Suscríbete

Contenido exclusivo para suscriptores digitales

JOSÉ LUIS LLERA LÓPEZ | Ingeniero de minas

"Vi hacer el primer metro del Montsacro y vi cerrar el pozo"

"Recuerdo a los mineros sin casco y con boina; los niveles de seguridad eran muy bajos y cuando surgía un accidente se echaba la culpa a la fatalidad"

José Luis Llera López, en Oviedo, ciudad en la que vive.

José Luis Llera López, en Oviedo, ciudad en la que vive. RUBÉN VEGA

El Madrid de principios de los cuarenta era una ciudad en reconstrucción que pasaba hambre. La guerra, larga y cruda, había cambiado su perfil urbanístico y hasta el escenario humano y social.

En Madrid aterrizó -es un decir- José Luis Llera López, camino de la Escuela Superior de Ingenieros de Minas, que se levantaba, y ahí sigue, en la calle Río Rosas, para formar parte de un reducido grupo de estudiantes, apenas medio centenar, llegados de toda España. Aquella Escuela minera era la única de un país de estudios muy centralizados que aportaba, tras la sangría nacional, pocos candidatos a la enseñanza superior.

"Llegué en 1945 y me busqué una pensión, junto a cuatro o cinco compañeros asturianos, que estaba en la plaza de Santa Catalina de los Donados, cerca del teatro de la ópera. En los años de posguerra la comida era escasa y mala. La carrera no era como ahora, había que superar un ingreso que, como mínimo, te suponía tres años de preparación. Y después, cinco años de Minas. Logré llevarlo curso a curso, salvo un año que perdí por una enfermedad".

En aquella promoción estaba también Carlos Conde, que años más tarde se iba a convertir en una referencia, con fama bien ganada de profesor hueso, en la Escuela de Minas de Oviedo. La estancia prolongada en la capital de España le dio a José Luis Llera oportunidad de cambiar de techo con alguna frecuencia. Recuerda otra pensión en la calle de Alcalá, número 90, y otra más en la calle del Oso "que era la casa de una señora que provenía de la aldea y donde por fin podíamos comer una comida casera que estaba muy rica".

"En Madrid me pasé nueve años. Nunca fui ni de cine ni de baile. Algún guateque sí porque había costumbre de que algunas familias, gente de chalés, organizaran fiestas los sábados, que eran como un botellón pero selecto. En una de aquellas fiestas recuerdo que conocí a Emma Penella. Los chicos íbamos de corbata porque en algunos de aquellos guateques, si no acudías con la corbata, no te dejaban entrar. También iba con cierta regularidad al fútbol, al Metropolitano a ver al Atlético o a Chamartín a ver al Real Madrid. Pero, claro, tenía usted que ver cómo era aquel campo antiguo de Chamartín? como el del Lealtad de Villaviciosa ahora. Y el Madrid de entonces todavía era un equipo del montón".

Villaviciosa. De aquí surge todo. José Luis Llera nació en Selorio un 20 de abril de 1925. Ha cumplido 92 años y se mantiene en forma. En los últimos días ha salido a la luz pública porque trata de salvar el bosque de bambú que crece en Sebrayu, en una finca de su propiedad. Las obras de canalización para el saneamiento de la margen derecha de la ría de Villaviciosa supondrán la tala de unos 300 metros cuadrados, aproximadamente una sexta parte de toda la extensión del bosque. El bambú crece allí a sus anchas desde 1970, alimentado de forma constante por la corriente del río Nabla.

En su casa de Priesca, a veinte metros de la excepcional iglesia prerrománica y a pie del Camino de Santiago, Llera abre carpeta y enseña dibujos. "La alternativa hubiera sido muy fácil, pero ya se sabe que la Demarcación de Costas prohíbe por sistema, da igual que sea una Administración o un particular quien la plantee. Sé que el Ayuntamiento de Villaviciosa recurrió porque esto está dentro de un plan especial de protección paisajística. A ver qué pasa".

"Mi padre se llamaba Luciano, había nacido en 1875 y se fue a América con 13 años. Era el undécimo de trece hijos y en Cuba ya tenía hermanos. La emigración era la única salida en aquellos tiempos. El pasaje costaba 200 pesetas y lo que hacía la familia era hipotecar alguna finca que, con suerte, podía ser rescatada veinte o treinta años después. Mi padre se metió de dependiente en un comercio, que como muchos entonces era de dueños catalanes. Trabajó, estudió Contabilidad, aprendió y prosperó, hasta que pudo abrir tienda propia, casi recién acabada la guerra de Cuba, en la que, por cierto, fue voluntario del Ejército".

El comercio de Luciano Llera funcionó bajo su dirección entre 1900 y 1910. Aquella tienda de ultramarinos sirvió para abrir un nuevo negocio y comprar dos casas en La Habana. Y regresar con el "título" de indiano a la tierra que lo vio nacer. Retornó a Asturias en 1913, con 38 años, y con la intención de formar una familia. Pero se lo tomó con calma.

"Se casó a los 48. Mi madre se llamaba Conchita López y era hija de un militar que había hecho las dos guerras, la de Cuba y la de Filipinas. Mi padre había levantado una casina de dos plantas en Sebrayu, con un molino en la planta baja. Años más tarde montó el primer molino eléctrico que hubo en la zona, en la parroquia de Tornón. Aquello fue un éxito, venía gente en barca a moler desde el otro lado de la ría. La desgracia fue que mi madre murió pronto, en 1931, víctima de una tuberculosis pulmonar. Y mi padre se quedó viudo y con dos hijos, mi hermano Alfonso, dos años más joven, y yo. La familia de mi madre, que estaba llena de mujeres, incluso con una bisabuela, vino a suplir la ausencia. Y entre tanta mujer la tía Lolina ejerció realmente de madre".

