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Crónicas gastronómicas

Los hombres boa presumen de saque

El mundo está lleno de episodios de glotonería, concursos para comer más y más rápido que el resto, exhibiciones grotescas de tragaldabas

Los hombres boa presumen de saque

Los hombres boa presumen de saque

He sentido aversión por la glotonería antes incluso de haber visto a Paul Newman tragar 50 huevos duros, uno tras otro, en aquella película de Stuart Rosenberg. Pero como siempre me ha movido cierta curiosidad rabelesiana, no perdí la oportunidad en una ocasión de desviar mis pasos hasta Mortagne-au-Perche, un pueblo de Normandía cerca de Alençon, que celebraba su feria de la morcilla con el propósito anual de elegir a su tragaldabas: el grand mangeur. Se celebra, creo recordar, en marzo, algo más avanzadas las fechas. El asunto consistía en comer la mayor cantidad de morcillas posibles en un cuarto de hora. El récord llegó a establecerse en cuatro kilos, una proeza en teoría sólo al alcance de Gargantúa y Pantagruel.

En un descampado igual de inhóspito que un ataúd en el desierto de Atacama, al lado de una instalación deportiva, dos docenas de garrulos tomaba posiciones en una mesa corrida con morcillas de aproximadamente medio metro delante de sus barbas, de la medida de un puro del mayor calibre. Se la iban comiendo, entre eructos, y la expectación de los lugareños, entre ellos sus familiares y amigos. Los franceses no son exactamente el tipo de personas capaces de organizar una fiesta hasta el punto de hacerla reconocible como tal. Y aquello, amenizado por un tipo que se dirigía a los concursantes por la megafonía para insuflarles ánimos, era lo menos parecido que conozco a un festejo gastronómico, a pesar de la tradición y de la fama. Se supone que en Mortagne-au-Perche estaban los tragamorcillas más audaces de Francia dispuestos a demostrar sus grandes dotes en el mundo de la glotonería. Por todo el país funcionan certámenes de esta índole, cuando no son los comedores de boudin noir, son los de chuletones, de callos o de caracoles. La ecuación es siempre la misma: ¿a ver quién se come más en menos tiempo? En España sucede igual en muchos lugares.

Los prolegómenos resultaron ser tan indigestos como el atracón de aquellos garrulos, y el atracón tanto como la proclamación del grand mangeur, un sujeto que evidenciaba el mismo amorcillamiento que los demás aun con la satisfacción de haberse tragado más morcillas de modo más rápido. El hombre boa se había metido entre pecho y espalda metro y medio embutido. Me abrí enseguida buscando un lugar donde comer cualquier cosa que no fuese boudin noir. Me sentía algo empachado. La curiosidad mató, una vez más, al gato. Bien empleado, no es lo mismo la literatura pantagruélica en nombre del humor que una comilona organizada para probar el saque de unos cuantos pailanes ufanos.

De la forma en que lo cuenta François Rabelais, Gargantúa, entre los tres y los cinco años, fue educado e instruido en todas las disciplinas convenientes según las directrices de su padre. "Pasó este tiempo como todos los nenes del país, es decir, bebiendo, comiendo y durmiendo; comiendo, durmiendo y bebiendo; durmiendo, bebiendo y comiendo". Es un placer leer a Rabelais. La risa ocupa un lugar preferente en la narrativa de este gran lionés. "Es lo propio del hombre reír", decía. De su vida errante se han recogido episodios que recuerdan la disparatada aventura de Sancho Panza en la Ínsula Barataria, como el que le ocurrió siendo mé- dico de Guillermo de Bellay. Al presenciar una comida de este señor, señaló con su varilla un plato que contenía un hermoso pescado, y lo declaró indigesto. Tras oír su opinión, los criados volvieron intacto a la cocina el pescado, que Rabelais fue luego a devorar; y cuando el señor De Bellay sorprendió a su médico muy ocupado en esa tarea y le preguntó por qué razón comía de lo que había declarado perjudicial para el estómago, Rabelais respondió: "No era el pescado lo que yo señalé designándolo como indigesto, era la fuente que lo contenía". Este tipo de humor ha sido siempre muy bien recibido en el país vecino no sólo cuando procede de la gran literatura. Asteria, el personaje de las historietas de los irrebatibles Goscinny y Uderzo, le reprocha a su compañero Obélix que le saque ventaja comiendo ostras sin prescindir de las cáscaras.

Los frascos corrían, los jamones trotaban, los vasos volaban y los jarros tintineaban" en la merienda de "Gargantúa" del célebre coloquio de los borrachos.

"-Nosotros, inocentes, mucho bebemos sin sed."

Los zampabollos de Mortagne-au-Perche comían las morcillas para reivindicarse como los mayores fartones de boudin noir del mundo en la sociedad hortera de la abundancia. Lo hacían, además, sin gracia.

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