romana que fue documentada en los terrenos donde más tarde se levantaría la Facultad de Medicina. Paraxuga es por el momento el enclave de esa época más próximo a la ciudad actual, pero su entidad es mucho menor que la del conjunto de asentamientos que se distribuyen en las proximidades de Oviedo, a una distancia con el centro histórico que se podría cubrir a pie en sólo unas horas.

El primer Oviedo estuvo en Llagú
Así lo pudo corroborar el equipo arqueológico dirigido por Luis Berrocal Rangel, de la Universidad Autónoma de Madrid, durante las investigaciones llevadas a cabo en el año 2001 con el objetivo de proceder a la excavación exhaustiva del castro de Llagú, un poblado prerromano y posteriormente romano, arrasado en 1997 en pleno debate sobre su pervivencia o la de la cantera que explota áridos en la zona.
La destrucción del yacimiento, que apareció expoliado dos días después de que la Junta General del Principado aprobara instar al Gobierno de Sergio Marqués a declararlo bien de interés cultural, fue calificada como uno de los actos vandálicos más vergonzosos sufrido por el patrimonio histórico asturiano en muchas décadas.
El castiellu de Llagú o Cellagú, situado en Latores, a cinco kilómetros del centro de la capital, fue, según arqueólogos e historiadores, un interesante poblado castreño de fundación prerromana y desarrollo cultural claramente astur, aunque los vestigios más destacados por la entidad de los constructivos y la densidad de los mobiliarios sean de clara adscripción romana, fechados en el siglo I. Desde su emplazamiento -270 metros sobre el nivel del mar- Llagú controlaba la cuenca del Nalón en las proximidades de Oviedo al menos desde el siglo V antes de nuestra era, una tarea en la que no estaba solo, ya que en su entorno se levantaban más de una decena de enclaves enmarcados en lo que los expertos denominan ámbito cultural romano-castreño. Esta presencia se pudo constatar durante las prospecciones realizadas en el año 2001 por encargo de la Real Academia de la Historia, lo que no hacía sino confirmar lo adelantado años antes por el arqueólogo asturiano José Manuel González.
En la memoria de excavaciones, presentada en 2002 con el título "El castiellu de Llagú. Un castro astur en los orígenes de Oviedo", se subraya lo mucho que el yacimiento tiene que decir a la hora de profundizar en lo que fueron los albores del lugar donde se emplazó la sede regia ovetense. Pero a la vez que se destaca el papel iniciador del castro y sobre todo su control del entorno, la investigación confirma la existencia de un único modelo castreño asturiano, un tipo de poblado que tras siglos de cultura indígena supo adaptase a una nueva realidad tras la conquista de Roma.
Algo similar a lo ocurrido en el castro de Latores debió suceder en los asentamientos que se levantaban en su entorno, algunos hoy desaparecidos en favor de nuevas construcciones, y a los que también llegó la conquista, como es el caso del castro de La Planadera, cercano a San Claudio; La Cogolla de Fitoria, en Fitoria; castro del Picu Llanza, el Canto de San Pedro -para algunos el antecedente prerromano de Lucus Asturum-; castiello de Collao, en el concejo de Riosa, y Peña Castiello de Boanga, en Trubia, entre otros. Berrocal cita al menos una docena de poblados relacionados visualmente entre sí en los alrededores de Oviedo y establece para ellos dos clasificaciones: los que actuarían como centros de control del entorno -de pequeño tamaño pero situados en lugares de visibilidad inmejorable- y los enclaves donde se desarrollaba la vida cotidiana.
La mayor parte de este conjunto se encuentra en la cuenca del río Nalón o sus afluentes, que les servirían de vías de comunicación en el periodo castreño, mientras que en época romana estos parajes estuvieron atravesados por las vías de La Mesa y La Carisa, algo fundamental para su supervivencia por el dominio visual y de control del principal acceso al centro y al litoral de la región. Nada se movía en la zona sin que los astures ya romanizados, asentados sobre distintos cerros a las puertas de Oviedo, dieran el visto bueno. Ni el comercio con la Meseta, de la que llegaban cerámicas decoradas y otros signos de ostentación destinados al ajuar personal y doméstico, ni el paso de las guarniciones militares se escapaban al control de los vigías distribuidos en lo que debió ser el vestíbulo de la capital asturiana.
La diversidad de restos materiales y culturales que ha llegado hasta nosotros, entre los que se incluyen tejas, cerámicas decoradas, bronces y monedas de distintos momentos del periodo imperial romano, no dejan lugar a dudas de que tras su fundación astur todos estos territorios fueron romanizados en el siglo I. Lo prueba el hecho de que en Llagú el 90 por ciento de los materiales recuperados pertenece a los años de la ocupación en época romana, una situación que se mantuvo hasta el siglo II, cuando sus habitantes esta-ban volcados en la metalurgia -no hay que olvidar que ya desde la época prerromana se explotaban los ricos depósitos de cobre del Aramo- y se beneficiaron del establecimiento de las redes comerciales a larga distancia abiertas por los romanos para la explotación del oro del Noroeste. Es posible rastrear también en ese momento la presencia de materiales relacionados con el mundo militar, aunque dichos vestigios parecen hablar más de un afán civilizador que guerrero.
El castro de Latores, que fue un recinto amurallado desde su origen, vivió una fuerte remodelación de sus defensas a finales del siglo I a. C. cuando se refuerzan con una torre redonda -que facilitaría el control visual a la calzada a Lucus Asturum y la inserción en ella del ramal del Aramo-, un cuerpo de guardia y doble foso. En ese proceso de prosperidad cierra dos puertas de la vieja muralla y abre un nuevo acceso monumentalizado que, según Berrocal, parece responder más a cánones de prestigio que de defensa. Es inequívoco que Roma supuso un periodo de reformas que contribuyó a la mejora de las condiciones de vida, lo que se hizo patente con cabañas más amplias y mejor edificadas y con la introducción de nuevas tecnologías y ajuares.
El poblado contaba con una superficie de 13.000 metros cuadrados, en los que se pudieron documentar cincuenta cabañas de planta redonda, aunque la dispersión de los restos permite asegurar que en el recinto intramuros podría haber un centenar de construcciones habitadas, lo que no es de extrañar teniendo en cuenta la proximidad de terrenos muy productivos para la agricultura y la ganadería y la abundancia de agua en la zona. A pesar de las excelentes condiciones agropecuarias del entorno, aquellos primeros astures debieron de cansarse de cruzar el río Gafo cada vez que salían de casa y decidieron mover sus posiciones en busca de terrenos de acceso más cómodo.
Así, la vida en Llagú finalizó en el siglo II cuando se observa un claro deterioro de las condiciones de vida y el abandono de lo que había sido un complejo sistema defensivo. Los investigadores, que llevaron a cabo durante ocho meses la excavación científica del yacimiento, buscan las explicaciones a esa retirada en las preferencias por las facilidades de las tierras en llano a las que se habrían trasladado, "asentándose en los núcleos actuales de la comarca y colaborando, setecientos años después, en la formación de un nuevo núcleo humano, el que sería la capital del Reino de Asturias".
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