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El médico de origen asturiano que salvó a los últimos de Filipinas

Rogelio Vigil de Quiñones era el doctor de la compañía que, hace 120 años, permaneció sitiada once meses en la iglesia de Baler, y contuvo una epidemia de beriberi pese a la escasez de víveres y medicinas

Vigil de Quiñones.

Vigil de Quiñones.

Franco Torre

Franco Torre

En la costa oriental de la isla de Luzón, la más grande de las Filipinas, hay un pequeño pueblo llamado Baler. Allí, hace ahora 120 años, se escribió una de las gestas más insólitas de la historia de España: la improbable resistencia de una compañía de soldados a casi un año de sitio, tras atrincherarse en una iglesia. Esos hombres, después inmortalizados en libros y películas, pasarían a la historia como "los últimos de Filipinas". Y entre ellos ocupó un lugar destacado un médico militar, descendiente de asturianos, que logró mantener la salud de la guarnición e incluso erradicar una epidemia. Se llamaba Rogelio Vigil de Quiñones.

Heredero de una estirpe de militares que se remonta al saregano Sancho Vigil de Quiñones, nacido siglo y medio antes que el "último de Filipinas", Rogelio Vigil de Quiñones y Alfaro era natural de Marbella, donde nació en 1862. Licenciado en Medicina y Cirugía por la Universidad de Granada, Vigil de Quiñones se embarcó para las Filipinas cuando se barruntaba una rebelión inminente en las islas.

El médico de origen asturiano que salvó a los últimos de Filipinas

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Tal y como recoge Enrique de la Vega Viguera, en una disertación sobre el médico, Vigil de Quiñones llegó a Baler a bordo del vapor "Compañía de Filipinas", donde también viajaban el capitán Enrique de las Morenas y el teniente Saturnino Martín Cerezo. Todos ellos iban a integrarse a un destacamento del Batallón de Cazadores número 2 acuartelado en Baler, que entonces tenía apenas dos mil habitantes, y formado por 55 hombres.

La presencia de tamaña guarnición en ese enclave se debía a que era una zona por la que se estaban introduciendo armas para las fuerzas tagalas. Por ello, unos meses antes de que estallara la revuelta se reforzó la vigilancia en la zona con ese destacamento. Y allí estaban aquel 27 de junio de 1898, hace ahora 120 años, en el que Baler amaneció desierto. Era el indicio definitivo de un ataque inminente, y el capitán De las Morenas decidió atrincherar a sus hombres en el único edificio con muros robustos del pueblo: la iglesia.

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Los soldados reforzaron las defensas del edificio, cavaron trincheras e hicieron acopio de víveres. El primero de julio, los tagalos atacaron, dando inicio efectivo a un sitio que duraría once meses. Ya desde los primeros combates, Vigil de Quiñones alternó su responsabilidad como médico con la defensa efectiva, arma en mano, de la iglesia. Tras cuatro meses de sitio, entre la guarnición se desató una epidemia de beriberi, debido a la escasa alimentación. La enfermedad descabezó a la compañía a finales de noviembre, cuando murió De las Morenas. Martín Cerezo se puso al mando. Para entonces, Vigil de Quiñones estaba herido y padecía también la enfermedad, pero coordinó la atención al resto de enfermos e impulsó una exitosa incursión tras las líneas tagalas en busca de víveres. Entre medias, tuvo un enfrentamiento con Martín Cerezo, por su negativa a marcar, en un informe oficial, las bajas de dos soldados como muerte natural, cuando habían sido ejecutados por orden del teniente, que sospechaba que se iban a amotinar.

El sitio concluyó el 2 de junio de 1899, tras descubrir Martín Cerezo, leyendo un periódico, que las Filipinas habían dejado de ser españolas más de seis meses antes. De los casi sesenta hombres, entre militares y religiosos, que iniciaron el asedio, quedaban treinta y tres, que fueron homenajeados por sus enemigos tagalos y recibidos como héroes a su llegada a España.

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