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Tres paseos griegos con Aristóteles (y III)

En busca de la tumba encontrada

La antigua Estagira acoge el lugar donde fueron depositadas en una urna de cobre las cenizas de Aristóteles; es un lugar sin señalizar, humildísimo, apenas un cuadrado de piedra

La tumba de Aristóteles.

La tumba de Aristóteles. ENRIQUE ÁLVAREZ MASTACHE/MARÍA JOSÉ VICENTE ANTÓN

Los hechos. Tras la muerte de Alejandro Magno, una reacción antimacedónica en Atenas obliga a Aristóteles (macedonio, como Alejandro) a abandonar la ciudad, tras ser acusado de impiedad y para que los atenienses no pequen por segunda vez contra la filosofía (Sócrates tuvo que beber la cicuta tras ser acusado injustísimamente de introducir nuevos dioses en la ciudad y de corromper a la juventud). El filósofo se retira a Calcis, en la isla de Eubea, donde su familia tenía algunas propiedades, y allí muere menos de un año más tarde, en 322 a. C. Tenía 62 años. ¿Dónde están las cenizas de Aristóteles? En ninguna parte. O en todas partes. ¿Dónde estuvieron enterradas las cenizas de Aristóteles? Eso es otra pregunta. Y aquí tenemos que hacer un punto y aparte porque ya no estamos hablando de hechos. O puede que sí.

Eubea es una isla, pero un puente une Calcis con el continente, así que es fácil llegar al lugar donde murió Aristóteles en autobús desde Atenas. El rastro de Aristóteles no está muy presente en Calcis, así que hay que seguir la pista hasta un poco más lejos, en Estagira, la polis en la que nació el filósofo y en la que podría haber estado, y podría haberse encontrado, la tumba del discípulo de Platón, fundador del Liceo, preceptor de Alejandro Magno y autor de la "Ética a Nicómaco". Vamos, pues, en busca de la tumba encontrada. No será tan fácil como podría parecer.

Tenemos un problema. En realidad, tenemos tres problemas. La tarea de buscar la tumba encontrada de Aristóteles soporta el tremebundo peso de las tres tesis propuestas por el filósofo Gorgias en su tratado "Sobre el no-ser", a saber: 1. Nada existe; 2. Si existiera algo, ese algo sería incognoscible; 3. Incluso si ese algo fuera cognoscible, no podría ser comunicado a nadie. Aplicadas a la tumba de Aristóteles, y no al ser, las tres tesis de Gorgias podrían reformularse así: 1. No existe la tumba de Aristóteles; 2. Si existiera esa tumba, sería incognoscible porque no quedaría ni rastro de ella y se habría perdido en el tiempo y en el espacio como las tumbas de Alejandro Magno, de Cleopatra y de Marco Antonio; 3. Incluso si pudiéramos conocer la tumba de Aristóteles, no podríamos comunicarlo a nadie porque, como diría Gorgias, la incomunicabilidad de los sentidos hace que un discurso escrito como el que está usted leyendo en este momento no revele en modo alguno las cosas a las que se refiere, del mismo modo que unas cosas no revelan en modo alguno la naturaleza de las otras. Mi discurso sobre la tumba de Aristóteles no es ser, pero de aquí no se sigue que ese discurso sea no-ser, sino sólo el ser del que habla. Si las palabras de este artículo tienen sentido para los lectores se deberá a que esos lectores poseen la percepción de las cosas de las que hablo, con lo que habrá que concluir que es la percepción que los lectores de este artículo tienen de las cosas de las que hablo lo que da sentido, al menos según Gorgias, a estas palabras, y no el hecho de que estas palabras tengan una significación intrínseca. No hay, propiamente, comunicación, sino sólo un encuentro accidental por el que mis palabras sobre la tumba de Aristóteles, en vez de perderse, son asumidas por los lectores como expresión de su propia experiencia. Si hablo de la silenciosa belleza de la tumba de Aristóteles inundada por el sol de Grecia, necesito que los lectores hayan percibido por su cuenta algo parecido, del mismo modo que si hablamos de un color necesitamos que aquel a quien nos dirigimos haya percibido por su cuenta y a su manera ese color. No sé, a mí me da tanto vértigo la tercera tesis de Gorgias que prefiero enfrentarme ahora a las dos primeras. Luego volvemos a la incomunicabilidad.

1. ¿Existe la tumba de Aristóteles? El arqueólogo griego Kostas Sismanidis, que no puede ser acusado de impaciente ni de imprudente porque siempre ha sido paciente y prudente, cree que hay indicios suficientes para contestar que sí, que la tumba de Aristóteles existe. Por eso, Sismanidis anunció en Tesalónica, durante el Congreso Internacional "Aristóteles: 2.400 años", que había encontrado en la antigua Estagira el monumento funerario donde los conciudadanos de Aristóteles habían depositado las cenizas del filósofo tras su muerte en Calcis. Sismanidis habla de indicios, no de evidencias. Por desgracia, como incluso Indiana Jones sabía, una cruz en el suelo no acostumbra a señalar el lugar donde está enterrado el tesoro, así que tampoco se puede esperar que una inscripción deje claro que en ese lugar reposaban las cenizas de Aristóteles. Sabemos por algunas fuentes literarias clásicas que las cenizas de Aristóteles fueron llevadas a Estagira en una urna de cobre y que fueron depositadas allí. Estagira debía a Aristóteles la reconstrucción de la ciudad por Alejandro en 340 a. C., tras haber sido destruida por Filipo en 349 a. C., así que es lógico que los estagiritas reclamaran sus cenizas para que fueran enterradas en la ciudad natal del filósofo. Por lo tanto, la tumba de Aristóteles existe, y está en la antigua Estagira.