Desde las primeras letras hasta el último curso de Bachillerato, José Luis estudió en el colegio San Francisco, en Villaviciosa. "Dependía del Obispado, se levantaba en un caserón antiguo, tenía internado y fama de colegio duro. Debía de ser porque también se decía que al San Francisco iba mucho alumno rebelde".

- ¿Usted lo era?

-No, no. Allí la disciplina era rígida y se mantenía, entre otras cosas, a base de varas de avellano, pero a mí jamás me pusieron la mano encima. La figura central del colegio era don Manuel, un sacerdote de Pola de Lena que después llegó a ser abad de Covadonga. Había tres o cuatro curas que daban clase, pero la mayoría de los profesores eran seglares. Nosotros vivíamos a unos cuatro kilómetros del colegio, así que nuestro padre nos compró bicicletas y hacíamos el recorrido diario pedaleando. Ida y vuelta, pero dos veces al día porque comíamos en casa. Eran unos horarios lectivos extensísimos, entrábamos a las ocho y media de la mañana y salíamos a la una y media, pero a las tres menos cuarto ya había que estar de vuelta hasta las ocho y media de la tarde, que era cuando terminaban las clases. Y los sábados, como un día de colegio normal. La hora de tres a cuatro de la tarde, que era de estudio, era la más complicada porque después de toda la mañana de actividad y de la comida los niños se quedaban dormidos. Y la táctica de los profesores era la de pasear entre los pupitres de atrás para adelante. Y al que veían con los ojos cerrados, a por él.

Buen estudiante en un ambiente familiar que animaba a serlo. "Yo me fui para Madrid y mi hermano hizo Químicas en Oviedo. Alfonso se fue a Chile, allí hizo su vida y murió en el año 2005. Yo acabé los estudios en 1954 y, claro, a nivel laboral aquello era un paraíso porque como ingeniero de minas había empresas para escoger donde quisiera. Y escogí Ensidesa, que de aquella estaba empezando. Me mandan para las minas de Riosa, que la empresa siderúrgica había comprado dos años antes para surtirla de carbón, que era muy apropiado para la producción de coque. La mina era propiedad de Hulleras de Riosa, empresa de los Figaredo, que se la vendieron al Instituto Nacional de Industria. Asistí al nacimiento del pozo Montsacro, lo vi nacer desde el primer tornillo, desde el primer día y el primer metro de profundización del pozo. Y lo vi cerrar también".

Ensidesa necesitaba carbón y compró las minas de Riosa por treinta millones de pesetas de las de 1952. Una fortuna. Un año más tarde se adjudica la obra de profundización a la empresa Entrecanales y Távora y en 1959, por fin, se instala el castillete. José Luis Llera lo vivió en primera línea. Años intensos, también en el plano sentimental. El año del fin de las obras del Montsacro fue también el de su boda con Josefina, la hija del director de la explotación minera. Luis Álvarez Fueyo, un personaje a tener en cuenta.

Fueyo falleció en Oviedo en 2012 a la edad de 106 años, un ejemplo de actividad (hiperactividad, más bien) que le llevó a ser ingeniero director de Hulleras de Riosa en 1932, recién terminada la carrera y a mantenerse en activo durante casi 45 años. Luis Álvarez Fueyo, catedrático de Topografía e impulsor de mil actividades sociales, fue el principal artífice del paso de una explotación de mina de montaña al pozu Montsacro, que fue uno de los buques insignia de la empresa Hunosa, con una plantilla que a comienzos de los años ochenta superaba el millar de trabajadores.

"Lo primero fue abrir un pozo de unos cinco metros de diámetro y profundizar unos doscientos metros en una primera fase. Ya sabe cómo son los valles en Asturias, largos y estrechos; había que construir una explanada para el resto de las construcciones y hubo que canalizar el río Riosa, que venía desde el Aramo, hasta conseguir un terreno de unos 250 metros de largo y 100 de ancho".

Llera recuerda a los mineros "sin casco y con boina" y eso que el Montsacro pertenecía al INI, mina estatal. "Los niveles de seguridad eran bajos y cuando había un accidente se echaba la culpa a la fatalidad. Se trabajaba sin protección y la silicosis era un auténtico azote. Conocí los martillos para barrenar en seco y allí los picadores se pasaban siete horas tragando polvo. Era una especie de minería artesanal".

Años antes, aún como alumno de la Escuela de Ingenieros de Minas, José Luis Llera visitó en prácticas una explotación de carbón en la localidad sevillana de Villanueva del Río. Eran los primeros años de la década de los cincuenta y allí abajo se encontró con un mundo insospechado: "Los mineros trabajaban sin casco y sin ropa. Pero cuando le digo sin ropa es en sentido literal. Trabajaban desnudos, sin ni siquiera un taparrabos, con sólo un cinturón para colgar la lámpara, en un entorno lleno de agua y con cuarenta grados de temperatura".

Segunda entrega mañana, lunes:

Una mili con coche y hotel, veinte años en Hunosa y el declive final de la minería

Compartir el artículo

stats