2. ¿Si la tumba de Aristóteles existiera, no sería incognoscible? No necesariamente. A veces, la arqueología te da sorpresas, como ocurrió con Tutankamón. Sismanidis sostiene que esos indicios que le permitieron anunciar que había encontrado la tumba de Aristóteles son lo bastante fuertes como para estar razonablemente seguro de que la tumba no sólo existe, sino que se ha encontrado. ¿Cuáles son esos indicios? En el lugar señalado por Sismanidis se encontraron 50 monedas de la época de Alejandro Magno, y los restos del monumento funerario desenterrados por el arqueólogo, fechados en los inicios de la era helenística e insertados en una torre bizantina posterior, tenía suelo de mármol, un espacio para un altar, un camino amplio de entrada y ocupaba un lugar prominente. Además, se encontraron fragmentos de tejas de la fábrica real, lo que indica que se trataba de un edificio de carácter público, como merecería el hombre al que había que agradecer nada más y nada menos la reconstrucción de la ciudad. Y un último detalle: Sismanidis encontró la tumba de Aristóteles (o el arqueólogo cree que hay indicios para decir esto) a pesar de que no estaba buscando la tumba de Aristóteles.

3. ¿Si la tumba de Aristóteles existe y es cognoscible, puede ser comunicada por un tipo que sólo ha estado allí? Vuelve el vértigo. Confío en que se produzca un encuentro accidental entre los lectores y las palabras que intentan recoger mis sensaciones ante la tumba de Aristóteles. Sismanidis no lo tuvo fácil en la primera y segunda tesis, pero los turistas tampoco lo tenemos fácil en la tercera. Lo intentaré.

Llegamos en coche a Olimpia, el tranquilo pueblecito con playa y alguna taberna que está justo debajo de la antigua Estagira. Un cortísimo paseo nos conduce a una valla donde hay un cartel que anuncia que estamos en la antigua Estagira. No hay vigilantes. No hay que pagar entrada, pero sí hay que seguir algunas recomendaciones para que los visitantes respeten el lugar arqueológico y el entorno natural. Vale. Tras recorrer un camino de unos trescientos metros (puede ser algo o más o quizás algo menos, pero la emoción no me permitió estar demasiado pendiente de la distancia), aparecen las ruinas de la antigua Estagira, la patria de Aristóteles. No hay nadie. Un cartel ofrece información sobre el ágora, pero no dice dónde está la tumba de Aristóteles descubierta por Sismanidis y que durante algún tiempo fue una noticia de alcance mundial. Hace muchísimo calor. Recorro los caminos que atraviesan, de manera más bien caótica, las ruinas, que llegan a un acantilado que da al mar. Nada. Cimientos, ruinas consolidadas, alguna que otra pared, caminos que suben y bajan. ¿Dónde está la tumba de Aristóteles? Arriba, abajo, a un lado, a otro. Ni rastro de la tumba. Por fortuna, costumbre de viejo turista, llevaba fotos de la tumba, así que piedra a piedra, espacio a espacio, recorrí la antigua Estagira hasta dar con ella. Ahí está. Ningún cartel. Ningún turista. Ningún vigilante. Nada haría pensar que estamos en el lugar donde reposaron las cenizas de gran Aristóteles, un espacio pequeñito y humildísimo acosado por una construcción bizantina en forma de herradura. Las fotos no dejan lugar a la duda. Estoy en la tumba de Aristóteles, y del espacio donde se guardaban las cenizas del filósofo sólo me separa una cinta tan ligera como el aire. Nadie me mira.

¿Por qué los futbolistas que forman una barrera en una falta no se mueven de la línea que dibujan los árbitros? Sin duda, porque hay árbitros. ¿Por qué un turista no atraviesa la cinta que limita una tumba? Puede que porque suele haber vigilantes con silbato y comprensible mala uva. Pero, ¿qué pasa cuando hay una cinta pero no hay vigilantes con silbato y mala uva? ¿Qué nos impide entrar en la tumba de Aristóteles y llevarnos una piedra de recuerdo? ¿Qué nos impide orinar, tirar una lata de cerveza, cavar un agujero o hacer un picnic? Unos kilómetros antes de llegar a Olimpia, me pareció una buena idea escuchar al cantante griego Demis Roussos, así que el estribillo de "Triqui, triqui, mon amour" me acompañó sin remedio hasta la tumba de Aristóteles. Está bien, Demis Roussos no es incompatible con la enorme emoción de caminar en busca de la tumba encontrada de Aristóteles. Pero entrar en la tumba, aunque sea un simple cuadrado sin ningún atractivo y aunque nadie te mire y a nadie se espere, sí es incompatible con la historia, con el pasado, con el presente, con el futuro y con la condición humana. De verdad que lo creo así. Así que allí estaba, ante la tumba de Aristóteles según Sismanidis, petrificado ante una cinta que podría derribar con un soplido, borracho de emoción, con la música de Demis Roussos luchando por salir de mi garganta y pensando que Gorgias tenía razón, al menos en su tercera tesis. Puede que la tumba de Aristóteles exista. Puede que sea cognoscible. Pero no, no se puede comunicar.

Por cierto, ¿a usted le gusta Demis Roussos?

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